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Entre el riesgo y la aventura Opinión Crédito: El Mostrador.

Entre el riesgo y la aventura

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Giovanni Carozzi Figueroa
Por : Giovanni Carozzi Figueroa Académico de la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad Andrés Bello.
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Los recientes accidentes ocurridos en la montaña y en el río Maipo, así como las dramáticas imágenes del aluvión que afectó a sectores precordilleranos de Santiago, nos recuerdan una realidad que muchas veces preferimos ignorar: el riesgo forma parte inevitable de nuestra existencia. Frente al dolor de las familias que han perdido a sus seres queridos y la vulnerabilidad de quienes se han visto enfrentados a la fuerza de la naturaleza, surge una pregunta necesaria: ¿cómo podemos seguir abrazando la aventura sin perder de vista nuestra responsabilidad frente al peligro?

El antropólogo David Le Breton, en su obra Sociología del riesgo, reflexiona sobre una sociedad marcada por amenazas que trascienden las fronteras individuales y sociales. El riesgo, en sus distintas manifestaciones, puede irrumpir inesperadamente en nuestras vidas, recordándonos que nadie está completamente a salvo. Las escenas de angustia y desesperación vividas durante el reciente aluvión son una expresión de aquello: personas que, sin buscarlo, debieron enfrentar situaciones extremas en las que la supervivencia se convirtió en la única prioridad.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre el riesgo que nos sorprende y aquel que asumimos voluntariamente cuando decidimos aventurarnos en la naturaleza. La montaña, los ríos y los paisajes de nuestro país ofrecen experiencias extraordinarias, pero también exigen preparación, prudencia y respeto. La confianza excesiva puede convertirse en una amenaza, especialmente cuando la experiencia acumulada nos lleva a minimizar peligros que nunca desaparecen por completo.

La filósofa Anne Dufourmantelle, en Elogio del riesgo, propone una mirada que invita a comprender el riesgo como parte esencial de una vida abierta a nuevas posibilidades. Por su parte, Georg Simmel, en su ensayo La aventura, describe esta experiencia como una ruptura con la cotidianidad, un espacio extraordinario que nos aproxima a la intensidad de los sueños y al descubrimiento de otros horizontes.

Desde esta perspectiva, aventurarse no significa simplemente exponerse al peligro, sino también atreverse a experimentar aquello que transforma nuestra manera de habitar el mundo. Pero reconocer el valor de la aventura no implica romantizar la imprudencia.

Por el contrario, cuanto mayor es nuestro deseo de explorar, mayor debe ser también nuestra conciencia de los riesgos. La preparación, el conocimiento del entorno y el cuidado de quienes nos acompañan son condiciones fundamentales para disfrutar responsablemente de la naturaleza. No se trata de eliminar toda incertidumbre, algo imposible, sino de aprender a convivir con ella sin confundir valentía con temeridad.

Chile posee una geografía privilegiada que invita permanentemente al encuentro con lo desconocido. Desde sus montañas hasta sus ríos, la naturaleza ofrece oportunidades de descubrimiento, aprendizaje y conexión con aquello que trasciende nuestra rutina. Sin embargo, esa riqueza también nos plantea un desafío colectivo: fortalecer una cultura de prevención que permita disfrutar de estos espacios sin subestimar su fuerza ni sus peligros.

La aventura seguirá siendo una dimensión esencial de la experiencia humana, porque vivir también supone explorar, descubrir y asumir incertidumbres. El verdadero desafío consiste en comprender que el respeto por la naturaleza y el cuidado de la vida no limitan nuestra libertad, sino que hacen posible ejercerla con mayor conciencia. Porque aventurarse no debería significar desafiar irresponsablemente los límites de la vida, sino aprender a reconocerlos para seguir descubriendo el mundo.

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