PAÍS
El sobreviviente del Cajón
A 40 años del atentado contra Augusto Pinochet, Jorge Escalante recuerda cómo vivió aquella jornada en Michoacán, la antigua casa de Pablo Neruda y Delia del Carril, y relata el posterior hallazgo de manuales clandestinos y un allanamiento policial.
La mesa había sido de don Pablo y doña Delia: rústica, rectangular, barniz opaco café oscuro, cuatro tablones largos. Las sillas también: madera y paja. Todo heredado cuando llegué a vivir a Michoacán en 1985, en la calle Lynch Norte 164 en La Reina.
Alrededor de la mesa estábamos Gabo, Klaus –un alemán– y yo. Por el gran ventanal se divisaba afuera el parrón gigante y el inmenso palto. Gabo volvía de su exilio en Berlín Occidental, igual que yo.
Minutos pasadas las 18:45 comenzaron las sirenas y los helicópteros. Ruido insistente. Algo grave ocurría. Encendimos la radio y recibimos el impacto: Pinochet asaltado en un atentado: Cuesta Las Achupallas en el Cajón del Maipo. Guardamos silencio. Nos miramos. Pocos minutos después vino la segunda noticia: Estado de Sitio y toque de queda.
No sé el Gabo y Klaus, pero a mí se me erizó la piel. Creí palidecer. Mi corazón aleteó más fuerte. ¿A eso habíamos llegado desde el destierro todavía en dictadura? ¿A eso tremendo? ¿A esa bomba que explotó también esa tarde de domingo 7 de septiembre de 1986 en la mesa de Michoacán?
Todavía me emociono al escribir esto. Nos paramos de la mesa. Alzamos el volumen de la radio y salimos. Nos quedamos bajo el parrón. Dábamos vueltas intercambiando pocas palabras. Las sirenas seguían y el ruido de los helicópteros destruía la tarde soleada del domingo.
La siguiente noticia nos hizo detenernos: Pinochet estaba vivo, pero cinco escoltas murieron. Pronto vino lo otro: el atentado lo cometió un pelotón del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que alcanzó a huir. De inmediato comentamos que cómo era posible que la operación hubiese fracasado. El rocket lanzado no explotó por la poca distancia recorrida. Balacera al auto… pero no bajaron desde la cuesta para asegurarse que Augusto Pinochet estaba muerto. Y si seguía vivo, rematarlo en su vehículo que continuaba encerrado sin poder avanzar.
No pude salir para dirigirme a la agencia de prensa, donde trabajaba con una beca del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados: Inter Press Service, con oficina central en Roma. Estábamos en el Paseo Phillips en Plaza de Armas, un piso más arriba de Radio Chilena. No tenía turno ese fin de semana. Me sentí frustrado.
Elucubrábamos con Gabo Sanhueza y Klaus. ¿Qué venía ahora para el país? Especialmente para Santiago. Una cosa sí teníamos claro: la represión crecería. Habría venganza.
Pero Michoacán estaba fichado. Allí vivía aún Delia del Carril con 101 años y muy enferma en cama. Comunista igual que Neruda, que ya había partido desde ahí hacía mucho a unirse con Matilde Urrutia destrozando amores. Todavía la casona y todo el lugar tenían sus huellas y las de La Hormiga. El espacio que yo habitaba (qué suerte tuve de caer ahí donde viví diez años) había sido el bar de Neruda y el taller de pintura de La Hormiguita, como la llamó el poeta.
Por la noche Televisión Nacional lo mostró, mano izquierda vendada: “Me salvó la Virgen del Carmen… su silueta quedó grabada en los vidrios de mi vehículo”. Pinochet sobreviviente del Cajón. Se abría otra etapa en el país.
Nos preguntábamos: cómo no calcularon la distancia para el armado del rocket si seguro habían estado adiestrados por Fidel Castro en Punto Cero en La Habana, donde entrenaban a las guerrillas foquistas latinoamericanas.
Caía la tarde en Michoacán. La centenaria araucaria se recortaba contra el cielo gris. Los ciruelos aún alumbraban con su manto florecido rosa claro. Almendros, damascos, guindos y álamos se iban apagando. Atrás de aquella selva de más de media hectárea por décadas no intervenida, la higuera desaparecía, lo mismo que el cañaveral donde se daban las mejores uvas gracias a la locura de esa vegetación indomable.
El escenario del teatro, ya muy deteriorado y hecho construir por Pablo y Delia en homenaje al asesinado poeta Federico García Lorca, casi no se divisaba escondido entre ese bosque nerudiano.
Caminé hacia la casona de entrada cruzando el callejón con muros de piedra de cantera, para preguntarle a Rosita cómo estaba Delia. Dormía tranquila. Lynch Norte estaba desierto. El aire de pólvora volvía a inundar las calles.
El lunes regresé a la oficina de IPS en el Paseo Phillips. Todo era inquietud. Las informaciones arreciaban como olas embravecidas bajo temporal. Hacía cinco meses el presidente entonces del Colegio de Periodistas, Jorge Andrés Richards, me había sacado de la Fiscalía Militar en calle Zenteno del centro.
Me habían liberado –abriéndose causa en mi contra– luego de permanecer una semana detenido en la Calle 14 de la Penitenciaría de Santiago. Acusación: “Agresión de obra a Carabineros” una noche en el barrio Bellavista. La acusación era falsa. Yo solo había reclamado contra la policía cuando agredía a un grupo de jóvenes que cantaba canciones de protesta contra la dictadura. Suficiente para volver a recibir una pateadura, caramelos comparados con los primeros años tras el golpe. Nuevamente estaba fichado en mi regreso.
La venganza del sobreviviente vendría un año después: entre el 15 y 16 de junio de 1987, agentes de la Central Nacional de Informaciones, CNI, bajo el mando directo de su jefe de operaciones, Álvaro Corbalán, asesinaron a 12 militantes del FPMR. Entre ellos cayó José Valenzuela Levi, quien comandó el fallido atentado al protegido de la Virgen.
Muchos años después, una mañana me encontraba en el Penal Punta Peuco sentado en una silla en la habitación del ex-CNI Carlos Herrera Jiménez. Fui a entrevistarlo como periodista de La Nación. Herrera era el único, junto con otro personaje, que disponían de habitaciones (porque no eran celdas) individuales bastante cómodas, con estantería para libros y televisión. Durante la entrevista alguien golpeó la puerta de la habitación.
–Ah… ya sé quién debe ser –me dijo Herrera con una sonrisa cómplice.
Se paró, abrió la puerta, y apareció un hombre. Desde su cuello colgaba un gran corvo de oro macizo.
El hombre entró, cerró la puerta, y se paró frente a mí que seguía sentado. Me miró a los ojos y dijo:
–Quería conocerlo, porque usted a mí me ha hecho mucho daño con sus publicaciones.
A menos de medio metro olí el perfume de Álvaro Corbalán. Vestía de sport y pulcramente afeitado con el gran bigote clásico partido al medio. Era el otro que tenía habitación privada. ¡Qué sorpresa!
Me paré y le dije:
–Yo a usted no le he hecho ningún daño, señor, el daño se lo ha hecho usted mismo. Todo lo publicado por mí acerca de usted, que es bastante, está basado en los expedientes judiciales de los procesos en su contra.
Corbalán miró hacia una ventana iluminada por el sol, guardó unos segundos de silencio, miró a Herrera y dijo, mirándome desafiante:
–Usted sabe que los jueces mienten sobre muchas cosas que pasaron, y nuestros subordinados, a veces, nos entregan para tratar de ganarse la confianza de los jueces a ver si los tratan mejor.
En ese momento Herrera intervino sonriente para relajar la tensión:
–Vamos… mejor nos tomamos un cafecito los tres y conversamos de la vida y el amor, sobre todo tú Álvaro que eres experto en amores…
Corbalán sonrió, relajó su rostro grave y dijo que debía irse –para atender unos asuntos.
Se dio vuelta para salir y me volvió a mirar:
–Y nunca olvide, señor, que esa famosa Operación Albania es una gran mentira… fue un enfrentamiento con esos terroristas del Frente, como dijo el ministro Cuadra y mi general.
Luego abrió la puerta, salió y la cerró tras él.
Herrera se levantó de su asiento y se puso a preparar el café.
–Ay este Alvarito –dijo.
El sábado siguiente al atentado, había estado limpiando un poco un sendero de piedra de cantera que partía desde la parte posterior de la casona, serpenteando hasta el escenario del teatro al final de la selva.
Hundiendo la pala por un costado, de pronto, frente a los ventanales de mi casa, topé con algo blando. Cavé algo más y encontré una bolsa de plástico grueso. Solté la pala, la abrí y… oh sorpresa… manuales de vida clandestina, defensa personal, y un par sobre cómo armar explosivos.
El lugar siempre era tranquilo y silencioso. No había nadie en ese momento, salvo Rosita que cuidaba a Delia. Decidí volver a enterrar todo y taparlo como estaba. Michoacán volvía a quedar marcado.
El domingo por la tarde sonó el timbre estridente. En ese momento estaba en casa. Salí y me encontré con Rosita frente al parrón:
–Son unos carabineros, dicen que deben allanar todo –me dijo.
Apenas terminó de hablarme, sin esperar se asomaron tres policías. Rosita volvió a la casona. Se me agitó el corazón…
–¡Mierda, la bolsa esa! –pensé… yo estaba limpio.
–Buenos días, le informo que tenemos orden de allanar todo el lugar, que veo es muy grande –dijo el que era oficial.
–Sí, no hay problema… ¿estuvieron ya ahí adelante en la casona?… ¿qué buscan por aquí?
–Adelante sabemos que hay una señora de mucha edad enferma, nada más.
–¿Y quién es usted? –me preguntó con tono autoritario.
Me identifiqué, mostré mi cédula se identidad y mi credencial de periodista de la Agencia IPS. Me miró como tratando de entender qué hacía un personaje como yo en ese lugar, y dijo con voz firme medio socarrona:
–Bueno, veo que es periodista, entonces debe saber qué buscamos…buscamos a los del atentado al presidente Pinochet. ¡Ya, muchachos, vayan a ver atrás!
El oficial, que luego supe era un teniente, entró a mi casa a mirar y constató que no había nadie más que yo. Al salir al parrón me dijo:
–Oiga, pero usted además de periodista parece que es anticuario.
Se refería a la cantidad de cachureos que yo ya había empezado a juntar en el lugar.
De la bolsita, nada. Ya había comenzado a irse la luz del día.
-Oiga, ¿viene otra gente a este lugar?. ¿Vienen comunistas? ¿Usted es comunista? –me preguntó.
En ese momento regresaron los dos policías. Los vi magullados por su búsqueda. Los uniformes llenos de hojas y pequeñas ramas pegadas. Se pararon junto a su teniente a un costado del parrón.
–No, señor, no soy comunista. Mire, aquí el único comunista que los vecinos dicen, en el almacén de al lado, que de repente de noche ven entrando a este lugar, es Pablo Neruda. Pero usted sabe que Neruda está muerto. Comentan que ven pasar su silueta inconfundible con su gorro.
–Ahhh… sí, pero la gente siempre anda diciendo tonteras… de los espíritus… qué se yo.
–¡Ya, muchachos, nos vamos…!
Ya estaba oscuro. Los dos buscadores comenzaron a caminar sacudiendo fuerte sobre el piso sus bototos llenos de tierra.
El teniente se quedó atrás y me preguntó serio:
–¿Usted lo ve a Neruda… lo ha visto pasar alguna noche?
–No, yo no lo he visto nunca. Pero hace unas noches, poco antes de las doce después del atentado, alguien golpeó fuerte la ventana del dormitorio… me asusté. Yo estaba acostado escuchando noticias en la Cooperativa. Abrí la ventana y era Rosita alterada. Entonces me contó:
–Don Jorge… don Jorge… estoy asustada, la señora Delia me despertó recién gritando… Rosa… Rosa… mira… mira… ahí va Pablo… ahí va Pablo… y va con un fusil.
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