Opinión
La patria cuesta abajo en la quebrada
Las élites de ambos lados ofrecen explicaciones muy acreditadas en sus respectivos salones. La derecha gestionalista y economicista reduce la nación a indicadores; la izquierda academicista examina la pureza moral frente al poluto mercado.
Chile se permite un lujo extraño: desperdiciarse. El desempleo llega al 9,8%; entre las mujeres, al 10,5%. La persistencia del problema bajo gobiernos de distinto signo apunta a una falla estructural. Dos décadas de productividad mediocre dejan una economía incapaz de abrir ocupaciones y horizontes. Faltan inversiones, innovación y vínculos entre las actividades productivas y la tierra. La riqueza puede circular entre pocos mientras se debilita la capacidad de crear trabajo e incorporar a otros a una tarea común. Cambian los administradores; permanece la espera. Quienes viven de su trabajo descubren que el país puede prescindir de ellos. Masivamene. Quienes viven de posiciones adquiridas suelen encontrar el panorama menos inquietante.
Esa fragilidad se torna peligrosa en un mundo alterado por cambios climáticos, guerras e inestabilidad económica. Europa pierde gravitación frente a Estados Unidos y China, mientras nosotros conservamos la costumbre de recibir las crisis como si fueran visitas inesperadas. La intemperie internacional exige una nación capaz de producir por sí misma lo indispensable, de tomar decisiones estratégicas y sostenerse en lo básico. Nuestra dirigencia todavía espera que el mundo vuelva a dejarla administrar en paz.
En el vecindario, Argentina y Perú renuevan sus arsenales. Aquí, las Fuerzas Armadas deben sostener capacidades exigentes con recursos estrechos y reposiciones aplazadas. La paz requiere previsión material, además de buenos sentimientos. Es curioso defender la soberanía con voz de desfile y después discutir su financiamiento como un gasto doméstico prescindible.
La debilidad es también geográfica. El centralismo irritante separa el poder de los lugares donde sus decisiones se padecen. Las autoridades que conocen los problemas regionales carecen de atribuciones suficientes; quienes pueden resolverlos los contemplan desde Santiago. Las regiones exportan materias primas y jóvenes preparados, e importan instrucciones. Luego se les reprocha su falta de iniciativa.
El sur austral corre el riesgo de convertirse en un parque contemplado desde lejos, donde la presencia de chilenos parece una impertinencia. Colonizar está prohibido. Conservar exige también hacer posible una vida responsable: caminos, poblados, trabajo, servicios. En el norte avanza la aridez y falta ambición para habitarlo: agua, ciencia y energía podrían ampliar las zonas verdes y agrícolas. Pero, en cambio, el norte debe producir divisas mineras; el sur, fotografías. Hemos perfeccionado el arte de admirar un país mientras lo dejamos sin habitantes.
De ese divorcio nacen también la desconfianza y el resentimiento. Congreso, tribunales y gobierno consumen una legitimidad que les cuesta reponer. El Ejecutivo parece hábil para malograr sus tareas. ¿Qué fue de la prometida agenda de seguridad? La sucesión de anuncios, tropiezos y rectificaciones revela un liderazgo escaso o frívolo. Entretanto, cada familia debe improvisar la protección que esperaba de sus autoridades.
Las élites de ambos lados ofrecen explicaciones muy acreditadas en sus respectivos salones. La derecha gestionalista y economicista reduce la nación a indicadores; la izquierda academicista examina la pureza moral frente al poluto mercado. Una contabiliza al pueblo; la otra lo amonesta. Ambas prefieren un Chile corregido según sus manuales. Se discute mucho sobre las virtudes de cada doctrina y bastante menos sobre su esterilidad. El privilegio más refinado consiste en conservar la autoridad después de haber perdido la capacidad de comprender.
La crisis del Centenario conoció también una oligarquía satisfecha, discursos exhaustos y multitudes que no encontraban lugar en la república. Las décadas siguientes dejaron las matanzas de San Gregorio y La Coruña, Marusia. Más tarde, la del Seguro Obrero. Son historias distintas, atravesadas por una advertencia: la incapacidad de integrar y conducir puede terminar haciendo de los propios chilenos el enemigo. ¿Queremos eso para Chile?
Hace falta un esfuerzo especial de patriotismo inteligente. Las banderitas prendidas como chapitas son fáciles; hacerse cargo del país exige mucho más. Imaginación, generosidad, voluntad de entrega. Significa reunir productividad y empleo, capacidad de fabricar armas e industrializarnos, de ocupar y conectar efectivamente el territorio, conservación y vida humana; entregar poder a las regiones y ofrecer a las nuevas generaciones una tarea en la cual reconocerse. Pensar a Chile con su pueblo, su tierra y su historia: apreciarlo lo suficiente para abrirle caminos de sentido. La patria merece algo más que la ostentación de quererla.
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