Opinión
¿Por qué esperar una ley para dejar de usar plástico?
Nos acostumbramos a pensar que el problema del plástico comienza cuando terminamos de usarlo. Buscamos el contenedor correcto, separamos residuos y celebramos cada nuevo punto de reciclaje. Todo eso importa. Pero hay una pregunta más incómoda: ¿por qué generamos tantos envases?
El 6 de octubre, el Senado despachó a ley un proyecto que posterga ciertas exigencias de la Ley de plásticos de un solo uso, incluidas disposiciones sobre botellas retornables. Hay dificultades reales para implementar la normativa. Pero mientras discutimos plazos y certificaciones, dejamos pendiente una pregunta de fondo: ¿qué podemos dejar de usar desde hoy?
La urgencia no es menor. Según proyecciones de la OCDE, de mantenerse las políticas actuales, la cantidad de plástico acumulado en ríos y océanos podría casi duplicarse hacia 2040, pasando de 152 a 300 millones de toneladas. Esto es una señal clara de que el problema seguirá creciendo mientras postergamos las soluciones.”
En Chile aprendimos a hablar de reciclaje como si fuera sinónimo de sustentabilidad, y en esa confusión perdimos el orden. Reducir, reutilizar y reciclar no son acciones intercambiables: reciclar es el último recurso, no el primero. Reducir va adelante por una razón simple: un envase que no se fabrica nunca se convierte en residuo, y un residuo que no existe no hay que recolectarlo, clasificarlo ni procesarlo.
Pensemos en algo tan cotidiano como tomar agua. Nos parece normal comprar un envase que utilizaremos durante unos minutos y que luego se convertirá en un residuo. Repetimos esta práctica en nuestras casas, lugares de trabajo y espacios de encuentro. Y de tanto hacerlo, dejamos de cuestionarla. Se transformó simplemente en nuestra manera de hacer las cosas, olvidando que el agua potable ya llega a través de la red y que hoy existen alternativas para aprovecharla directamente, sin necesidad de recurrir a envases plásticos desechables.
Cambiar un hábito cuesta. Es más cómodo seguir igual, especialmente cuando el costo ambiental no se ve de inmediato. Por eso necesitamos leyes que establezcan reglas comunes y hagan exigible lo que de otra forma queda en buenas intenciones. Pero una regulación no debería ser la señal de partida para quienes ya tienen alternativas a su alcance.
Lo mismo vale para las empresas. No basta con exhibir cifras de reciclaje si mantenemos prácticas que multiplican los desechos evitables. Quizás el indicador que deberíamos mirar no es solamente cuánto plástico recuperamos, sino cuánto dejamos de necesitar y cuánto impacto genera nuestra decisión.
Los desafíos de implementación de la normativa deben resolverse. Pero nuestra responsabilidad cotidiana no puede quedar suspendida junto con los plazos. Si queremos avanzar hacia una relación más responsable con el planeta, quizás sea momento de cambiar la pregunta. No basta con preguntarnos «¿dónde reciclo esta botella?», sino: «¿realmente era necesario utilizarla?».
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