Región de Los Lagos: mundos complementarios
Los Lagos es un territorio de contrastes donde conviven la herencia huilliche, la cultura chilota, la influencia alemana y una economía marcada por la agricultura, el turismo y el mar. Una mirada cultural a una región diversa que ha aprendido a transformar sus diferencias en identidad compartida.
Los Llanos de Osorno, los muelles de Puerto Montt, el Archipiélago de Chiloé y el Lago Llanquihue con sus enclaves turísticos parecen ser mundos paralelos. Lo son, pero han aprendido a complementarse.
Hay pocas regiones tan diversas en Chile. Es algo que viene de muy atrás, porque los huilliches de los lagos eran muy sedentarios, a diferencia de los chonos, grandes navegantes. Eran diferentes y cada uno andaba en lo suyo.
Los problemas comenzaron después. Para Pedro de Valdivia, el orden era claro: los Llanos de Osorno, destinados a un gran desarrollo agrícola y ganadero, serían los encargados de abastecer a los militares de los fuertes costeros de Chiloé —en especial de Ancud y Chacao— y de Valdivia. Ese territorio sería “el granero del reino” y exportaría por las costas del Pacífico hasta México.
Los fuertes costeros formaban parte de una estrategia de la Corona española: debían proteger las riquezas mineras del Perú de posibles ataques ingleses y holandeses, interceptándolos aquí, en el sur de Chile.
Sin embargo, tras exitosos ataques de mapuches y huilliches hacia 1600, estos recuperaron los Llanos de Osorno. Los españoles conservaron los fuertes en el Pacífico Sur, pero quedaron apartados del resto del país y controlados desde Lima. El interior y la costa tienen, desde entonces, historias separadas.
Los españoles recuperaron los Llanos a fines del siglo XVIII. Para su desarrollo, Ambrosio O’Higgins y Juan Mackenna hicieron venir colonos irlandeses y crearon allí un enclave moderno, uno de los más ilustrados de la época en toda América, con integración indígena, paseos públicos, biblioteca y, lo más novedoso, industrias. El viejo general Mackenna diría años después que nada lo enorgullecía más que los ocho años que estuvo allí, dedicado a esa utopía sudamericana.
Todo se olvidó tras la Independencia. Chiloé se mantuvo fiel a la Corona y solo fue anexado a la República en 1826. Entretanto, el gobierno chileno promovió la llegada de alemanes para “civilizar” el interior lacustre. Esta inmigración se concentró en Osorno y aportó nueva vida al enorme Lago Llanquihue —en Puerto Varas, Frutillar y Puerto Octay—, así como a un gran enclave marítimo y pesquero que hoy es la capital regional: Puerto Montt.
Mientras prosperaba el industrioso “sur alemán”, Chiloé siguió fiel a sus tradiciones mestizas de siglos, incluyendo sus oficios artesanales.
Al acercarse uno a la cordillera aparecen otras diferencias. Las Termas de Puyehue y su Parque Nacional, el correntoso río Futaleufú —paraíso para el rafting y los kayaks—, el Parque Pumalín, el pionero centro de esquí Antillanca o el nuevo parque de Cochamó, financiado por donantes de 21 países, son ahora parte del territorio más internacional.
Los visitantes también se acercan a Puerto Montt por sus conexiones —puerta de entrada a la Patagonia—, pero también por su Parque Nacional Alerce Andino, que incluye algunos de los árboles más antiguos de la Tierra, con ejemplares de hasta 3 mil años.
Las familias huilliches reclaman. La región era una de las más habitadas al llegar los españoles y ellas han sido desplazadas hacia la precordillera o hacia San Juan de la Costa. Solo en el Barrio Rahue de Osorno tienen un territorio de encuentro. Son cerca de 20 mil descendientes en esta comuna, y algunos han iniciado emprendimientos turísticos. Desde 1985 sus loncos tienen reconocimiento oficial, lo que les ha permitido participar en el debate de las leyes indígenas. Es un proceso que recién comienza: su integración participativa en la República de Chile.
Las familias de origen alemán, luego de cuatro o cinco generaciones, también han buscado integrarse. Los Aubel, Geisse, Hübner, Matthei, Schwarzenberg, Stolzenbach y otros ya son parte del paisaje cultural chileno. Si los antiguos vivían de espaldas a la República, luego descubrieron la necesidad —como los pueblos indígenas— de tener representantes en el Congreso Nacional. Núcleo pequeño —nunca superaron el 5% de la población—, también han necesitado hacerse más visibles.
Puerto Varas, Frutillar y Puerto Octay han sido “descubiertos” por el turismo chileno y ahora crecen —incluso con cierto descuido— con santiaguinos jóvenes que se radican allí en busca de una mejor calidad de vida.
A partir de una sede de la Universidad de Chile creada en 1965 y luego de varios cambios, nació la Universidad de Los Lagos en 1993. Fuerte en educación, en disciplinas ligadas a los recursos del mar y en políticas públicas para el desarrollo regional, ya es un referente cuando se necesita “pensar la región”.
El hecho de que desde los Llanos se cultive una imagen de “pureza” de sus productos —carnes y lácteos muy naturales— aparece como un signo de la región y podría ser un ejemplo nacional e identitario de vocación sustentable, si se logra compatibilizar con la actividad salmonera del área insular.
Los pueblos indígenas de Chiloé y las familias de origen alemán comparten una misma tradición: una poética de los bosques, una cultura del árbol, las artes y los oficios de la madera. Es también una riqueza regional identitaria.
La arquitectura tiene valores propios, tanto en el interior como en el archipiélago. Golpeada por incendios y terremotos que obligaron a renovarla, buscó nuevas expresiones que, en interiores como los de Osorno o en fachadas revestidas con tejuelas de alerce en Chiloé, tienen a la madera como elemento común: una calidez que acoge durante los meses de lluvia.
Dicen los lugareños que eso promovió una vida hacia el interior de las casas, más que en locales públicos, algo que recién se ha modificado con el turismo y el visible aumento de visitantes a los restaurantes y cafeterías que hoy proliferan desde Puerto Varas y Puerto Octay hasta Castro y Ancud, pasando por Osorno y La Unión.
Museos y galerías de arte son parte de la vida regional. El Museo Regional de Ancud, el Alemán de Frutillar, el Histórico Municipal de Osorno, el Pablo Fierro de Puerto Varas, el Juan Pablo II de Puerto Montt, el Centro Cultural de Castro y el Museo de las Iglesias de Chiloé han formado una red.
Especial es el Museo de la Papa, en Dalcahue, homenaje a ese producto regional de incontables variedades que, exportado a otros continentes, enriqueció la dieta y la vida de millones de seres humanos. Adaptada a días largos, fríos y lluviosos, ha resultado ideal en países con climas similares.
El paisaje oriental está dominado por los volcanes, de perfil icónico algunos, como el Osorno y el Puntiagudo. Trascendentes en la cosmogonía huilliche, comunican el interior de la Tierra con los cielos y vinculan lo más profundo con lo más elevado. Son el símbolo mayor —de pureza majestuosa— de la región entera.