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Descentralizar también es invertir Opinión

Descentralizar también es invertir

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La decisión de detener los proyectos destinados a mejorar la infraestructura de transporte público del Gran Concepción, los corredores de la Ruta 160, Ruta 150 y Autopista Concepción-Talcahuano, pone a prueba la forma en que entendemos la justicia territorial. Esta decisión debe analizarse en un país donde las regiones todavía enfrentan importantes brechas respecto de Santiago.

Podría sonar odioso, pero resulta interesante notar que las obras suspendidas requieren menos de una quinta parte de la inversión prevista para la Línea 7 del Metro (aun beneficiando a una cantidad comparable de personas). Además, como las iniciativas se encontraban en una etapa avanzada, interrumpirlas debilita nuevamente la confianza en la política de inversiones. Las regiones no pueden seguir viendo cómo sus proyectos prioritarios son permanentemente postergados o abandonados.

Los proyectos suspendidos buscaban intervenir algunos de los principales ejes de desplazamiento del Gran Concepción, conectando comunas periféricas donde una proporción significativa de la población depende del transporte público y donde la congestión, la irregularidad de los tiempos de viaje y las deficientes condiciones de los servicios afectan desde hace años a miles de personas.

Fortalecer el transporte público masivo es esencial, porque permite movilizar a muchas más personas utilizando menos espacio vial y con menores impactos ambientales que el automóvil particular. En condiciones de alta demanda, un bus puede ser cerca de doce veces más eficiente que un automóvil en el uso del espacio por persona transportada. Asimismo, el costo externo por pasajero-kilómetro asociado al automóvil durante la hora punta puede alcanzar diez veces el de un viaje en bus.

El problema es que una ciudad en la que cada persona dependa del automóvil para desplazarse está inevitablemente expuesta al colapso. Suspender estos proyectos es perder una valiosa oportunidad de intervenir y romper ese círculo vicioso del transporte público: servicios lentos y poco confiables reducen su uso, empujan a más personas hacia el automóvil, aumentan la congestión y deterioran todavía más el desempeño de los buses. Mejorar su infraestructura permitiría invertir esa dinámica, atrayendo nuevos usuarios y utilizando de manera más eficiente el limitado espacio vial.

La movilidad determina buena parte de nuestra calidad de vida. Condiciona el acceso al empleo, la educación, la salud y otros servicios, además del tiempo disponible para descansar, compartir en familia u otras actividades de nuestra preferencia. Cuando trasladarse exige viajes excesivamente largos y en condiciones deficientes, la desigualdad territorial también se convierte en desigualdad de oportunidades. Descentralizar también es invertir y reconocer que el desarrollo del país depende de ciudades regionales más habitables, conectadas y competitivas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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