CULTURA
Crédito: Cedida
Paulina Cors vuelve bajo la piedra en Antofagasta
A más de veinticinco años de su muerte, la poeta antofagastina regresa con “Bajo mi piedra, en el musgo”, antología de Pampa Negra que se presenta el 13 de noviembre en la UCN. Su hermana Pilar y sus hijas cuentan cómo un archivo guardado en casa reabrió una obra sencilla y honda.
Paulina Cors murió en 1999, pero casi veinticinco años después su nombre vuelve a circular. En buena medida, el mérito es de su hermana Pilar, quien transcribió al computador todos los libros de la poeta sin saber que ese trabajo sería decisivo el día en que llegara la invitación a recuperarlos. “Ahí sí yo me aplaudo a mí misma”, dice.
Ese archivo familiar, sumado al interés de Pampa Negra Ediciones, hizo posible Bajo mi piedra, en el musgo, libro que se presentará el 13 de noviembre, a las 18 horas, en el Salón Chela Lira de la Universidad Católica del Norte (UCN) de Antofagasta, la universidad donde Paulina hizo clases.
Para la familia, cuenta Pilar, es “un regalo maravilloso”: Paulina siempre quiso publicar, llegar, trascender.
No es solo una antología, sino una reconstrucción que recorre las distintas estaciones de la poeta, desde Iluminar la piedra, publicado por Ediciones Mimbre en 1968, hasta sus últimos libros. La edición incorpora un grabado de Guillermo Deisler, quien publicó e ilustró ese primer título, un dibujo de Andrés Sabella y material del archivo familiar. Lleva además un prólogo de Osvaldo Maya Cortés y un epílogo de Hernán Rivera Letelier: nombres de aquella Antofagasta donde poesía, gráfica y desierto podían encontrarse sin pedir permiso.
La piedra del título no es decorativa. En Cors las piedras son inmóviles y, sin embargo, viajan: permanecen mientras nosotros desaparecemos, guardan, testifican. Sabella la llamó certeramente “Paulina piedra”. Pero la poeta hace algo más interesante que celebrar la dureza: busca debajo. Allí está el musgo, la humedad imposible en medio de lo pétreo, la pequeña vida que prospera donde parecería no corresponderle. “Busco a solas mi piedra. Bajo su sombra, en el musgo, encontraré la sonrisa mía”, escribe. La búsqueda de la piedra es una búsqueda de sí misma, aunque no de una identidad estática: en estos poemas el viento mueve, el agua transforma, el tiempo arrastra y hasta la piedra puede terminar quebrándose.
Es una poesía engañosamente sencilla. Flores, agua, viento, estrellas, caminos, arena, manos: un vocabulario casi elemental cuyas combinaciones alteran la inocencia de los objetos. En “Camino sola”, la caminante descubre música en las flores y recoge palabras tristes para transformarlas en savia destinada a nuevas semillas. Lo sufrido no se elimina, se recicla; la tristeza puede terminar fertilizando. Pilar lo resume así: “Ella dice cosas muy complejas en un vehículo sumamente simple”. Y agrega: “La poesía de ella no entra solo por la cabeza, entra como al tiro por el corazón”.
El tiempo
El tiempo es el gran personaje invisible del libro: voraz, juguetón, cruel, circular y a veces derrotado. En “Aquellos ojos míos” puede llevarse los ojos, pero no el cristal conservado detrás de ellos. La memoria no aparece como museo de cosas muertas, sino como una facultad creadora: lo que ya no existe puede tener una segunda vida en el poema. El amor, a su vez, es transmisión y herencia. En “Palabras de amor”, las palabras aprendidas de alguien terminan dichas a otro; recibimos gestos, tonos, maneras de querer, y sin advertirlo los entregamos de nuevo.
Afuera hay además una geografía que habla. Tamarugos, serranía, mar, altiplano: el Norte no es postal turística, entra en la constitución de quien dice yo. En “El mismo viento gris”, el viento acuna al tamarugo, junta piedras y termina hablándoles del mar; la piedra desértica recibe noticias del agua. Y hay una dimensión ancestral vigorosa: abuelos incas, collas, guaraníes y aimaras, una identidad que no cabe en una frontera administrativa. La poeta se reconoce “hija en el exilio”, hoja que verdea en tierra extraña. Cuando la voz enfrenta el documento que enumera raza, color, país y números, se pregunta si el agua pertenece a la fórmula que la nombra o a la tierra que riega. El Estado clasifica; la poesía desclasifica.
También están Dios y la muerte. Dios no aparece cómodamente sentado en un altar, sino increpado con la intimidad de quien conversa con él: en “Dónde”, frente al sufrimiento de una “pequeña patria”, hasta Dios parece dormir detrás de las nubes. Luego aparece un Cristo de agua al que no se pide resignación, sino abrigo. Morir, en estos poemas, es partida, viaje, umbral. En “Él se va”, la valija está preparada, el armario vacío y la noche se vuelve una casa que se vacía lentamente. Más adelante el dolor se condensa en un verso brutal: “¡Qué sola quedó la vida, oh, Dios, qué sola!”. No quedó sola una persona: quedó sola la vida. Y entre tanta pérdida aparece “Raimunda”, esa parte juvenil que creyó que el universo fabricaba amaneceres para ella y que se queda atrás cuando llega la adultez ordenada, pero a la que la poesía deja cabalgando libre, con su revolución de rosas y amapolas.
Marcas
Pilar distingue tres marcas en la obra. La primera es personal: el matrimonio, las hijas y, sobre todo, la enfermedad y muerte de su padre, que dejó a Paulina con la sensación de quedar “trunca”, “huérfana”. La segunda es social: el golpe militar, que dividió a Chile y a las familias; su padre era médico, y esa división se vivió “desde lo humano y lo que no era tan humano”. La tercera es el cáncer, que la hizo replegarse, buscar respuestas y acercarse a la filosofía oriental, a la idea de que “somos más alma que cuerpo”.
Paulina escribía como quien respira, con disciplina diaria: del lápiz y el cuaderno a la máquina de escribir y, al final, al computador. Formó parte del círculo literario antofagastino de los ochenta y noventa, junto a Sabella, Maya, Rivera y Sergio Gaitán, una escena que Pilar recuerda pequeña, pero activa. Sabella descubrió su talento cuando entró a la Universidad del Norte a estudiar literatura y filosofía. Allí le publicaron varios libros y ganó concursos; el primero se llamó Semillita, y el último, El adentro, apareció cerca de su muerte.
Un hito
Sus hijas, Valeska e Ilona Boulliet, aseguran que “no existe un solo poema en su obra literaria que no guarde una estrecha relación con su historia de vida y con su intimidad como persona”. Para ellas, la publicación es “un hecho, un hito, una ocasión para reconocer y honrar su Vida”, y sobre todo el reconocimiento a una mujer capaz de hacer de su historia y de su naturaleza “algo más inmenso”. Pilar, que recuerda a la hermana que fue “ídolo” y a la mujer que amaba el mar y la playa, no duda de su presencia: “Ella era muy protagonista. No creo que se haya perdido”. Lo dice desde una casa donde “siempre pasaban cosas insólitas” y donde se aprendió que “hay un más allá que no está tan allá”.
Hoy, cuando la escritura femenina se valora de otro modo, el nombre de Paulina, que no sonaba tanto en el espacio público, adquiere una relevancia nueva. El libro no busca competir con ningún canon: busca restituir una voz singular, sencilla y bella, capaz de decir lo que muchos seres humanos comparten, y devolverle el lugar que ella quiso tener, el de una poeta que llega al corazón.
Tal vez por eso la antología se lee como una discusión permanente contra la extinción. Persisten los muertos en quienes recuerdan, los amantes en las palabras aprendidas, los ancestros en la sangre, la juventud en Raimunda, el agua bajo la sequedad. Paulina quería que sus versos llegaran donde ella no podría; la ironía de todo libro póstumo es que lo consigue. Al levantar esa piedra que atravesó desiertos, pérdidas, amores y tiempo, descubrimos que debajo no hay una tumba. Hay musgo. Y el musgo, obstinadamente, sigue vivo.
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