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Poseídos: los peligros de los hogares digitales Tecnología

Poseídos: los peligros de los hogares digitales

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El «Internet de las cosas» está creando un mundo más conectado, pero cederles nuestras vidas domésticas a las máquinas tiene un lado oscuro.


Por Edwin Heathcote*

Una mujer se queda dormida en el suelo. Se despierta, aterrorizada y con un dolor insoportable, y descubre a una aspiradora robot tragándose su cabello. Resulta que el peluche que usted le compró a su hija pequeña graba secretamente sus conversaciones privadas, los cuentos que leen juntos, los momentos de descanso de ella y los transmite por Internet.

El sistema de videovigilancia que usted instaló para mantener su casa segura es hackeado y su vida termina siendo un programa de telerrealidad las 24 horas del día sin que usted lo sepa. Es un gran éxito en Japón.

Su hogar inteligente ha sido invadido, se ha cambiado el código de bloqueo y lo ha dejado fuera. El sistema de sonido se ha ajustado al máximo volumen, sonando estrepitosamente mientras usted sigue afuera. Las luces se encienden y se apagan como una discoteca. Usted comienza a pensar que adentro hay una fiesta y que no fue invitado. Tal vez las máquinas están pasando un buen rato.

Algunos de estos incidentes han ocurrido. Los demás seguramente ocurrirán, es sólo cuestión de tiempo. Nuestras casas están siendo poseídas. Y los espíritus malvados del siglo XXI son los fantasmas que controlan nuestras máquinas. Éste es el «Internet de las cosas», la cacareada próxima versión de un conectado paisaje de objetos domésticos y urbanos. Es el sueño de un mundo conectado en el que los productos hablan entre sí y todo se vuelve más eficiente y fluido. Es un mundo que ya está poblado por aparatos domésticos como los sistemas de control del hogar de Nest, la aspiradora robot traga-cabellos (sí, fue cierto), los refrigeradores, los sistemas de iluminación y los microondas inteligentes. Y el sueño de todos estos fabricantes es que podrán recopilar sus datos más íntimos. Las encuestas de usuarios y el grupo focal serán reemplazados por la información en tiempo real. Sin saberlo, estaremos realizando investigaciones de mercado para los fabricantes y los minoristas en línea conforme hacemos nuestras tareas domésticas, comemos, hablamos y nos movemos en nuestros hogares.

Luces que reaccionan al movimiento, habitaciones que ajustan su temperatura cuando no hay personas dentro, aparatos que se encienden o apagan solos dependiendo de dónde estemos en el hogar. Las empresas encargadas de recopilar datos tendrán una asombrosa variedad de información sobre cómo vivimos en nuestras casas. Si la temperatura de la habitación sube, sabrán que hay más gente en ella y, si sube un poco más, que se están dedicando a alguna actividad extenuante, posiblemente íntima. Sabrán probablemente más que nosotros sobre cómo utilizamos el espacio. Sabrán si no estábamos en casa cuando dijimos que estábamos enfermos. A través de nuestros medios de comunicación social, sistemas de navegación satelital y todo lo demás, ya les hemos cedido voluntariamente nuestras ubicaciones, nuestros intereses, nuestros gustos y deseos a las turbias figuras del otro lado de la pantalla. Pero una nueva generación de cosas interconectadas, probablemente coordinadas mediante un sistema operativo de reconocimiento de voz, significa que ahora estamos cediéndolo todo.

Para que un sistema como Alexa de Amazon (un asistente personal inteligente) sea útil, necesita estar escuchando todo el tiempo, a la espera de palabras o frases que lo activen. En otras palabras, es un dispositivo de vigilancia. Hubo indignación cuando se descubrió a principios de este año que los servicios de inteligencia habían encontrado la forma de hackear los televisores Samsung para convertirlos en dispositivos de escucha. Pero henos aquí, introduciendo con entusiasmo máquinas de vigilancia a nuestras casas. Estos dispositivos reciben nombres (Alexa, Siri, etc.) y voces cada vez más humanas que los antropoformizan, así que nos sentimos cómodos alrededor de ellos bajando la guardia como lo haríamos con un perro de la familia o un viejo amigo. En la película, ‘Her’, de Spike Jonze de 2013, el protagonista geek se enamora de su sistema operativo (cuya voz ronca es interpretada por Scarlett Johansson). La novedad aquí es que el sistema operativo es vivaz y curioso, pero el humano es débil e inútil. ¿Es éste nuestro futuro?

Por cierto, si le gustó la historia de espías de los televisores Samsung, ahora puede comprar su refrigerador-congelador Family Hub, el cual enviará una fotografía de su contenido a su teléfono inteligente reemplazando la lista de compras, con la cual usted puede ordenar su próxima entrega en línea. Pero mientras usted se sirve una bebida, ¿quién más está estudiando el contenido de su refrigerador?

Adam Greenfield, ex mensajero en bicicleta, crítico de rock, diseñador de Nokia y especialista en operaciones psicológicas del ejército estadounidense, dice que debemos preocuparnos. Detalla algunas de las vulnerabilidades del Internet de las cosas en su nuevo libro Radical Technologies: The Design of Everyday Life. «Con todos estos dispositivos conectados», me dice, «existe una muy agresiva adquisición de datos. Las empresas pueden evaluar su estilo de vida durante un año, utilizando los datos de su Fitbit, su refrigerador, Amazon . . . »

«Mire el botón Amazon Dash», continúa. «Se puede instalar en su baño, así cuando se esté agotando el papel higiénico, sólo hay que presionar el botón y éste hace un pedido y se le entrega directamente a usted».

Éstas son tecnologías sofisticadas y enfocadas que permiten la recopilación de los datos más personales. Pero hay otros temas también. «Las grandes compañías tecnológicas probablemente hacen esto muy bien», dice Greenfield, «porque tienen la experiencia, han realizado la inversión y tienen departamentos de informática. El problema son los dispositivos más baratos, las cámaras web de £5, que introducen vulnerabilidades».

A menudo los autores son los primeros que predicen los grandes cambios que la tecnología puede catalizar, como Arthur C. Clarke con la comunicación satelital, Philip K Dick con nuestra inquietud en cuanto a la inteligencia artificial y JG Ballard con la extraña banalidad tecnológica del mundo moderno.

El autor de ciencia ficción Bruce Sterling coincide con Greenfield. «Las cámaras chinas baratas son ideales para los ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS), las cargas de datos que pueden ser alteradas por jóvenes de 15 ó 16 años de edad que pueden hackear un banco desde sus habitaciones», dice él. «La idea de que un adolescente podría crear el caos a escala mundial es tan grande que, en realidad, está dañando la moral en la industria de la tecnología. Es una vergüenza».

«Solía existir un avance gradual de características», añade, «donde se añadían más y más características a un producto para que lo compráramos. Ahora podemos ver que esto, como dicen, ‘amplía la superficie de ataque’. Es una locura. ¡Los servicios de inteligencia chinos están atacando mi refrigerador!».

Greenfield señala otro problema. «Esta tecnología, que puede salirse de control, nos infantiliza. Lo que comienza como una conveniencia tiene otras consecuencias. Cuando las cosas van mal, nos sentimos impotentes y estúpidos».

Más allá de eso, también destruye las comunidades. Quizás sea fácil pulsar ese botón Dash, pero, ¿qué le sucederá a su tienda de la esquina? Greenfield califica a Amazon junto con Uber y otras de «tecnologías socialmente corrosivas». Amazon está destruyendo las tiendas minoristas con precios predatorios, pero ¿qué le está haciendo esta cultura de interminables entregas a la calidad de nuestro aire y la congestión de las carreteras, y qué significa para la futura seguridad laboral? Usted podría trabajar como cajero en un supermercado y descubrir que su refrigerador, que ordena su comida a través de Internet, acaba de quitarle el empleo.

Uno de los temas recurrentes más prevalentes en las películas de horror ha sido la posesión de los medios por los fantasmas de espíritus malévolos. Recuerde Poltergeist, Videodrome o El Aro en las que el televisor se convierte en el portal a través del cual el mal entra en las casas. Todo esto se basaba, pensamos, en la falsa idea de la televisión como un medio de dos vías. Después de lo sucedido con los televisores Samsung ahora entendemos que eso es exactamente lo que es.

El Internet de las cosas está invitando una infinita apertura digital en nuestros hogares sin ninguna de las protecciones que aplicamos automáticamente a nuestra arquitectura física. De hecho, incluso es capaz de anular ésta: ¿le gustaría que sus cerraduras y sistemas de seguridad fueran controlados por una aplicación? Quizás ya lo haya hecho. Pues adelante.

Tal vez nos seduzca la manera en que todo se simplifica, «Oye, Siri, pídeme un chow mein», «Oye, refrigerador, haz mis compras» (por cierto, si lo dice lo suficientemente alto también puede ordenar las compras de su vecino, aunque éste no quiera). Pero la otra cara de la delegación es la pérdida de control. ¿Podemos mantenernos al día con la tecnología? ¿Entendemos cómo funciona o sabemos cuándo algo sale mal? Alguna vez les tuvimos miedo a los fantasmas, a los espíritus que rondaban nuestras casas y podríamos incluso haber llamado a un exorcista para expulsarlos.

Ahora estamos invitando a esos espíritus malévolos a entrar de nuevo.

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