Opinión
Territorio Chileno Antártico: 86 años y mucho por descubrir
El Día de la Antártica Chilena debe servirnos para recordar la prolongada vinculación histórica de Chile con la Antártica.
¿Qué tienen en común un decreto de hace 86 años, una expedición que llevó a científicos y escritores al extremo austral del planeta, una estación que lleva el nombre de un jurista y los satélites que hoy observan los cambios del hielo? Son capítulos de una historia que comenzó mucho antes de que existieran estos últimos: la de Chile y su relación con la Antártica. Este 6 de noviembre, Día de la Antártica Chilena, es una buena ocasión para recorrer esa historia y conocer algunas de sus particularidades.
Dando continuidad a los títulos históricos de Chile y a los actos de los gobiernos nacionales del siglo XIX e inicios del siglo XX, en1940, el presidente Pedro Aguirre Cerda promulgó el Decreto Núm. 1747 del Ministerio de Relaciones Exteriores, que fijó los límites del Territorio Chileno Antártico. Este delimitó el espacio comprendido entre los meridianos 53° y 90° de longitud oeste, teniendo como vértice el Polo Sur y sin límite norte, por su continuidad con el Chile americano. Estos dos meridianos, líneas imaginarias que convergen hacia los polos, permitieron configurar un espacio nacional sustentado en antecedentes históricos, geográficos y jurídicos. Desde 1965, cada 6 de noviembre se conmemora oficialmente el Día de la Antártica Chilena.
Pero, como se ha dicho, la vinculación de Chile con la Antártica es muy anterior al decreto. Ya en 1906 se había creado una comisión para preparar expediciones de reconocimiento e investigación científica. Diez años después, el piloto Luis Pardo, al mando de la escampavía Yelcho, rescató a los 22 tripulantes del Endurance desde la Isla Elefante. La hazaña, realizada en pleno invierno austral, demostró cuánto importaban la experiencia de navegación y el conocimiento de aquellas aguas.
En 1947, la primera expedición oficial chilena llegó a bordo de la fragata Iquique y el transporte Angamos. Entre sus participantes figuraba el escritor Francisco Coloane. Se inauguró entonces la estación Soberanía, actual Base Capitán Arturo Prat. Ese mismo año, el teniente Arturo Parodi realizó el primer vuelo antártico nacional, abarcando treinta minutos de reconocimiento y fotografías aéreas que ayudarían a estudiar nuevos emplazamientos. En 1948, se inauguró la Base General Bernardo O’Higgins. La navegación, la cartografía y las observaciones científicas comenzaban a adquirir una continuidad que ampliaría considerablemente nuestro conocimiento del territorio polar.
¿Y qué hace tan singular al continente que aquellos exploradores comenzaron a estudiar? La Antártica es el continente más frío, seco y ventoso del planeta, además de ser el de mayor altitud media. Su cubierta de hielo alcanza casi cinco kilómetros de espesor y concentra una parte extraordinaria del agua dulce terrestre. De hecho, si todo ese hielo desapareciera, el nivel medio del mar podría elevarse en más de 50 metros. Pero existe otra paradoja, ya que pese a su inmensidad, menos del 0,5% de su superficie está libre de hielo. Estas son las características generales del continente del cual forma parte el Territorio Chileno Antártico, y que revelan una geografía mucho más diversa de lo que imaginamos.
Los paisajes antárticos son muy distintos de la imagen blanca y uniforme que solemos imaginar. En la Península Fildes, Isla Rey Jorge, encontramos costas rocosas, lagunas, suelos y ambientes terrestres próximos a instalaciones científicas. Allí funciona la Base Profesor Julio Escudero, inaugurada en 1995, y cuyo nombre recuerda al jurista responsable de la redacción del decreto de 1940 y uno de los negociadores del Tratado Antártico de 1959. Un vínculo poco conocido entre dos momentos fundamentales de nuestra historia antártica.
Fildes también enseña que lugares separados por pocos kilómetros pueden presentar condiciones muy diferentes. El relieve, la exposición al viento y la proximidad al océano influyen en sus características ambientales. Conocer la ubicación de una estación científica no basta para comprender su entorno. Por eso, las imágenes satelitales, los modelos de elevación y los registros climáticos permiten estudiar relaciones que un mapa convencional difícilmente podría mostrar.
El conocimiento antártico también tiene una dimensión jurídica y estratégica. El Tratado Antártico, firmado en 1959 por doce países, incluido Chile, y vigente desde 1961, estableció los principios de uso exclusivamente pacífico, libertad de investigación y cooperación científica, preservando las posiciones de los Estados respecto de sus derechos territoriales. Su artículo III contempla y promueve el intercambio y la libre disponibilidad de observaciones y resultados científicos. En un escenario internacional en el que la Antártica adquiere una creciente relevancia, este marco ofrece un ejemplo singular de cooperación entre países con diferentes intereses y perspectivas. Compartir lo aprendido es, por tanto, una parte fundamental del sistema antártico.
Hoy podemos observar desde el espacio cómo el cambio climático afecta a los glaciares y estudiar procesos ambientales que conectan lugares distantes. Al mismo tiempo, el creciente desarrollo de actividades científicas, turísticas y logísticas plantea nuevos desafíos para la gestión de un territorio especialmente sensible. Solo en la temporada 2025–2026, alrededor de 113.500 turistas visitaron la Antártica. En este contexto, a través del Plan Estratégico Antártico 2026–2030, Chile prioriza la investigación, la protección ambiental, la cooperación internacional y el desarrollo de sus capacidades operativas y logísticas. Conocer mejor ese singular territorio adquiere así un valor estratégico, pues permite fundamentar la toma de decisiones, comprender los efectos de las diversas actividades y contribuir a un quehacer ambientalmente responsable.
El Día de la Antártica Chilena debe servirnos para recordar la prolongada vinculación histórica de Chile con la Antártica. Una trayectoria que hoy continúa mediante la presencia soberana, la ciencia, la cooperación internacional y el desarrollo de capacidades que nos permiten conocer, estudiar y proteger este territorio esencial para la vida en el planeta.
En 1940, dos meridianos ayudaron a fijar una delimitación territorial. Ochenta y seis años después, sabemos que entre aquellas líneas existe mucho más que hielo y coordenadas: hay paisajes, ecosistemas e historias que seguimos descubriendo. Y quizás esa sea una de las mejores maneras de conmemorar este 6 de noviembre: recordar que podemos trazar los límites de un territorio en un mapa, pero nunca los límites de todo lo que queda por conocer.
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