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Obesidad y salud mental: la evidencia que alerta sobre su relación con la depresión Salud Crédito: El Mostrador.

Obesidad y salud mental: la evidencia que alerta sobre su relación con la depresión

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La obesidad se asocia con un 55% más de riesgo de desarrollar depresión, mientras que las personas con depresión tienen un 58% más de probabilidad de desarrollar obesidad. Especialistas llaman a un abordaje integral que considere factores metabólicos, psicológicos y sociales.


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La obesidad no solo involucra la salud física. Su relación con la depresión, la ansiedad, el estrés y la conducta alimentaria plantea la necesidad de evaluar también el bienestar emocional de quienes viven con esta enfermedad. En Chile, el deterioro de los indicadores de salud mental refuerza la importancia de una atención que considere tanto los factores metabólicos como los psicológicos y sociales.

Obesidad y depresión: una relación de doble vía

La obesidad y la depresión no son condiciones independientes. Un metaanálisis de estudios longitudinales encontró que las personas con obesidad tienen un 55% más de riesgo de desarrollar depresión a lo largo del tiempo. En sentido inverso, quienes viven con depresión presentan un 58% más de probabilidad de desarrollar obesidad.

Esta relación no puede explicarse únicamente por el peso corporal ni atribuirse a decisiones individuales. La evidencia científica que utiliza datos genéticos para estudiar posibles relaciones causales también sugiere que la obesidad puede ser un factor de riesgo para la depresión.

Núria Pujol, psicóloga clínica del Hospital Clínic de Barcelona, comenta que “parece que el factor clave en este vínculo no es tanto el Índice de Masa Corporal, sino la alteración metabólica”.

La inflamación crónica, el estrés y la desregulación del cortisol son algunos de los mecanismos que pueden relacionar el exceso de grasa abdominal con el malestar emocional. Se trata de una interacción compleja entre metabolismo, conducta, entorno y salud mental, que requiere una evaluación individualizada.

Salud mental en Chile: aumentan los indicadores de malestar

El vínculo entre obesidad y salud mental adquiere relevancia en el contexto chileno. La duodécima ronda del Termómetro de la Salud Mental, elaborado por la Asociación Chilena de Seguridad (Achs) y el Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales, mostró un deterioro de los indicadores respecto de mediciones anteriores.

Según el estudio, un 18,5% de la población presenta sospecha o presencia de problemas de salud mental, cifra que representa un aumento de 5,8 puntos porcentuales respecto de 2025.

Otros resultados del informe muestran que:

  • Los síntomas de depresión moderada o severa alcanzan el 16,2%, el registro más alto de los últimos cuatro años.
  • En las mujeres, la prevalencia de síntomas de depresión moderada o severa llega al 20,5%, frente al 11,6% en los hombres.
  • La ansiedad moderada o severa afecta al 17,9% de las personas encuestadas.
  • La proporción de personas con insomnio moderado o severo aumentó de 8,6% a 14,3% en un año.

El mismo termómetro registró que un 21,9% de los chilenos percibe altos niveles de soledad, el porcentaje más elevado desde 2021, mientras que solo un 36% siente contar con un alto nivel de apoyo social.

Estas cifras permiten dimensionar el escenario de salud mental del país, aunque no significan que todas las personas con obesidad desarrollarán un problema psicológico ni que todas las condiciones emocionales conducirán a un aumento de peso.

Estrés, inflamación y estigma

El exceso de grasa corporal, especialmente la abdominal, puede favorecer un estado de inflamación crónica. A su vez, el estrés sostenido puede alterar los sistemas hormonales vinculados al cortisol, que participa en la respuesta del organismo ante situaciones de presión o amenaza.

Cuando estos mecanismos persisten, pueden influir en el estado de ánimo, el sueño, el apetito y la conducta alimentaria. Por eso, la evaluación de una persona con obesidad no debería limitarse a su peso, alimentación o nivel de actividad física.

A estos factores se suma el estigma asociado al peso.

Los prejuicios y comentarios que atribuyen la obesidad exclusivamente a la falta de voluntad o disciplina pueden afectar la autoestima, aumentar la vergüenza y dificultar la búsqueda de atención médica. Esta estigmatización también puede interferir en el autocuidado y favorecer el aislamiento.

En ese contexto, los especialistas plantean la importancia de abordar la obesidad desde una perspectiva que considere las condiciones emocionales y sociales de cada persona, sin culpabilizarla por su situación.

Conducta alimentaria: cuándo es necesario mirar más allá del peso

La obesidad puede coexistir con depresión, ansiedad y trastornos de la conducta alimentaria. Sin embargo, estos problemas pueden pasar inadvertidos cuando la atención se concentra exclusivamente en las modificaciones del peso o en las indicaciones sobre dieta y ejercicio.

Pujol advierte que, “cuando la obesidad y la depresión se encuentran, suelen adoptar una forma específica: la depresión atípica, con aumento del apetito y del peso, exceso de sueño y sensación de pesadez física”, describe.

Otro aspecto relevante es la identificación de los trastornos de la conducta alimentaria. Según la especialista, uno de cada tres pacientes con obesidad que busca tratamiento puede presentar un trastorno alimentario. Entre estos cuadros, el trastorno por atracón es uno de los más frecuentes.

Algunas personas también experimentan lo que se conoce como “ruido alimentario”: pensamientos persistentes sobre la comida que interfieren en su bienestar cotidiano.

Este fenómeno no debe interpretarse como una falta de voluntad. Puede relacionarse con los circuitos cerebrales de recompensa, la regulación emocional, el estrés y el estigma. Por ello, identificar estas dificultades y evaluar su impacto forma parte de un abordaje adecuado.

Por qué el tratamiento de la obesidad requiere un equipo multidisciplinario

La atención de la obesidad no debería reducirse a la recomendación de comer menos y aumentar la actividad física. Al tratarse de una enfermedad crónica, sistémica y multifactorial, su abordaje requiere considerar distintas dimensiones de la salud.

“La obesidad es una enfermedad sistémica crónica que requiere equipos multidisciplinarios donde psicólogos, nutricionistas y médicos trabajen en conjunto”, sostiene Pujol.

La especialista plantea que el objetivo no debe centrarse únicamente en reducir un síntoma físico o modificar una conducta alimentaria, sino también en trabajar los aspectos cognitivos y emocionales que influyen en el bienestar de cada persona.

En esa línea, evaluar la salud mental, identificar posibles trastornos alimentarios y considerar factores como el estrés y el sueño permite comprender mejor las necesidades de quienes viven con obesidad.

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