Convivencia escolar: “Los conflictos no van a desaparecer, pero sí podemos enseñar a resolverlos”
El psicólogo Pascal Loyola explica por qué la educación socioemocional debe enseñarse de forma planificada en los colegios y cómo impacta en la convivencia y el aprendizaje.
Las agresiones entre estudiantes, los conflictos dentro de las salas de clases y el aumento de episodios de violencia escolar han instalado la convivencia como uno de los principales desafíos del sistema educativo chileno. Sin embargo, especialistas advierten que la discusión no debe centrarse únicamente en cómo reaccionar cuando ocurre un hecho de violencia, sino también en qué herramientas pueden desarrollarse antes para evitar que los conflictos escalen. Esa es la mirada que propone Pascal Loyola, psicólogo y coordinador del Área de Educación Socioemocional de la Fundación San Carlos de Maipo.
El conflicto no es el problema
En medio de la discusión sobre la Ley de Escuelas Protegidas, Pascal Loyola, en entrevista con El Mostrador, plantea que existe una diferencia importante entre conflicto y violencia.
“El conflicto es natural en las relaciones interpersonales. Si termina bien o mal, depende de la forma como lo vamos a abordar. Y ahí es donde podemos hacer un gran trabajo con los estudiantes”, explica.
Desde esa perspectiva, la violencia aparece cuando niños y niñas no cuentan con estrategias para enfrentar emociones intensas o resolver diferencias de manera constructiva. Por eso, sostiene, el objetivo no es eliminar los conflictos, sino ampliar las herramientas con las que los estudiantes responden frente a ellos.
“Tenemos que entender también que el conflicto no es que si yo te voy a ganar o no, sino que cómo la estrategia que vamos a utilizar nos va a dejar satisfechos”, afirma.
Aprender a reconocer las emociones también se enseña
Para Loyola, uno de los primeros aprendizajes debe ser la alfabetización emocional: ayudar a los niños a identificar qué sienten y reconocer cuándo una emoción comienza a desbordarse.
“No solo cuando hablamos de reconocimiento hablamos de verbalizarlas, sino que también ir reconociendo aquellos marcadores emocionales o aquellos marcadores fisiológicos, si podemos decirlo de alguna forma, que me permiten ir diciendo ‘ok, estoy enojado, pero ¿con qué intensidad?’. ‘Ok, la intensidad está subiendo tanto que en algún momento puedo llegar a desbordarme’. Ese es el primer gran paso. Un segundo paso, cuando ya identificamos la emoción, identificamos que tal vez puede llegar a ser un momento de intensidad tan alta que no se va a poder regular, es ayudarles a pensar en estrategias que te permitan manejar esa emoción”, explica.
A partir de ese reconocimiento, es posible incorporar estrategias simples de regulación emocional, como técnicas de respiración, pausas o acciones que permitan disminuir la intensidad antes de reaccionar impulsivamente.
Luego viene otro paso igual de importante: aprender a expresar lo que se siente de forma asertiva y escuchar la perspectiva de la otra persona para buscar soluciones donde ambas partes se sientan consideradas.
Los cimientos se construyen en la primera infancia
El especialista compara el aprendizaje socioemocional con la construcción de un edificio en un país sísmico.
“Somos reconocidos a nivel mundial porque nuestros edificios tienden a resistir los movimientos sísmicos. Pero los tienden a resistir no porque es azaroso, sino porque tienen unos cimientos y tienen mecanismos que les permiten sobrellevarlos. La primera infancia es eso, son los cimientos”, señala.
Según explica, las habilidades socioemocionales no aparecen de manera espontánea ni dependen únicamente del temperamento. Son aprendizajes que pueden desarrollarse progresivamente desde los primeros años y acompañan a las personas durante toda la vida.
“Lo que somos como adultos y las formas que nos relacionamos como adultos, probablemente muchas de ellas fueron formas que o nos enseñaron nuestros padres desde la crianza como primera fuente, o aprendimos en el colegio, o en algún momento aprendimos que se relacionaba de determinada manera”, agrega.
Profesores y familias: dos modelos que deben ir en la misma dirección
Aunque la educación socioemocional suele asociarse a los estudiantes, Loyola sostiene que el rol de docentes y familias es igual de importante. “Es clave el papel que juegan en torno a que cuando pensamos el aprendizaje socioemocional nos centramos en los estudiantes, pero se nos olvida que frente a los estudiantes hay un espejo, y que son los profes (…) El cómo un profesor maneja su frustración, el cómo va abordando las situaciones conflictivas, el cómo se va relacionando con sus padres y con los estudiantes, es el modelo que finalmente los niños y niñas van aprendiendo”, explica.
Por eso insiste en que los establecimientos deben entregar herramientas también a los equipos educativos y fortalecer el vínculo con las familias para evitar mensajes contradictorios.
“Hay que también apoyar a los padres, madres y cuidadores en torno a la formación del aprendizaje socioemocional, en torno al cuidado individual, y por ejemplo habilidades parentales son importantes, cómo los vamos a guiar desde la casa y que sean además coherentes entre sí. Tienes el mundo de los apoderados y cuando llega al establecimiento tienes un niño o una niña que viene con una figura significativa que te dice, ok, los problemas se abordan de determinada manera y llega al establecimiento y tienes otra figura significativa que son los profes”, advierte.
La convivencia se enseña de manera sistemática
Uno de los principales desafíos, según Loyola, es dejar de entender la educación socioemocional como una actividad ocasional.
“Nosotros decimos que es como aprender a andar en bicicleta finalmente, es como aprender matemática y lenguaje. Tiene una progresión, tiene una secuencia, tiene que ser planificado”, afirma.
A través del modelo Sintiendo Aprendo, la fundación acompaña a comunidades educativas para integrar estas habilidades al trabajo cotidiano de las escuelas, desde la educación parvularia hasta la enseñanza básica.
El objetivo es que niños y niñas aprendan progresivamente a reconocer emociones, considerar la perspectiva de otros y resolver conflictos de forma autónoma y colaborativa.
Un impacto que también llega al aprendizaje
Más allá de la convivencia, Loyola asegura que existe evidencia de que el desarrollo socioemocional también mejora el rendimiento académico y el bienestar de las comunidades educativas.
“Nosotros decimos que no corren una pista distinta a lo académico (…) Son un acompañamiento perfecto los contenidos y el aprendizaje socioemocional es la base de esto”, sostiene.
Cuando estas competencias se trabajan de forma sostenida, explica, los docentes intervienen menos en conflictos cotidianos porque los propios estudiantes comienzan a gestionar mejor sus diferencias.
“Los conflictos no van a desaparecer, pero sí los estudiantes van a poder autogestionarlos. Pero hay que entregarles las habilidades”, concluye.