Social
Chile envejece: el desafío de construir una sociedad que incluya y respete a sus personas mayores
Chile está dejando de ser un país joven. Mientras aumenta la esperanza de vida y crece el número de personas mayores, surgen nuevas preguntas sobre cómo garantizar una vejez digna, activa y libre de discriminación.
Cada 15 de junio se conmemora el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, una fecha instaurada por las Naciones Unidas para visibilizar una realidad que muchas veces permanece oculta: la discriminación, el abandono, la violencia y la exclusión que enfrentan millones de personas mayores en todo el mundo.
En Chile, la reciente publicación de la Ley Integral de las Personas Mayores y de Promoción del Envejecimiento Digno, Activo y Saludable representa un paso histórico en esa dirección. La nueva normativa no solo actualiza el marco legal, sino que propone un cambio cultural de fondo: dejar de mirar a las personas mayores como sujetos pasivos de asistencia para reconocerlas como ciudadanos plenos, titulares de derechos y capaces de decidir sobre sus propias vidas.
Las cifras muestran una transformación acelerada de la estructura demográfica. Según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), el descenso sostenido de la fecundidad continuará reduciendo la base de la pirámide poblacional durante las próximas décadas. De mantenerse esta tendencia, para el año 2070 las personas de 65 años o más representarán el 42,6% de la población nacional, mientras que los menores de 15 años alcanzarán apenas el 7,2%.
Chile ya no es un país joven y atraviesa una de las transformaciones demográficas más profundas de su historia y avanza rápidamente hacia una sociedad donde las personas mayores tendrán un peso cada vez más significativo. Sin embargo, el desafío no es únicamente vivir más años, sino garantizar que esos años transcurran con dignidad, autonomía, bienestar y participación.
Se trata de un cambio sin precedentes que impactará prácticamente todos los ámbitos de la vida social: salud, pensiones, vivienda, transporte, empleo, diseño urbano, servicios públicos y relaciones familiares.
La nueva ley: un cambio de paradigma
La Ley Integral de las Personas Mayores busca responder precisamente a ese desafío. La normativa reconoce como personas mayores a quienes tienen 60 años o más y establece principios fundamentales como la dignidad, la autonomía, la independencia, la no discriminación, el buen trato, la participación social, el acceso a la justicia, el cuidado y el derecho a un envejecimiento digno.
Para Carolina Riveros Ferrada, académica de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Talca y especialista en envejecimiento, el principal aporte de la ley radica en el cambio de mirada que impulsa.
“Las personas mayores, en gran medida, son autónomas e independientes. Quieren determinar su vida y que no sean terceros quienes definan cuáles son sus condiciones de vida”, señala.
La especialista explica que durante décadas las políticas públicas estuvieron fuertemente centradas en la protección y asistencia, especialmente en salud y cuidados. La nueva legislación amplía esa perspectiva e incorpora el reconocimiento de derechos, participación y capacidad de decisión.
“Entender que las personas mayores tienen determinados derechos es un gran avance. No es solamente algo programático, sino la evidencia de que efectivamente el derecho de la persona mayor implica transformaciones en lo social”, sostiene.
El edadismo: una forma silenciosa de maltrato
El abuso hacia las personas mayores no siempre adopta formas evidentes.
Muchas veces se manifiesta a través de prácticas cotidianas profundamente normalizadas: asumir que ya no pueden decidir por sí mismas, invisibilizar sus opiniones, excluirlas de espacios de participación, infantilizarlas o considerarlas una carga para sus familias y para la sociedad.
Este fenómeno, conocido como edadismo, constituye una de las formas más extendidas y menos reconocidas de discriminación.
La nueva ley busca precisamente combatir estas expresiones mediante la incorporación de una mirada gerontológica en las instituciones públicas y privadas. Esto implica comprender que las personas mayores son usuarias de todos los servicios del Estado y que, por lo tanto, los trámites, oficinas, sistemas digitales, espacios públicos y ciudades deben ser diseñados considerando sus necesidades.
El desafío no se limita al Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA). También involucra a sectores como transporte, vivienda, justicia, educación, alfabetización digital y participación comunitaria.
La otra cara del envejecimiento: salud mental y seguridad económica
Envejecer con dignidad también implica enfrentar uno de los principales factores que afectan el bienestar de las personas mayores: la incertidumbre económica.
El aumento del costo de la vida, el endeudamiento y la preocupación por la estabilidad financiera se han convertido en fuentes relevantes de estrés, ansiedad y deterioro emocional durante la vejez.
La salud mental aparece hoy como una dimensión inseparable del envejecimiento saludable.
La preocupación por el futuro, el temor a depender económicamente de terceros y la pérdida de autonomía financiera impactan directamente en la calidad de vida. Por ello, especialistas coinciden en que las políticas de envejecimiento deben integrar estrategias que fortalezcan tanto la salud emocional como la seguridad económica.
La planificación financiera, el acceso a información clara y el acompañamiento para la toma de decisiones son elementos que pueden contribuir significativamente a disminuir la ansiedad y aumentar la sensación de control sobre la propia vida.
En una sociedad donde la expectativa de vida continúa aumentando, la estabilidad económica deja de ser únicamente una preocupación previsional para convertirse en un componente fundamental del bienestar integral.
¿Cómo viven su tiempo libre las personas mayores?
Si existe una imagen tradicional de la vejez asociada al descanso pasivo, los datos muestran una realidad más compleja.
El más reciente informe del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo revela que el ocio se ha convertido en un componente clave de la calidad de vida durante esta etapa.
Sin embargo, también evidencia importantes desigualdades. La actividad más transversal entre las personas mayores es el consumo de medios de comunicación, que alcanza al 98% de la población. Ver televisión o contenidos audiovisuales lidera ampliamente las preferencias, con una participación del 91% y más de dos horas diarias dedicadas a esta actividad.
Le siguen las interacciones sociales presenciales, que convocan al 77% de las personas mayores.
El estudio muestra además que, a medida que aumenta la edad, el descanso adquiere una relevancia creciente. Entre quienes superan los 80 años, el 61% destina parte importante de su tiempo al reposo o la meditación.
Pero detrás de estas cifras aparecen profundas brechas. Las mujeres mayores enfrentan mayores obstáculos para disfrutar de actividades recreativas debido a la persistencia de tareas domésticas y labores de cuidado que continúan realizando incluso después de la jubilación.
Las desigualdades también se observan según nivel educacional e ingresos. Las personas con mayor educación participan más en actividades culturales, deportivas y comunitarias, mientras que quienes cuentan con menos recursos presentan mayores probabilidades de desarrollar un ocio restringido y limitado al espacio doméstico.
El informe identifica cuatro grandes perfiles de ocio en la vejez. Existe un grupo con “ocio diverso”, caracterizado por una alta participación cultural, deportiva y social. También un perfil de “ocio relacional”, centrado en los vínculos sociales y la tecnología; otro de “ocio reposado”, orientado al descanso y las relaciones cercanas; y finalmente un grupo de “ocio restringido”, marcado por barreras de salud, tiempo o recursos.
El gran desafío: transformar la cultura
La nueva ley entrará plenamente en vigencia doce meses después de su publicación en el Diario Oficial. Sin embargo, el verdadero cambio no dependerá únicamente de la implementación de normas o programas.
El desafío más profundo será cultural. Chile deberá aprender a convivir con una realidad inédita: una población cada vez más longeva y diversa, donde millones de personas mayores seguirán estudiando, trabajando, emprendiendo, participando políticamente, viajando, cuidando a otros y construyendo proyectos de vida.
En ese contexto, combatir el maltrato implica mucho más que sancionar abusos. Significa eliminar prejuicios, garantizar derechos, promover la participación y reconocer el valor social de la experiencia.
Porque el envejecimiento no es una excepción que afecta a unos pocos. Es el futuro de toda la sociedad. Y la forma en que hoy tratamos a las personas mayores anticipa, en gran medida, el país en el que todos viviremos mañana.