Plaguicidas, territorio y salud: los desafíos de investigar la exposición en zonas rurales
La exposición a plaguicidas puede extenderse más allá del trabajo agrícola y alcanzar a familias y comunidades rurales. La investigadora Liliana Zúñiga aborda la relación entre ambiente, territorio y salud, y los desafíos para prevenir riesgos.
La exposición a plaguicidas no se limita a las intoxicaciones agudas ni a quienes manipulan estos productos en el campo. También comprende exposiciones crónicas, posibles efectos a largo plazo y condiciones ambientales y sociales que influyen en los riesgos para la salud. Desde el Maule y en conversación con El Mostrador, la bióloga y doctora en Genética Liliana Zúñiga investiga estos vínculos y plantea la necesidad de comprender la salud desde una perspectiva que integre el cuerpo, el territorio y los ecosistemas.
Exposición a plaguicidas
En una región como el Maule, marcada por la actividad agrícola, la exposición a plaguicidas constituye un desafío para la investigación en salud pública. Liliana Zúñiga, académica de la Universidad Católica del Maule (UCM) y directora del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del Maule (CIAM), explica que el problema no se reduce a los episodios visibles de intoxicación.
“No se trata sólo de eventos agudos, de intoxicaciones visibles, sino también de exposiciones crónicas que se repiten a lo largo de la vida de algunos grupos de personas y que a baja dosis pueden ser silenciosas y obviamente repercutir a largo plazo en la salud de las personas”, señala.
Los trabajadores y trabajadoras agrícolas son uno de los grupos de mayor preocupación por su contacto directo con estas sustancias durante la preparación y aplicación. Sin embargo, las vías de exposición también pueden involucrar a sus familias, por ejemplo, mediante la ropa y las herramientas que llegan desde el campo, o a las comunidades que viven cerca de los predios.
El fenómeno tampoco se limita a los sectores rurales. Según la investigadora, quienes viven en ciudades pueden estar expuestos a través de los alimentos y el agua. Para estudiar estos procesos, su equipo utiliza herramientas como biomarcadores de exposición, metabolitos en orina e indicadores de posibles efectos biológicos.
“Lo importante es entender que la exposición no sólo es química, también es una cuestión territorial y social”, sostiene.
Esta perspectiva permite incorporar factores que van más allá de la presencia de una sustancia: dónde viven las personas, cuáles son sus condiciones de trabajo y qué características tiene el entorno en el que desarrollan su vida cotidiana.
Investigar los posibles riesgos para la salud
Uno de los estudios que lidera Zúñiga busca determinar si las mujeres rurales con cáncer de mama presentan perfiles diferentes de exposición a plaguicidas, daño genético, susceptibilidad genética y alteraciones hormonales respecto de mujeres sin la enfermedad.
La investigación también considera la dimensión territorial, incluyendo el tiempo de residencia, los cultivos cercanos a las viviendas y las prácticas productivas predominantes en cada entorno. “El cáncer de mamas no puede comprenderse solo desde los factores individuales o desde la biomedicina”, explica.
La académica precisa que el desarrollo de una enfermedad involucra múltiples variables, como la historia reproductiva, los antecedentes genéticos, la edad y los hábitos de vida. Por ello, el estudio busca identificar posibles perfiles de exposición y riesgo, sin asumir que la presencia de plaguicidas explique por sí sola el desarrollo del cáncer.
“Lo que queremos decir es que el territorio también puede ser una historia de exposición, no solamente desde el punto de vista toxicológico y bioquímico”, agrega.
Esta mirada se relaciona con la epidemiología ambiental, que estudia los vínculos entre las exposiciones ambientales y la salud de las poblaciones. También permite abordar las desigualdades ambientales: las diferencias en las condiciones en que las personas viven, trabajan y pueden verse expuestas a determinados riesgos.
Salud ecosistémica y transición agrícola
Para Zúñiga, los problemas ambientales y sanitarios requieren una mirada interdisciplinaria. La salud humana no puede analizarse de manera aislada de los animales, los ecosistemas y las condiciones que sostienen la vida.
“La salud ecosistémica propone mirar estas conexiones, entender estas conexiones. No basta con tratar las enfermedades cuando aparecen”, plantea.
Desde este enfoque, una comunidad expuesta a plaguicidas enfrenta un problema que también involucra el modelo productivo, las condiciones laborales, el agua, el suelo, los alimentos y la salud pública.
La investigadora considera que la producción agrícola y la protección de la salud no deben entenderse como objetivos incompatibles. El desafío, afirma, es reducir progresivamente la dependencia de plaguicidas peligrosos y avanzar hacia sistemas productivos que consideren tanto el bienestar de las personas como el medioambiente.
Para ello, destaca herramientas como la trazabilidad, el monitoreo ambiental y el biomonitoreo humano, que permiten generar información sobre las sustancias utilizadas y las exposiciones de la población.
Investigación regional y políticas públicas
Desde el CIAM, Zúñiga aborda problemas que conectan ambiente, salud, territorio, sociedad, biodiversidad y desarrollo regional. A su juicio, investigar desde el Maule permite producir conocimiento sobre desafíos como la agricultura intensiva, la crisis hídrica, el cambio climático y los conflictos socioambientales.
Sin embargo, la académica advierte que la investigación interdisciplinaria requiere tiempo, confianza y un lenguaje común entre áreas que suelen trabajar con metodologías y criterios diferentes. También plantea que las instituciones deben facilitar una mayor articulación entre disciplinas para abordar problemas complejos.
En materia de políticas públicas, identifica una prioridad: construir un sistema nacional de vigilancia que integre información ambiental, climática y sanitaria.
“Chile necesita monitorear mejor las exposiciones ambientales, transparentar datos que podamos tener, ordenar, tener una mejor conectividad interoperable de datos, integrar información ambiental, climática, sanitaria, laboral y territorial, diría yo, y traducir esa vivencia en prevención”, afirma.
La propuesta apunta a contar con información que permita identificar qué sustancias se utilizan, dónde y en qué cantidades, además de conocer quiénes están expuestos y cuáles son las condiciones de las comunidades afectadas.
Para Zúñiga, avanzar en esa dirección permitiría pasar de una respuesta centrada en las consecuencias a una estrategia que priorice la prevención. El desafío es que el conocimiento científico no permanezca únicamente en el ámbito académico, sino que contribuya a orientar la regulación, las decisiones públicas y las medidas destinadas a proteger la salud de las personas y los ecosistemas.