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Dislexia: ¿Por qué leer bien importa más que leer rápido? Opinión Crédito: El Mostrador.

Dislexia: ¿Por qué leer bien importa más que leer rápido?

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Pamela Araya y Valeria Molina
Por : Pamela Araya y Valeria Molina Académicas de Psicopedagogía de la UNAB.
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¿Qué ocurre cuando un niño termina de leer un párrafo, pero no puede explicar lo que acaba de leer? ¿O cuando se esfuerza por avanzar entre las palabras, se detiene constantemente y comienza a sentir vergüenza de hacerlo frente a sus compañeros?

Estas situaciones nos recuerdan que aprender a leer es mucho más que reconocer letras o alcanzar una determinada velocidad: es un proceso que necesita tiempo, enseñanza y acompañamiento.

Esta fue una de las principales reflexiones que nos dejó nuestra participación en un seminario sobre fluidez lectora, junto a las expertas internacionales Nancy Mather y Jan Hasbrouck. Como docentes de Psicopedagogía, junto a Valeria Molina, tuvimos la
oportunidad de profundizar en los procesos que intervienen en el aprendizaje de la lectura y en la importancia de comprender que no todos los niños y niñas avanzan al mismo ritmo ni necesitan los mismos apoyos.

Una de las ideas más significativas que surgió de este encuentro puede resumirse en una frase: leer debería sonar tan natural como hablar. Sin embargo, para alcanzar esa naturalidad existe un camino que comienza mucho antes de leer rápido o interpretar un texto con soltura. Comienza por aprender a leer cada palabra correctamente.

Primero, leer bien; después, leer con fluidez

En ocasiones, tendemos a asociar una buena lectura con la rapidez. Un niño que lee muchas palabras en un minuto puede parecer un lector competente, mientras que otro que se detiene o avanza lentamente puede generar preocupación. Sin embargo, la velocidad, por sí sola, no permite comprender cómo está desarrollando sus habilidades lectoras.

La lectura en voz alta nos entrega información valiosa. Los errores, las pausas, las palabras que se omiten o se reemplazan y la manera en que se entonan las frases pueden ayudarnos a identificar qué está ocurriendo y qué tipo de apoyo necesita cada estudiante.

Por eso, el primer paso es la precisión: reconocer y leer las palabras tal como están escritas, sin cambiarlas ni intentar adivinarlas por el contexto. Para lograrlo, es fundamental aprender de manera explícita y sistemática las relaciones entre las letras y los sonidos que componen las palabras.

Cuando este reconocimiento se vuelve cada vez más automático, el niño puede dedicar menos esfuerzo a descifrar lo escrito y disponer de más recursos para comprender su significado. En cambio, cuando necesita concentrarse intensamente en cada palabra, la lectura puede convertirse en una tarea agotadora que dificulta la comprensión y reduce el disfrute.

Esto no significa que debamos separar por completo la precisión de la comprensión, sino entender que las habilidades lectoras se desarrollan de manera relacionada y que ciertas bases necesitan fortalecerse para avanzar con mayor seguridad.

La dislexia: comprender las dificultades para acompañar mejor

Esta secuencia es especialmente relevante para los niños y niñas con dislexia, una dificultad específica del aprendizaje que afecta principalmente el reconocimiento de palabras, la precisión y la fluidez lectora, además de la ortografía. No se relaciona con la inteligencia ni con la falta de esfuerzo. Un estudiante puede tener muchas capacidades y, aun así, necesitar un apoyo especializado para aprender a leer.

Los consensos internacionales sobre dislexia destacan la importancia de reconocer las dificultades persistentes, comprender sus distintas manifestaciones y ofrecer apoyos adecuados. También advierten que sus efectos no se limitan al desempeño académico: las experiencias reiteradas de frustración pueden afectar la confianza, la motivación y la disposición a participar en actividades de lectura.

Por eso, detectar las señales tempranamente importa. Cuando un niño o una niña presenta dificultades sostenidas para relacionar letras y sonidos, leer palabras con precisión o avanzar en la lectura pese a recibir enseñanza, es importante observar, evaluar y actuar oportunamente. Esperar a que las dificultades desaparezcan por sí solas puede ampliar la brecha y hacer que el aprendizaje resulte cada vez más desafiante.

La respuesta no consiste en exigir que lea más rápido ni en comparar su desempeño con el de sus compañeros. Consiste en identificar qué necesita aprender, enseñárselo de manera explícita y ofrecer oportunidades de práctica acordes con su nivel.

De la precisión a la fluidez y la comprensión

Una vez que el reconocimiento de las palabras se vuelve más preciso, la práctica permite avanzar hacia una lectura más fluida. Esto supone leer con mayor continuidad, un ritmo adecuado y una expresión que respete el sentido del texto: agrupar palabras que forman una misma idea, hacer pausas ante la puntuación y reconocer cuándo una pregunta o una exclamación requiere una entonación particular.

La fluidez no es simplemente velocidad. Es la capacidad de leer con precisión, a un ritmo apropiado y con expresión, de modo que la atención pueda dirigirse progresivamente hacia el significado.

Para favorecer este proceso, es útil que los niños practiquen con textos que puedan leer con un nivel alto de precisión, sin enfrentarse a una dificultad excesiva en cada línea. Releer un cuento o un fragmento varias veces, lejos de ser una actividad inútil, puede ayudarlos a ganar seguridad, reconocer palabras con mayor facilidad y mejorar su expresión.

A medida que la lectura se vuelve menos demandante, aumenta la posibilidad de concentrarse en comprender, relacionar ideas, formular preguntas e imaginar lo que el texto propone. El objetivo final no es que los niños pronuncien palabras de manera mecánica, sino que puedan acceder al conocimiento, disfrutar de las historias y participar plenamente de la cultura escrita.

El papel de las familias y la escuela

El aprendizaje de la lectura no ocurre exclusivamente en la sala de clases. Las familias también pueden contribuir con prácticas cotidianas, sin convertir cada momento de lectura en una prueba.

Elegir textos adecuados al nivel del niño, releer juntos sus cuentos favoritos, leer en voz alta para mostrar cómo se utiliza la entonación y conversar sobre lo leído son acciones sencillas que pueden marcar una diferencia. Si aparece un error, podemos ayudarlo con tranquilidad a observar la palabra y relacionar sus letras con los sonidos, en lugar de pedirle que adivine o apurarlo para que continúe.

También es importante incorporar la lectura y la escritura en situaciones habituales: elaborar una lista de compras, leer un letrero, escribir un recado o buscar información sobre un tema que le interese. Estas experiencias permiten que los niños descubran que leer tiene un propósito y forma parte de la vida cotidiana.

Sobre todo, necesitamos cuidar su autoestima. Corregir con paciencia, reconocer los avances y evitar comparaciones ayuda a que la lectura no se transforme en una fuente de temor o vergüenza. Si las dificultades persisten, conversar con el establecimiento educativo y consultar con profesionales especializados, como psicopedagogos, permite buscar orientación y definir los apoyos necesarios.

Como nos recuerda el trabajo de especialistas como Nancy Mather y Jan Hasbrouck, acompañar a un lector implica reconocer la etapa en la que se encuentra y responder a sus necesidades a medida que avanza hacia textos más complejos.

La lectura abre puertas al aprendizaje, la autonomía y la participación social. Por eso, enseñar a leer requiere algo más que medir resultados o esperar que todos avancen al mismo ritmo: exige comprender cómo se construye esta habilidad y ofrecer oportunidades reales para desarrollarla.

Si queremos que leer suene tan natural como hablar, debemos comenzar por respetar el proceso que hace posible esa naturalidad. Primero, ayudar a cada niño y niña a leer las palabras con precisión; después, acompañarlo para que gane fluidez y pueda concentrarse en comprender. Porque una lectura exitosa no se mide únicamente por cuánto se avanza en un minuto, sino también por todo lo que una persona logra descubrir cuando las palabras empiezan a cobrar sentido.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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