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Una hora basta para dejar de ser desempleado Opinión Archivo

Una hora basta para dejar de ser desempleado

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Guido Romo Costamaillère
Por : Guido Romo Costamaillère Director de Encuestas y Opinión Pública de Gemines Consultores y director de Scanner Social
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Cualquier reforma que dependa de que los mayores sigan trabajando se medirá, por lo tanto, por cuántos empleos de calidad existan para ellos y no solo por lo que diga la tasa de desocupación.


Una sola hora de trabajo pagado, en una sola semana, basta para que la estadística oficial deje de considerar desempleada a una persona. Quien el lunes cortó el pasto de un vecino a cambio de dinero y durante el resto de la semana siguió enviando currículos figura, para el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), entre los ocupados. La cifra más reciente, un 9,8% de desocupación en el trimestre julio‑septiembre de 2026, se construye con reglas de ese tipo. Conocerlas permite entender qué mide ese número y qué deja fuera.

El número sale de la Encuesta Nacional de Empleo (ENE), que el INE aplica cada mes en viviendas de todo el territorio. Un adulto del hogar puede responder por los demás integrantes y las preguntas se refieren a la semana anterior a la entrevista, de lunes a domingo. Los resultados se entregan en trimestres móviles, que suman un mes nuevo y descartan el más antiguo, por lo que julio‑septiembre sucede a junio‑agosto. Así se evitan los saltos que produciría mirar un solo mes, aunque un cambio brusco tarda más en notarse.

Antes de contar a nadie hay que decidir quién entra en la cuenta. El INE considera a todas las personas de 15 años o más, sin límite superior de edad. Forman parte de la fuerza de trabajo quienes tienen un empleo o lo están buscando, y quedan fuera quienes no trabajan ni buscan, porque estudian o cuidan a un familiar, por ejemplo.

Dentro de la fuerza de trabajo hay que separar a los ocupados de los desocupados. Es “ocupada” la persona que dedicó al menos una hora de la semana de referencia a producir bienes o servicios para el mercado, a cambio de un pago o de un beneficio. También cuenta como “ocupado” quien no trabajó esa semana por vacaciones, licencia o capacitación, pero conserva el vínculo con su empleo. La definición no distingue entre trabajos buenos y malos, así que un empleo informal pesa lo mismo que uno con contrato y cotizaciones. En el último trimestre, el 26,4% de los ocupados estaba en la informalidad.

A quien no trabajó se le pregunta entonces por su búsqueda. Es desocupada la persona que no trabajó ni una hora en la semana de referencia, buscó empleo durante las últimas cuatro semanas y puede empezar a trabajar dentro de las dos semanas siguientes. La búsqueda tiene que ser concreta, como enviar currículos o iniciar los trámites de un emprendimiento. El plazo de cuatro semanas se usa desde que la encuesta se renovó en 2010.

Cumplidos esos requisitos, la persona queda contada como desocupada. En julio‑septiembre fueron 1.007.976, una cifra que el país no registraba desde la pandemia. Eso significa un 15,3% más que un año antes, y alrededor de nueve de cada diez eran cesantes, es decir, personas que tuvieron antes un empleo. El resto buscaba trabajo por primera vez.

La tasa se obtiene dividiendo esos desocupados por la fuerza de trabajo, no por la población total, y de ahí sale el 9,8%. Ese cálculo permite que la tasa suba sin que nadie pierda su empleo, si más personas empiezan a buscar, y que baje sin que nadie lo encuentre, si otras desisten. Esta vez la subida tiene dos causas, la caída de los ocupados, que bajaron 1,1% en doce meses, y el crecimiento de la fuerza de trabajo, que aumentó 0,3%.

Quien quiere trabajar y podría empezar mañana, pero dejó de buscar hace dos meses porque no hay avisos que le interesen, queda fuera de la fuerza de trabajo y, por lo tanto, de la tasa. El INE clasifica a esas personas como fuerza de trabajo potencial y las incluye en indicadores complementarios. Uno de ellos, que las suma a los desocupados, llegó en junio‑agosto a 17,7%, más de ocho puntos sobre la tasa tradicional de ese trimestre.

Desde el trimestre mayo‑julio el INE mide también cuánto tiempo llevan buscando trabajo los desocupados. Entre julio y septiembre, unas 190 mil personas llevaban doce meses o más buscando, un 18,8% del total, mientras que en 2014 esa proporción rondaba el 10%, según los antecedentes del instituto. Son personas que siguen contando como desocupadas aunque lleven un año sin encontrar empleo, y su situación es muy distinta de la de quien lleva tres semanas buscando.

Con más de un millón de desocupados, el empleo será el terreno en que se mida a cualquier gobierno, y la lectura de la cifra será parte de la disputa. Una baja de la tasa puede deberse a personas que dejaron de buscar, y un alza, a personas que volvieron a hacerlo. Gobierno y oposición podrán así defender cada uno una versión que no basta para explicar lo que ocurre. La vara más exigente es el número de ocupados, que hoy está por debajo del de hace un año y que, según el INE, necesitaría 463 mil personas más para recuperar la tasa de ocupación de 2019. Además, los asalariados formales disminuyeron 2,5% en doce meses, es decir, se pierden sobre todo empleos con contrato.

La informalidad, además, aumenta después de la edad de jubilación. Según un estudio de la Universidad Católica con datos de 2024, pasa de 34% entre los 60 y 64 años a 53% entre los 65 y 69 y a 63% desde los 70. Esos empleos se concentran en el trabajo por cuenta propia y el servicio doméstico, y los informales de 60 años o más ganan una mediana de 301 mil pesos, frente a 660 mil de los formales.

En el debate sobre subir la edad legal de jubilación, hoy de 65 años para los hombres y 60 para las mujeres, ese es el mercado al que llegarían quienes posterguen su retiro. Sin una oferta de empleo formal para esas edades, la medida tendería a empujarlos hacia la informalidad y el subempleo. Cualquier reforma que dependa de que los mayores sigan trabajando se medirá, por lo tanto, por cuántos empleos de calidad existan para ellos y no solo por lo que diga la tasa de desocupación.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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