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El Nobel de Medicina y el futuro de la salud mental Opinión Crédito: El Mostrador.

El Nobel de Medicina y el futuro de la salud mental

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Claudia Cruzat
Por : Claudia Cruzat decana Escuela de Psicología, Universidad Adolfo Ibáñez
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El Mostrador Fuente Preferida

¿Estamos preparados para transformar los avances científicos en mejores oportunidades de bienestar y calidad de vida para las personas? Esta pregunta cobra especial relevancia tras el anuncio del Premio Nobel de Medicina 2026, otorgado a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel por sus contribuciones al desarrollo de la optogenética, una técnica que permite estudiar y controlar la actividad de determinadas neuronas mediante la luz.

Que uno de los galardonados, Karl Deisseroth, sea psiquiatra y neurocientífico no es un detalle menor; profesor de bioingeniería y de psiquiatría y ciencias del comportamiento en el Instituto Médico Howard Hughes y la Universidad de Stanford. Su trabajo representa una forma de aproximarse a la salud mental que integra distintas disciplinas y abre nuevas posibilidades para comprender cómo funciona nuestro cerebro y cómo se relaciona con las emociones, los pensamientos y las conductas.

Este reconocimiento llega en un momento especialmente relevante. Chile, al igual que gran parte del mundo, enfrenta importantes desafíos en salud mental. La ansiedad, la depresión y otras condiciones afectan profundamente la vida de las personas, sus familias y comunidades. Frente a esta realidad, no basta con reconocer la magnitud del problema. Necesitamos avanzar hacia mejores estrategias de prevención, diagnóstico y tratamiento, que permitan aliviar el sufrimiento, favorecer la recuperación y evitar, cuando sea posible, la cronificación de los síntomas.

Los avances en neurociencias representan una oportunidad extraordinaria, pero también invitan a evitar falsas dicotomías. Incorporar nuevas tecnologías no significa desconocer la historia de la psicología y la psiquiatría, ni reemplazar el valor de la psicoterapia o de los tratamientos farmacológicos. Por el contrario, el desafío consiste en complementar estos conocimientos, integrar distintas aproximaciones y desarrollar intervenciones cada vez más precisas, oportunas y basadas en evidencia científica.

Aquí las universidades tenemos una responsabilidad fundamental. No podemos formar a los profesionales del futuro únicamente con las herramientas del pasado. Debemos preservar las contribuciones que han construido nuestras disciplinas y, al mismo tiempo, abrir espacios para la investigación interdisciplinaria, la innovación tecnológica y el diálogo permanente entre la psicología, la psiquiatría y las neurociencias.

Esto implica repensar la formación, fortalecer la investigación aplicada y promover una comprensión de la salud mental que integre las dimensiones biológicas, psicológicas y sociales de la experiencia humana. También supone formar profesionales con pensamiento crítico, capaces de distinguir entre avances prometedores y tratamientos cuya eficacia ya ha sido demostrada.

El verdadero valor de estos descubrimientos no estará solamente en comprender mejor el cerebro, sino en nuestra capacidad de traducir ese conocimiento en mejores oportunidades para las personas.

El Nobel de Medicina nos recuerda que las fronteras del conocimiento siguen expandiéndose. Nuestra tarea es procurar que esos avances no se queden únicamente en los laboratorios, sino que contribuyan, con rigor científico y sentido humano, a mejorar la calidad de vida y el bienestar de quienes más lo necesitan.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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