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Discusión maratónica de la ley miscelánea: un evento kafkiano
La votación de la Ley Miscelánea en la Comisión de Hacienda derivó en una jornada caótica y surrealista: diputados confundidos sobre cómo votar, miles de páginas transportadas en carritos, indicaciones sin firma, amenazas de “Naranjazo” y debates sobre IA en medio del agotamiento extremo.
La maratónica jornada de votación en la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputadas y Diputados pasará a la historia no solo por la Ley Miscelánea, sino también por haber transformado el debate parlamentario en un evento kafkiano.
La jornada comenzó sin preludio de caos. El presidente de la Comisión, Agustín Romero, abrió la sesión con la noble esperanza de que “se avance” rápido. La secretaría solemnemente lee la cuenta y, por segundos, la escena es propia de una institución de raigambre republicana. Pero el espejismo dura poco.
De entrada, se percibía de inmediato el enredo: abrumadoras observaciones técnicas mezcladas con detalles sobre el Servel. Reflexiones sobre “primera vivienda” versus “vivienda principal”. Gritos. Risas. La llegada de más enmiendas, citas a Sabina y una voz que necesita imperiosamente saber qué papel estaba usando la impresora.
Apenas arranca la votación particular del artículo 1, el curso entró en un colapso lingüístico que tuvo que ser explicado durante 30 minutos. Algunos consideraron el episodio como el mejor momento de la primera parte: nadie tiene completamente claro cómo se vota. Hay una profunda confusión sobre qué significa votar “a favor” o “en contra” de una inadmisibilidad.
Es necesario explicarlo cuatro veces. El curso entra en crisis semántica. La secretaría intenta aclarar. Algunos entienden. Otros no tanto. Alguien pregunta: “A ver, si votan sí, ¿es sí a la idea o sí a rechazar la idea?”. Ahí el honorable José Carlos Meza propone una solución luminosa: que se vote diciendo “admisible” o “inadmisible”. Primer escollo superado.
Otro de los momentos más comentados ocurrió cuando decenas de indicaciones parlamentarias fueron declaradas inadmisibles por el error más básico del manual escolar: los diputados olvidaron firmarlas.
La logística de la sesión rompió varios récord. El documento “comparado” –que detalla cada cambio propuesto– terminó convertido en un Godzilla de 5 mil páginas. El papel acumulado era tan vistosamente pesado, que la secretaría tuvo que utilizar varios carritos con ruedas para transportarlo, desatando la expectación colectiva sobre el eventual colapso de los carros bajo el peso de la ley.
En paralelo, la oposición agitó la amenaza más temida del Congreso: el “Naranjazo”. Invocando el fantasma del exdiputado Jaime Naranjo y su mítico discurso de 15 horas, los parlamentarios advirtieron que, si el “profesor” (el Gobierno) no permitía debatir cada una de las 1.500 indicaciones, estaban dispuestos a hablar hasta que las velas no ardieran.
Finalmente, entre tanta ironía y griterío, hubo un momento de inesperada ternura escolar. En medio del agotamiento de la madrugada, Schalper interrumpió el debate no para hablar de impuestos, sino para anunciar: “Ya llegó el pan”. Pidiéndole a la secretaría que no se pusiera nerviosa, porque entre carritos y amenazas estaba en juego el dinero del país.
En la madrugada, la comisión cayó en un abismo filosófico: “¿Qué es una empresa ‘grande’?”, preguntó alguien. Mientras el ministro Quiroz explicaba que cinco supermercados pequeños constituían una empresa grande, los diputados debatían con la misma energía de un curso que sabe que aún le falta bastante para salir a recreo.
El surrealismo llegó con la caída del sol. Cuando la comisión ya era una “comunidad de mamíferos exhaustos”, decidieron que era el momento perfecto para discutir sobre inteligencia artificial. En medio de la neblina del cansancio, los honorables sostuvieron debates metafísicos sobre algoritmos y propiedad intelectual, discusiones que terminaron demolidas por la aritmética de un empate.
A las 7:10 de la tarde, la humanidad asomó por una rendija. Entre reproches y bloqueos, surgió una frase anónima que resume la fragilidad institucional: “Tengan piedad por los viejitos”. No era una defensa política, era una bandera blanca biológica de parlamentarios, funcionarios y asesores que llevaban demasiadas horas y necesitaban, desesperadamente, irse a casa.
La jornada cerró con la elección del “diputado informante”, que no es otra cosa que elegir al compañero que pasará adelante a exponer el trabajo grupal que todos hicieron peleando, borrando partes y acusándose mutuamente de no leer las instrucciones. Ganó Diego Schalper, el encargado de darle voz a un resultado que, más que una sinfonía, fue un extenuante coro de colegio.