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El riñón artificial de la UP: el proyecto médico que sepultó la dictadura Investigación El riñón artificial funcionando en el Hospital Deformes (cedida)

El riñón artificial de la UP: el proyecto médico que sepultó la dictadura

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Santiago Rey
Por : Santiago Rey Periodista, presidente de la Fundación de Periodismo Patagónico. Escribió el libro "Silenciar la muerte".
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Entre 1971 y el 11 de septiembre de 1973, un equipo compuesto por un nefrólogo y dos arquitectos creó una máquina artesanal de hemodiálisis. El golpe de Estado terminó con el proyecto y llevó al exilio a sus impulsores.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
Durante la Unidad Popular, el nefrólogo Hernán Aguirre y los arquitectos Mario Espina y Joaquín Velasco impulsaron en Valparaíso un proyecto para fabricar riñones artificiales en Chile. Una veintena de prototipos fue instalada en el Hospital Enrique Deformes y una unidad fue enviada a México como ayuda solidaria. El proyecto buscaba reducir la dependencia tecnológica y contó con respaldo del gobierno de Salvador Allende, pero el golpe de Estado de 1973 cerró el taller, dispersó al equipo y terminó por borrar casi todos sus registros.
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Chile pudo ser, a comienzo de los años 70, uno de los pocos países del mundo capaces de producir en serie riñones artificiales. Durante el Gobierno de la Unidad Popular (UP), un proyecto nacido del ingenio de un nefrólogo y dos arquitectos logró crear un prototipo de máquina de hemodiálisis que fue utilizado en un hospital de Valparaíso e incluso exportado a México.

El clima de impulso al desarrollo industrial nacional y el fin de la dependencia tecnológica y la limitación del gasto en importación de maquinaria médica impregnó el proyecto impulsado por el médico Hernán Aguirre y los arquitectos Mario Espina y Joaquín Velasco. Con apoyo del Presidente Salvador Allende, acrílicos, celofán y caños de goma, el trío creó un riñón artificial, capaz de depurar la sangre de pacientes renales crónicos.

Fue una epopeya tecnológica que pondría a Chile en la cima del desarrollo médico-industrial, junto a países como Estados Unidos, Suecia, Gran Bretaña y Alemania.

En 1939, mucho antes de ser Presidente, Salvador Allende había escrito en La realidad médico-social chilena que “un país que no produce sus propios elementos básicos de curación es un país dependiente que pone en riesgo la vida de sus ciudadanos ante cualquier vaivén del mercado internacional”.

Sin embargo, el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 terminó con el proyecto y la transición democrática no lo recuperó. Solo la memoria de un hombre de 81 años es capaz de revivir la historia.

El nefrólogo

Una máquina de hemodiálisis o riñón artificial es capaz de suplir al riñón en su tarea de filtrar la sangre; regular el equilibrio de agua, sales, presión arterial; eliminar los desechos y toxinas del cuerpo, incorporar hormonas esenciales y mantener el equilibrio ácido-base en la sangre.

Bien lo sabía el nefrólogo del Hospital Enrique Deformes de Valparaíso y subdirector del Instituto de Tórax, Hernán Aguirre, cuando en 1971 y recién llegado de una beca en Nefrología en la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad Washington, fue a pedirle al arquitecto Mario Espina que le fabricara un riñón artificial.

La fama de inventor le precedía y Espina no se amilanó ante el pedido.

—Pero lógico, no hay ningún problema le respondió.

Luego, el arquitecto fue a buscar a su cuñado, Joaquín Velasco. Más cauto, el también arquitecto aceptó, y desde entonces, la hazaña de crear un riñón artificial marca su vida. Hoy tiene 81 años, vive en Viña del Mar, pasa los veranos en Chiloé y es el único resguardo histórico de la existencia del proyecto. Cincuenta y cinco años después del inicio de aquella aventura dice que lo hizo por una “convicción personal infinita” de poner al hombre y su capacidad de creación al servicio de un cambio social.

En una vieja casona inglesa de Valparaíso, comprada con recursos otorgados por el Gobierno de Allende, pusieron manos a la obra. Un total de 60 trabajadores dedicaron día y noche, durante varios meses, a elaborar cada una de las piezas que, encastradas de manera artesanal, compusieron el riñón artificial.

Un total de 20 prototipos fueron instalados en el Hospital Deformes, donde un puñado de pacientes se dializaron gracias a la inventiva de aquellos hombres que se dieron a la tarea de intentar romper con la dependencia tecnológica. Incluso, una de las cajas transparentes por donde la sangre de los enfermos se depuraba fue enviada a México, en 1973, como aporte solidario para atender la emergencia producida por una inundación en la zona de Guanajato.

A pesar de lo que significó aquel logro, no hay documento, ni paper, ni archivo, ni ensayo, ni matriz, ni publicación científica, ni decreto, ni resolución ministerial, ni acta ni certificado que acredite la existencia del riñón artificial chileno. Solo la memoria de un hombre de 81 años.

Joaquín Velasco (cedida).

Allende

Una tarde de enero de 1973, Salvador Allende visitó la casona taller de Valparaíso. Joaquín, hoy, en su casa de Chiloé, mirando el lago Huillinco, lo menciona como al pasar. Según cita, Allende dijo: “Ya, esto écheme para adelante, esto me interesa mucho, porque si esto funciona, nosotros en vez de regalar el poncho de La Ligua, podemos regalar prototipos industriales médicos”.

Entonces Mario Espina, parado junto a Joaquín en el taller, interrumpió a Allende y le pidió:

Presidente, nosotros necesitamos tener seguridad de continuidad para dar escala a la producción, necesitamos por lo menos de cinco a siete años para poder efectivamente hacer todo esto.

Allende entonces lo miró, hizo silencio, se sacó los lentes y por fin dijo:

Eso no te lo puedo garantizar.

El riñón mexicano

En plena cena del lunes 10 de septiembre de 1973, pocas horas antes que la camarilla militar encabezada por Augusto Pinochet diera el golpe de Estado, Hortensia Bussi de Allende, la Tencha, contó a su marido, a su asesor personal Joan Garcés, al ministro del Interior Carlos Briones y al periodista Augusto Olivares, los resultados de su reciente viaje a México.

A mediados de agosto de aquel año una inundación había causado una catástrofe en una zona cercana a Guanajuato y esa noche santiaguina, en la casa presidencial de la calle Tomás Moro al 200, la Tencha narró los detalles de la misión que había concluido el día anterior: en su carácter de Primera Dama había llevado un riñón artificial donado por el Gobierno de Chile como ayuda al pueblo mexicano. La acompañaron su hija Isabel y el edecán aéreo del Presidente, comandante Roberto Sánchez.

Este dato, que confirma el nivel de conocimiento e involucramiento del Gobierno de Allende con el proyecto de producción local de máquinas de hemodiálisis, aparece en el libro El día en que murió Allende, de Ignacio González Camus (Editorial Catalonia, 2013).

Es la única referencia bibliográfica hallable del proyecto. En tanto, un artículo en la contratapa del diario La Nación, del 15 de julio de 1972, fechado en Valparaíso y titulado “Nace primer riñón artificial en Chile”, da cuenta de la realización de una conferencia de prensa encabezada por el trío impulsor del proyecto. Allí se asegura que “en una visita realizada al Hospital Deformes, se comprobó que esta máquina desde hace tres meses mantiene en perfectas condiciones de salud al enfermo Jorge Pérez, que presenta una diálisis crónica, es decir, una deficiencia renal”.

Finalmente, la familia de Joaquín Velasco cuenta con un recorte de un diario de época, pero no identificado, donde se ve al Presidente Allende junto al equipo de improvisados industriales, y el gerente general del Servicio de Cooperación Técnica, Alberto Texler, clave en el vínculo entre el Estado y el nefrólogo y los arquitectos.

Todo lo demás, es silencio.

Los riñones artificiales (cedida).

11 de septiembre

La bruma marina de cada mañana se mezcla con un humo particular. No es la leña de todos los días que arde en las estufas y las cocinas de las casas de los barrios colgados de los cerros de Valparaíso.

En el aire hay algo más. Desde las 6 de la mañana se observan movimientos extraños en la Comandancia en Jefe de la Armada. Desacostumbrados gritos, marchas, órdenes. Armas desenvainadas esa mañana del 11 de septiembre de 1973. A las 8:40 las radios emiten una primera proclama militar confirmando que el golpe de Estado está en marcha.

En las estufas y cocinas de las poblaciones arden libros, panfletos y manifiestos, y el humo se mezcla con la brisa que llega del mar. En la piel de los vecinos y vecinas, como ínfimas partículas de la bruma, se adhiere el miedo, una latencia anticipatoria del horror. Y entonces las llamas queman pruebas, carnets de afiliación, discursos.

Joaquín observa el gris acerado del humo que nubla la ciudad y se queda en la casa. Ninguno de los 60 trabajadores que en la vieja casona inglesa producían el futuro de la tecnología médica chilena se acerca al lugar ese día.

Recién dos días después Joaquín llegará hasta el taller, entrará solo, buscará los documentos políticos que había escrito para dar contexto y músculo al desarrollo del riñón artificial, textos donde se mezclaban el hombre libre, las alamedas, la vía democrática al socialismo, y también las matrices tecnológicas y los ensayos técnicos, y en una pequeña salamandra arrinconada en su oficina los quemará todos. Ofrendará su cuota de humo a la brumosa mañana portuaria.

Unas horas más tarde, un marino se instalará en la puerta de la vieja casona inglesa y dirá a Joaquín y a todos los trabajadores: “Quedan en libertad de acción”.

Y cerrará la puerta con una cadena y un candado.

Tras el golpe y el cierre del taller, solo Hernán Aguirre, el nefrólogo de la idea primigenia, reacomodó su situación. En tanto médico del Hospital de la Armada, siguió con su tarea, accedió a lugares de privilegio y montó un centro de hemodiálisis privado con las máquinas construidas en la comuna libertaria del riñón artificial.

El arquitecto Mario Espina fue detenido junto a su mujer, hermana de Patricia, la compañera de Joaquín. Luego, se exiliaron en Venezuela.

Joaquín y Patricia también debieron exiliarse; cuatro años también en aquel país.

Entre las 13:50 y las 14:00 horas del 11 de septiembre, Allende se disparó con un fusil AK-47. El proyectil ingresó por su mentón y salió por la parte superior del cráneo.

A esa hora ya se había levantado la bruma. Todo o casi todo lo referido al riñón artificial, se perdió en la desbandada, en el exilio, en el fuego.

La democracia nunca recuperó aquella historia.

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