Investigación
Foto: Alan Man
El océano que Chile puso en pausa (II): la comunidad que decidió proteger para seguir pescando
Antes de la disputa política hubo una comunidad que aprendió a proteger su propio océano. Esta segunda parte reconstruye la historia de Juan Fernández y Desventuradas –sus pescadores, la ciencia, su conexión biológica– y la idea que sostiene la ampliación: cuidar el mar para que siga dando vida.
*Esta historia fue producida con el apoyo de Earth Journalism Network de Internews.
La disputa política por los parques marinos de Juan Fernández es solo una parte de una historia más larga.
Antes de que los polígonos llegaran a los escritorios de los ministerios, antes de las cartas de oposición y antes de que la discusión se transformara en una batalla por empleo, caladeros históricos y soberanía, hubo una comunidad que durante décadas construyó otra relación con el océano.
En estas islas aisladas del Pacífico, los pescadores aprendieron que proteger no significa necesariamente cerrar el mar. Significa asegurar que siga existiendo.
La propuesta de ampliar las áreas protegidas nació desde esa experiencia local: una comunidad pesquera que buscaba extender al ecosistema completo las reglas de conservación que durante generaciones aplicó sobre la langosta y sus propios recursos.
Esta segunda parte reconstruye la historia ambiental, científica y cultural detrás de los parques marinos de Juan Fernández y Nazca-Desventuradas: cómo surgieron, qué evidencia científica sustenta su ampliación y por qué sus impulsores sostienen que conservar el océano es también una forma de proteger el futuro de la pesca.
El sobreviviente

Alberto Vergara. Foto: Héctor Cossio
Alberto Vergara es un sobreviviente.
En Juan Fernández, una isla oceánica donde la vida cotidiana transcurre entre botes, trampas para langostas, marejadas, tormentas y temporadas de pesca, sobrevivir puede parecer parte del oficio para un pescador artesanal. Pero, en el caso de Vergara, sobrevivir es literal.
Hace más de una década, cuando un tsunami arrasó la isla Robinson Crusoe, él estaba en su casa, en la parte baja, cerca de la costa. Las olas lo sacaron de allí y se llevaron buena parte de lo que tenía.
Desde la cubierta de la motonave Antonio –la única embarcación que viaja dos veces al mes al archipiélago de Juan Fernández con capacidad para 12 pasajeros y que presta servicio a una población de 1.200 personas–, Vergara señala un punto específico de la Bahía Cumberland, a unos 150 metros de la orilla. “Ahí aparecí yo. Todo estaba oscuro, el olor a petróleo era intenso. Intenté aferrarme a un palo y luego me entregué. De lejos escuché un silbido, unos gritos, era el Chito. Él me rescató”.
Después vendrían cinco meses fuera de la isla, estancias en hospitales de Valparaíso y el regreso a un territorio que ya no era el mismo. Lo que ocurrió esa madrugada de febrero de 2010, sin embargo, no terminó entonces. Vergara volvió a subirse a un bote y regresó a la pesca. Una vez más.
Llegar a Juan Fernández no es fácil. Por mar, hay que navegar durante días en un barco de carga; por aire, se viaja en avionetas que solo vuelan en verano y a precios inaccesibles para muchos. Cuando se dice que Juan Fernández es una de las comunas de más difícil acceso de Chile, es cierto.

Archipiélago Juan Fernández. Foto Alan Man.
El archipiélago de Juan Fernández está a unos 670 kilómetros de la costa continental chilena y está formado por Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk y Santa Clara. La superficie terrestre del archipiélago es pequeña frente a la extensión del océano que rodea las islas, pero debajo del mar se levanta un sistema de montes submarinos que alcanzan profundidades superiores a los 4.000 metros y configuran una de las zonas de mayor interés biológico del Pacífico suroriental.
Es un lugar que, mucho antes de convertirse en objeto de estudios oceanográficos, ya era leyenda. El navegante español Juan Fernández llegó a estas aguas en el siglo XVI y dio su nombre al archipiélago. Durante los siglos posteriores las islas fueron utilizadas como refugio, cárcel y como lugar de abastecimiento por navegantes, piratas y corsarios que recorrían las costas del Pacífico. En 1704, Alejandro Selkirk fue abandonado en la isla entonces llamada Más a Tierra, donde permaneció cuatro años y cuatro meses hasta ser rescatado por otra expedición corsaria.

Homenaje a Alejandro Selkirk. Foto: Héctor Cossio
Tras regresar a Inglaterra, su historia sirvió de inspiración para que Daniel Defoe escribiera Robinson Crusoe, una de las obras fundacionales de la literatura universal. Pero la historia no está solo en los libros ni en los mapas de navegación. Está en el vínculo que se construyó entre hombres y mujeres que llegaron hace más de 150 años a vivir como colonos en estas remotas islas llenas de vida. Eran personas comunes y corrientes del continente: carpinteros, pescadores y agricultores, que se hicieron isleños.
La comunidad fernandeciana desarrolló durante generaciones una economía y una cultura profundamente ligadas a la pesca. La langosta se convirtió en mucho más que un recurso económico: alrededor de ella se construyó una forma de entender el entorno que derivó en una serie de reglas de conservación, mucho antes de que el concepto formara parte del vocabulario ambiental de nuestro tiempo.
Cada vez que Vergara habla de los pescadores antiguos a los que llama “los viejos”, cuenta que fueron ellos quienes entendieron, antes que muchos, que si extraían todo lo que caía en una trampa, el recurso terminaría desapareciendo. Fue así que se autoimpusieron vedas y definieron tallas para las langostas. Las grandes con huevos, al agua; las pequeñas y los machos reproductores, también. Esa enseñanza pasó de una generación a otra.

Imagen cedida
Para los habitantes del archipiélago, la conservación tiene una dimensión que excede la discusión ambiental. Es biocultural, porque forma parte de una memoria transmitida entre pescadores; es económica, porque de la salud del mar depende el sustento; y es, finalmente, una cuestión de supervivencia.
La palabra vuelve a aparecer aquí, pero ya no para describir lo que le ocurrió a un hombre aquella madrugada de 2010. Sirve para explicar por qué una comunidad situada a cientos de kilómetros del continente decidió mirar más allá de sus propios intereses y plantear una protección mucho mayor de los ecosistemas que la rodean.
La propuesta de la comunidad plantea extender las áreas marinas protegidas de Juan Fernández y Nazca-Desventuradas hasta conformar un sistema cercano a los 950.000 kilómetros cuadrados. De lograrlo, Chile pasaría a tener el 54% de toda su zona económica exclusiva bajo protección. Por su superficie totalmente protegida, el sistema sería el tercero del mundo detrás de la Reserva Marina del Mar de Ross (Antártica) y del Monumento Nacional Marino Papahanaumokuakea (Hawái, EE. UU.).
Ahí comienza un relato que parte en una isla marcada por naufragios, piratas, pescadores y sobrevivientes, en el que conviven ciencia, biodiversidad y memoria, pero que, al llegar al continente, se transforma en una disputa política y económica.
La riqueza submarina

Foto: Eduardo Sorensen
Desde el aire, Juan Fernández es un accidente geográfico perdido en medio del Pacífico. Sus tres islas –Robinson Crusoe, Santa Clara y Alejandro Selkirk– se prolongan bajo el mar en una cadena de montes submarinos que continúa mucho más allá de las islas y que sirve de puente ecológico y oceanográfico con las Islas Desventuradas.
Robinson Crusoe está a unos 600 kilómetros de la costa continental. Alejandro Selkirk se encuentra a una distancia aún mayor. Las Desventuradas, en tanto, están a unos 870 kilómetros de la costa de Chañaral, en el norte de Chile. Son cuatro islas pequeñas –San Félix, San Ambrosio, el islote González y la Roca Catedral– asentadas sobre estructuras volcánicas que se levantan desde profundidades cercanas a los 4.000 metros. Allí solo existe una instalación permanente de la Armada de Chile. Su aislamiento es extremo.
La distancia explica una parte de lo que ocurre, pero no todo. Juan Fernández y Desventuradas pertenecen a una provincia biogeográfica distinta de la costa continental. La corriente de Humboldt funciona como una barrera entre las aguas costeras y este mundo oceánico, mientras corrientes provenientes del Pacífico occidental llevan hasta las islas organismos que tienen mayor afinidad con la fauna del Indo-Pacífico que con la del continente sudamericano.
“Tantos millones de años creciendo en aislamiento les da unas características diferentes en su evolución”, explica Victoria Salas, oceanógrafa, isleña y una de las responsables de elaborar los antecedentes científicos de la propuesta de los nuevos parques marinos.
Tal aislamiento produjo una concentración extraordinaria de especies exclusivas. La comunidad científica ha registrado niveles de endemismo particularmente altos: 72% en peces, 62% en moluscos, 90% en poliquetos y 47% en aves marinas. Buzos experimentados de National Geographic han señalado: “No hay otro lugar como Juan Fernández”.
Hay especies que ayudan a entenderlo mejor. La cabrilla de Juan Fernández es diferente de sus parientes continentales. La langosta de Juan Fernández (Jasus frontalis) es la especie más emblemática del archipiélago, explotada por sus pescadores desde hace generaciones y también está presente en las Desventuradas. El lobo fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippii) es el único lobo fino endémico de Chile y vive exclusivamente en estos dos conjuntos insulares.

Lobito fino de Juan Fernández. Foto: Héctor Cossio
Juan Fernández y Desventuradas están conectados por las corrientes, por los montes submarinos y por el movimiento de las especies. Victoria Salas explica que las larvas de la langosta son transportadas desde Juan Fernández hacia las Desventuradas. Los montes submarinos funcionan, en sus palabras, como “piedras de paso”: lugares donde se concentra vida y que permiten mantener la conectividad entre ecosistemas separados por cientos de kilómetros.
Esa conexión es particularmente visible bajo el agua. En Juan Fernández se han identificado numerosos montes submarinos y en las Desventuradas se reconocen oficialmente 21 montes submarinos dentro de su zona económica exclusiva. Son elevaciones que interrumpen la circulación oceánica, concentran productividad y sirven de hábitat para corales, esponjas, crustáceos y peces.
El mismo sistema es utilizado también por especies que no son endémicas. El pez espada –o albacora, como se lo conoce en Chile– encuentra aquí zonas de alimentación y crecimiento; el jurel utiliza sectores de estas aguas durante etapas de su ciclo de vida; ballenas azules, tortugas y otras especies migratorias atraviesan el área. La zona funciona como refugio y área de crianza.
La gobernanza de las áreas protegidas

Imagen cedida
La primera propuesta formal de un área marina protegida impulsada por la propia comunidad de Juan Fernández llegó en 2008.
Julio Chamorro, nacido y criado en el archipiélago y actual presidente del Consejo Local de Gestión, sitúa allí un punto de inflexión. La propuesta original pretendía proteger el 100% de las zonas económicas exclusivas de Juan Fernández y de las Desventuradas. Después de las negociaciones con la Subsecretaría de Pesca y la industria, los parques terminaron con polígonos recortados.
La protección llegó finalmente por etapas. En 2016 se creó el Parque Marino Nazca-Desventuradas, con aproximadamente 300.035 km². En Juan Fernández, el mismo año se estableció una red de pequeños parques marinos asociados a montes y sectores costeros, que posteriormente se complementó con el Parque Marino Mar de Juan Fernández, creado en 2018, con una superficie de 262.000 km². También existe el Área de Conservación de Múltiples Usos Mar de Juan Fernández, de aproximadamente 24.000 km².
No fue una sucesión de decretos aislados. Fue una trayectoria que atravesó gobiernos de distintos signos. Y, desde la perspectiva de los pescadores, la característica central es que la iniciativa no nació en Santiago.

Julio Chamorro: Foto: Héctor Cossio
“Estamos hablando de más de 100 años de conciencia ambiental donde la comunidad ha impulsado la protección de su mar y de su tierra”, dice Chamorro.
Un polígono de protección marina puede existir en un decreto y, sin embargo, carecer de recursos, vigilancia, monitoreo, planificación y capacidad institucional para hacer cumplir las restricciones. Es lo que se llama conservación de papel, de la cual existen numerosos ejemplos en distintas latitudes.
La comunidad de Juan Fernández, sin embargo, comenzó a abordar este problema hace años con planes de administración y manejo que definen qué se puede hacer, qué está prohibido, cómo se fiscaliza, qué se debe investigar y quién debe hacerse cargo. El Plan General de Administración de los parques establece programas específicos de administración, investigación, manejo, extensión, monitoreo y fiscalización y vigilancia.
El proceso no quedó entregado exclusivamente a los organismos públicos. Los planes fueron construidos mediante consultas y la participación de actores locales. En el caso del Plan General de Administración de Juan Fernández, el documento registra sesiones con pescadores, investigadores, autoridades, instituciones públicas, organizaciones locales y la comunidad.
En los últimos años, además, Fondo Naturaleza Chile ha financiado parte de la implementación de este entramado. El acta del Consejo Local de Gestión de septiembre de 2025 señala que el financiamiento permitió avanzar en las distintas líneas del Plan Operativo Anual: gestión, educación, protección de especies, especies invasoras, gestión ambiental, residuos, investigación y monitoreo, turismo, fiscalización y vigilancia.
No se trata de un trámite meramente burocrático.
En septiembre de 2023, la comunidad creó la Organización Comunitaria Funcional Mar de Juan Fernández. En junio de 2024, la Organización Comunitaria comenzó a formar parte del Consejo Local de Gestión de las Áreas Marinas Protegidas. El consejo tiene 13 integrantes: siete representantes locales elegidos democráticamente y seis representantes del Estado. Participan el Ministerio del Medio Ambiente, Sernapesca, Subpesca, la Armada, el Gobierno Regional y la Municipalidad de Juan Fernández. Se reúne trimestralmente y sus integrantes se renuevan cada cuatro años.
Es una estructura poco habitual para un área protegida de esta magnitud: la comunidad tiene mayoría dentro del órgano que participa en su gestión.
Julio Chamorro es una de las personas que permite entender qué significa esto en la práctica. “Yo soy el presidente de la Organización Comunitaria Funcional del Mar de Juan Fernández, que coadministra en conjunto con el Estado la Red de Área y Marina Protegida”, explica. Y agrega: “Son seis organismos del Estado y siete representantes de la comunidad”.
El Consejo no se limita a acompañar decisiones tomadas en otra parte. En 2025 aprobó el Plan Operativo Anual Integrado, que articula los distintos instrumentos de gestión de las áreas protegidas con las prioridades del Comité de Manejo de las Pesquerías Artesanales. Ese mismo año, la comunidad avanzó también en la gobernanza de la Reserva de la Biosfera.
La arquitectura institucional actual es, por tanto, el resultado de varias capas que se fueron acumulando: reglas creadas por los pescadores, organizaciones locales, decretos de distintos gobiernos, investigación científica, planes de manejo y administración, financiamiento para implementarlos y, finalmente, una instancia formal donde el Estado comparte la gestión con la comunidad.
Por eso, la creación de estos parques no puede atribuirse a un solo gobierno.
Chamorro lo plantea en términos políticos, pero también históricos: “No es un trabajo del último día como se pretende hacer creer. Es un trabajo de 20 años”.
Los 950 mil kilómetros
Si la comunidad ya había logrado crear dos parques marinos en estas aguas, ¿por qué se quiso duplicar la superficie protegida alrededor de Juan Fernández y las Islas Desventuradas?
La respuesta no está en una decisión política tomada de un día para otro ni en una aspiración ambiental que apareciera al momento de redactar los decretos. La propuesta que llegó al Gobierno en septiembre de 2025 había sido construida sobre una idea distinta: que los parques existentes protegían una parte excepcional del ecosistema, pero dejaban fuera espacios necesarios para que ese ecosistema funcionara como tal.
La iniciativa fue elaborada por la oceanógrafa Victoria Salas Rojas y la bióloga marina Josefa Pino Aguilera, con la colaboración de Julio Chamorro Solís e Ignacio Cueto Délano. El documento, titulado Hacia la protección total del mar, proponía agregar 359.855 km² de protección.
El propio dossier advertía que la protección existente –587.116 km²– era todavía parcial y que extensas áreas de importancia ecológica permanecían sin resguardo.
Y allí aparece una primera pista: Juan Fernández y Desventuradas no serían dos sistemas completamente separados, sino partes de una red ecológica mayor.
Juan Fernández y Desventuradas presentan un alto nivel de endemismo y comparten especies. Su aislamiento respecto del continente ha producido comunidades diferentes a las de la costa chilena, pero las corrientes oceánicas y el desplazamiento de larvas conectan los sistemas.

Oceanógrafa Victoria Salas. Foto: Héctor Cossio
“Los montes submarinos pueden servir (…) de step stones o piedras de paso”, explica Salas. En esos montes se concentra vida bentónica y, a partir de ella, llegan peces pelágicos a alimentarse. Pero, agrega, la conexión no depende solamente de esos accidentes geográficos: también intervienen las corrientes. En particular, existe evidencia de transporte de larvas de la langosta de Juan Fernández desde el archipiélago hacia las Desventuradas.
La propuesta científica recoge esa misma idea. Su diagnóstico identifica un endemismo regional compartido entre ambos archipiélagos y plantea que una parte importante del corredor entre ellos es utilizada por especies migratorias, entre ellas, cetáceos, tortugas, tiburones y aves marinas.

Pulpo de Juan Fernández: Foto: Eduardo Sorensen
Pero la evidencia disponible permite ir un poco más lejos que la sola descripción de especies compartidas.
Un estudio publicado en 2024 en Molecular Ecology combinó genómica poblacional y modelación biofísica para estudiar la langosta de Juan Fernández (Jasus frontalis). Otro trabajo encontró un alto flujo génico del erizo Centrostephanus sylviae entre Juan Fernández y Desventuradas a distancias superiores a 800 kilómetros.
Para la langosta, la evidencia mostró un patrón distinto: transporte larval asimétrico y una estructuración parcial de las poblaciones. Es decir, no todas las especies se comportan igual, pero existen mecanismos biológicos capaces de vincular poblaciones separadas por cientos de kilómetros.
De acuerdo con los estudios, las elevaciones del fondo oceánico modifican las corrientes, generan distintos tipos de hábitat y permiten la concentración de organismos. Allí viven corales, esponjas, crustáceos y otros organismos que, a su vez, forman refugios y zonas de alimentación para otras especies.

Foto: Eduardo Sorensen
Por eso la propuesta no buscaba simplemente dibujar un círculo mayor alrededor de las islas. Pretendía incorporar parte de ese sistema submarino que quedaba fuera de las áreas protegidas. De esa suma surge una superficie cercana a los 950.000 km².
La ciencia, sin embargo, tenía una limitación evidente: había muy poco mar profundo explorado directamente. Pero eso iba a cambiar.
Solito, el monte de la conexión
En 2024, una expedición del Schmidt Ocean Institute recorrió parte de esta región. Entre los lugares explorados estaba un monte submarino que hasta entonces prácticamente no había sido estudiado: Solito.

Mapa batimétrico del monte submarino Solito. Foto: Schmidt Ocean Institute
La publicación científica que siguió a esa expedición apareció después de que la propuesta de ampliación fuera presentada. Es importante mantener esa secuencia temporal, porque permite entender qué ocurrió con el conocimiento científico: la propuesta no utilizó los resultados de Solito para justificar su existencia; fueron las nuevas investigaciones las que posteriormente aportaron evidencia compatible con la hipótesis que la propuesta ya planteaba.
El estudio de Tapia-Guerra, publicado en Progress in Oceanography en julio de 2026, constituye la primera caracterización ecológica integral de Solito. El monte se levanta más de 3.500 metros desde la planicie abisal y se encuentra en una zona de transición biogeográfica entre los sistemas Nazca-Desventuradas y Juan Fernández.
Los investigadores encontraron 131 morfotaxones pertenecientes a ocho filos, además de corales de aguas frías, esponjas y especies de importancia comercial como el cangrejo dorado, el alfonsino y el orange roughy. La diversidad estaba asociada a la heterogeneidad del fondo y a distintos estratos de profundidad.
Hay un dato que dimensiona cuánto se desconocía de esa zona: 128 morfotaxones fueron registrados por primera vez para las ecorregiones de Desventuradas y Juan Fernández, y al menos cinco podrían corresponder a especies aún no descritas.
El hallazgo más interesante para esta investigación no está solamente en el número de organismos. Solito está situado entre los dos sistemas que la propuesta intenta conectar. El estudio encontró especies compartidas con Juan Fernández y con Nazca-Desventuradas, entre ellas, Projasus bahamondei, Paromola rathbuni, Chaceon chilensis y el coral negro Leiopathes. También registró especies de peces que habían sido descritas previamente en el conjunto de la ecorregión.
Los autores citan un estudio de modelación biofísica de Flores et al. (2026) que identificó a Solito como un posible nodo o stepping stone para la dispersión larval entre Desventuradas, Nazca y Juan Fernández.
Daños imborrables: la pesca de arrastre

Pesca del Orange Roughy (2001) Foto: Wladimir Díaz
La historia tiene una segunda capa científica. Si los ecosistemas de los montes submarinos son complejos, fundamentales para la vida y se forman lentamente, ¿qué ocurre cuando son dañados?
Aquí aparece la investigación de Ignacio Petit y otros científicos, publicada en Deep-Sea Research Part I en junio de 2026.
El estudio analizó 72 horas de grabaciones con el ROV SuBastian y comparó tres montes submarinos de Juan Fernández que habían sido sometidos a pesca de arrastre con Solito, donde no se encontró evidencia de esa actividad.
La comparación es particularmente poderosa, porque no depende de fotografías históricas ni de relatos de pescadores. Los investigadores pudieron observar directamente el fondo más de dos décadas después de que terminara la pesca de arrastre.

Los puntos y líneas verdes representan las trayectorias de inmersión del ROV y los puntos rojos muestran los sitios de pesca de arrastre de fondo realizada entre 2000 y 2002
Los investigadores encontraron huellas evidentes del arrastre en los tres montes de Juan Fernández. Sin embargo, las mediciones resultan más relevantes que las imágenes.
Los investigadores encontraron que las zonas no arrastradas del monte Solito tenían mayor cobertura de corales formadores de hábitat. Las zonas arrastradas presentaban más sedimento blando y mayores densidades del erizo Dermechinus horridus.
Por el contrario, en los montes de Juan Fernández había pocos indicios de corales formadores de hábitat. Es más, el estudio concluye que las comunidades bentónicas de Juan Fernández muestran “little to no sign of recovery” (pocos o nulos signos de recuperación) después de dos décadas sin pesca de arrastre.
El estudio también ofrece una explicación biológica para esa lentitud: algunas especies de corales negros pueden vivir cientos o incluso miles de años y su recuperación puede tomar siglos.

Mayo 2002. Foto: Wladimir Díaz
Wilson González Arredondo nació en 1943 y comenzó a pescar cuando todavía era niño. Sus recuerdos se mantienen frescos cuando se le pregunta por la pesca de arrastre. Esa experiencia lo llevó con los años a convertirse en uno de los primeros pescadores en promover la protección marina.
Cuenta que hace una década, junto a otros pescadores, salieron a observar directamente qué estaba ocurriendo en los montes submarinos. Lo que encontraron fue el rastro de la pesca de arrastre sobre el fondo. “Habían dejado los montes submarinos completamente pelados, arrasaron con todo”, recuerda. Para quienes fueron testigos, la evidencia les dejó una huella imborrable. “Lo que no servía, lo tiraban al mar. Había cientos sino miles de pescados muertos flotando”.

Wilson González. Foto: Héctor Cossio
Cuando habla de la época de la pesca de arrastre, no habla de índices de complejidad ni de cuadrantes. Habla de lo que vio en el agua.
La memoria de Wilson precede por años a la expedición científica de 2024. Por sí sola no permite cuantificar el daño ni establecer su extensión. Pero cuando se la coloca junto a las observaciones realizadas mediante ROV, adquiere un valor distinto.
El contraste entre el testimonio de Wilson y el estudio tiene una particularidad: Wilson no conocía los resultados del estudio cuando contó su experiencia. Su testimonio no es la explicación de los resultados científicos. Es la memoria local de un proceso que décadas después pudo observarse directamente.
Cuidar para seguir pescando

Foto: Eduardo Sorensen
En Juan Fernández, la discusión sobre cuánto mar proteger hoy terminó convirtiéndose en una discusión sobre el futuro.
Para quienes viven de la pesca, proteger no significa dejar de pescar. Alberto Vergara lo explica desde una lógica mucho más sencilla que la de los decretos, los polígonos y los informes técnicos: el mar es el lugar del que viven. Los pescadores aprendieron de sus antecesores que extraer sin límite termina destruyendo aquello que permite seguir trabajando. Por eso establecieron medidas para proteger la langosta y, con el tiempo, comenzaron a extender esa misma lógica al resto del ecosistema.
“Hay que mirar hacia el futuro y pensar en qué les vamos a dejar a las próximas generaciones”, dijo mientras revisaba una de las jaulas para langostas antes de zarpar.
Esa idea permite entender una de las particularidades del caso Juan Fernández. La comunidad no propone eliminar la actividad pesquera, sino reservar sectores donde no se pesque para que el océano mantenga la capacidad de producir vida y, con ella, de sostener la pesca.
Alberto cuenta que dentro de las áreas de conservación de múltiples usos los propios pescadores han dejado de capturar incluso el jurel pequeño que utilizan como carnada. La lógica es simple: si los peces tienen un lugar donde refugiarse, el recurso puede mantenerse en el tiempo.
Esa experiencia local se inserta ahora en un debate que va mucho más allá de las islas.
El análisis de Global Fishing Watch sobre el período comprendido entre enero de 2012 y julio de 2025 muestra que entre las áreas propuestas para ampliar la protección existe un corredor de alta mar donde la actividad pesquera aparente fue considerablemente mayor que dentro del área de expansión de Juan Fernández. El informe identifica allí principalmente embarcaciones extranjeras, sobre todo chinas.
Ese dato cambia la dimensión del problema. La protección de Juan Fernández y Desventuradas deja de ser solamente una decisión sobre lo que ocurre dentro de las aguas jurisdiccionales chilenas. El corredor que las separa conecta esos espacios con un océano donde las reglas son distintas y donde la capacidad de un Estado para controlar directamente la actividad es mucho menor.
La existencia de actividad pesquera en esa zona de alta mar es precisamente uno de los elementos que vuelve relevante pensar la conservación como un problema de escala internacional.
De hecho, en la última Asamblea General de la ONU, el Presidente José Antonio Kast –que aún tiene retenido el decreto de protección para los nuevos parques marinos– encabezó un evento internacional para promocionar la candidatura de Valparaíso como sede del Acuerdo BBNJ, sobre la Conservación y Uso Sostenible de la Biodiversidad Marina más allá de las Jurisdicciones Nacionales.

Foto: Ministerio del Medio Ambiente
El Tratado de Alta Mar de la ONU –el acuerdo sobre biodiversidad marina fuera de las jurisdicciones nacionales cuya secretaría Chile propone instalar en Valparaíso– abre un nuevo marco para proteger esos espacios, pero su efectividad dependerá de lo que pase con el proyecto de Juan Fernández.
Para Pablo Manríquez, alcalde de Juan Fernández, esa dimensión tiene una clara lectura geopolítica. Cuando se reunió en La Moneda con el Presidente José Antonio Kast, planteó que el archipiélago no debía verse solamente como un territorio en el cual crear un parque marino. A su juicio, proteger ese espacio permite a Chile mantener una posición estratégica en el Pacífico.
“No es que estemos cuidando o creando un parque marino por crearlo”, explicó. Se trata, dijo, de una decisión que puede generar beneficios ambientales, económicos y geopolíticos al mismo tiempo.

Alcalde de Juan Fernández, Pablo Manríquez. Foto: Héctor Cossio
Hay, además, un actor que introduce una dimensión distinta en esta discusión: la Armada. En una publicación sobre la relación entre la Armada y los parques marinos, la institución sostiene que las áreas protegidas oceánicas no son ajenas a las funciones de la institución. Por el contrario, señala que las tareas de fiscalización y control en ellas permiten reforzar el cumplimiento de la misión de resguardar la soberanía e integridad territorial.
Pero mientras los documentos hablan de miles de kilómetros cuadrados, tratados internacionales, actividad satelital, zonas económicas exclusivas y soberanía, en la isla la discusión sigue teniendo una dimensión mucho más concreta.

Foto cedida
Se trata de la vida de los pescadores que salen al mar.
No necesitan conocer todos los oficios que circularon entre ministerios, las versiones sucesivas de un polígono, las coordenadas que cambiaron ni las razones que llevaron a retirar un decreto firmado.
Su conclusión es anterior a todo eso. Proteger, para ellos, no es cerrar el mar. Es cuidarlo para que siga existiendo.