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Chile va a vivir más: ¿estamos preparados para lo que eso significa? Opinión

Chile va a vivir más: ¿estamos preparados para lo que eso significa?

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Daniela Jorquera Beas
Por : Daniela Jorquera Beas Socióloga y magíster en Opinión Pública.
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Durante décadas, el envejecimiento fue tratado como un asunto de pensiones, enfermedades y cuidados. Pero la longevidad está transformando mucho más que eso: el mercado laboral, el consumo, las ciudades, los servicios y la relación entre generaciones. La Economía Plateada puede ser una oportunidad.


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Chile está cambiando. Y no solo porque está envejeciendo, sino porque estamos viviendo más. Puede parecer una diferencia semántica, pero no lo es. En ella se juega buena parte de la discusión que deberíamos estar teniendo sobre nuestro futuro.

El Censo 2024 muestra una transformación que ya no podemos considerar lejana. El índice de envejecimiento —que mide la cantidad de personas de 65 años y más por cada 100 menores de 15 años— llegó a 79 en Chile. En 1992 era de 22,3. En poco más de tres décadas, la relación prácticamente se cuadruplicó.

Al mismo tiempo, la fecundidad sigue disminuyendo y la esperanza de vida continúa aumentando. Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadísticas indican que la población chilena dejará de crecer durante la próxima década y luego iniciará un proceso de reducción.

La pregunta, entonces, no es si Chile va a envejecer. La pregunta relevante es otra: ¿qué vamos a hacer con una sociedad que vivirá más?

El problema de mirar la longevidad con categorías antiguas

Durante mucho tiempo, hablar de envejecimiento significó hablar de pensiones, enfermedades, dependencia y cuidados. Todos son asuntos fundamentales. Pero esa mirada resulta cada vez más insuficiente.

Una persona de 60, 65 o 70 años no es necesariamente una persona dependiente. Puede trabajar, emprender, estudiar, viajar, cuidar a otros, participar en organizaciones, consumir, innovar o iniciar nuevos proyectos. La prolongación de la vida está modificando las trayectorias tradicionales: las fronteras entre juventud, adultez, trabajo, jubilación y vejez son cada vez menos rígidas. Esto obliga a revisar una idea instalada: que las personas mayores constituyen principalmente un grupo que recibe prestaciones y demanda recursos.

También producen valor. Generan conocimiento, sostienen redes familiares, participan en sus comunidades, trabajan, emprenden, consumen y aportan experiencia. Muchas veces, además, realizan tareas de cuidado que siguen siendo invisibles en las estadísticas económicas. El problema es que seguimos diseñando buena parte de nuestras políticas, servicios y mercados desde una concepción de la vejez asociada principalmente a la vulnerabilidad. Necesitamos otra mirada.

La Economía Plateada no es vender productos para personas mayores

En este punto aparece un concepto que Chile necesita discutir mucho más: la Economía Plateada.

Habitualmente se la presenta como el conjunto de actividades económicas vinculadas a las necesidades de las personas mayores. Pero esa definición se queda corta.

Cuando las personas viven más, cambian sus necesidades, pero también sus expectativas, decisiones y comportamientos. Cambia el consumo, el mercado laboral, la vivienda, los servicios de salud, el turismo, la educación, la relación con la tecnología, las formas de participación social y los vínculos intergeneracionales.

Por eso, la Economía Plateada no debería convertirse simplemente en otro nicho de mercado para vender productos “para adultos mayores”. No se trata de crear una economía para la vejez, sino de entender cómo cambia la economía cuando las personas viven más.

El territorio también está envejeciendo

La transformación tampoco ocurre solamente en las personas. Ocurre en los territorios.

Los datos del Censo 2024 muestran importantes diferencias entre regiones. Mientras Valparaíso alcanza un índice de envejecimiento de 98,6, Tarapacá llega a 43,9 y la Región Metropolitana registra 76,2. Esto significa que Chile no tiene una sola experiencia de envejecimiento: cada territorio enfrenta desafíos distintos.

Para algunos municipios, la prioridad será adaptar espacios públicos, transporte, vivienda y servicios a una población cada vez mayor. Para otros, será anticipar una transformación que todavía está comenzando. Aquí aparece un desafío central: pasar desde diagnósticos generales hacia una verdadera inteligencia territorial para el envejecimiento.

No basta con saber cuántas personas mayores viven en una comuna. Necesitamos saber cómo viven, dónde están, cómo se desplazan, qué servicios utilizan, cuánto participan en el mercado laboral, qué redes de apoyo tienen, cuáles son sus necesidades y, sobre todo, qué capacidades pueden aportar.

De gasto social a inversión en longevidad

Quizás el cambio más importante sea cultural. Tenemos que dejar de pensar únicamente en cuánto costará una sociedad más envejecida y comenzar a preguntarnos cuánto valor puede generar una sociedad que vive más. Eso supone pasar de una política exclusivamente asistencial a una estrategia de desarrollo para el envejecimiento.

No significa abandonar los cuidados ni desconocer la dependencia. Significa comprender que la dependencia es una parte —no la totalidad— de una vida más larga.

Las empresas tendrán que comprender mejor a una población 50 y más años que crecerá en tamaño y diversidad. Eso implica revisar productos, servicios, comunicación, experiencia de clientes y también sus propias políticas laborales. Una fuerza laboral más longeva exige nuevas formas de gestión: la experiencia puede convivir con la innovación, la colaboración entre generaciones puede convertirse en un activo organizacional y la capacitación ya no puede pensarse solo para trabajadores jóvenes.

No tenemos que esperar al futuro

El envejecimiento suele presentarse como un desafío del futuro, pero el futuro ya comenzó. Chile está cambiando su estructura demográfica y todavía tiene una ventana para anticiparse. 

Esa conversación no puede quedar restringida a los especialistas en envejecimiento. Debe involucrar al Estado, las empresas, los municipios, las universidades, las organizaciones sociales y, por supuesto, a las propias personas que están protagonizando este cambio.

Porque vivir más no significa simplemente agregar años a la vida. Significa rediseñar la sociedad para que esos años también puedan tener más oportunidades, autonomía, participación y sentido. 

Chile no necesita solamente prepararse para tener más personas mayores. Necesita prepararse para ser un país donde todos y todas viviremos más. Esa, quizás, sea una de las conversaciones más importantes que todavía no estamos teniendo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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