Opinión
El segundo tiempo después de los 50 y más años
No se trata necesariamente de una “segunda juventud”. Es, más bien, un segundo tiempo con nuevas reglas: una etapa en que nos preguntamos qué relaciones queremos sostener, cuáles necesitan transformarse y cuáles ya no tienen sentido en la vida que queremos construir.
La expectativa de vida de un chileno hoy es de 82 años, por lo tanto, el verdadero cambio de la generación de 50 años y más no radica solo en vivir más tiempo sino también en qué porcentaje de la población representan. Según proyecciones del INE, en 2026 este grupo llegaría al 33,6% de la población chilena; en 2030 al 35,9% y, hacia 2050, al 52,7%. El dilema de fondo estará, entonces, en cómo respondamos preguntas cada vez más urgentes: cómo queremos vivir esos años, con quién y bajo qué reglas.
Durante mucho tiempo se instaló la idea de que, después de cierta edad, la vida consistía sobre todo en conservar lo que ya se tenía: el matrimonio, los amigos de siempre, la familia, las costumbres, las creencias, la casa y la rutina. Como si llegar a los 50 años significara entrar en una zona de estabilidad donde ya no correspondiera hacerse demasiadas preguntas.
Pero hoy ocurre algo distinto. Vivimos más, las trayectorias familiares y laborales son menos lineales, las mujeres participan con mayor autonomía en la vida pública y se han diversificado las formas de pareja, familia y pertenencia. En ese contexto, muchas personas comenzaron a revisar sus vínculos con una libertad que generaciones anteriores no tuvieron.
No se trata necesariamente de una “segunda juventud”. Es, más bien, un segundo tiempo con nuevas reglas: una etapa en que nos preguntamos qué relaciones queremos sostener, cuáles necesitan transformarse y cuáles ya no tienen sentido en la vida que queremos construir.
En estas líneas revisaremos algunas de las transformaciones más relevantes que están ocurriendo tanto en Chile como en otros países. No se trata de una moda pasajera, sino de un cambio social profundo que ya está modificando la manera en que pensamos la pareja, la amistad, la familia, la espiritualidad y la compañía en la segunda mitad de la vida.
Partamos por la familia. Durante décadas, muchas parejas organizaron su vida alrededor de los hijos, el trabajo, las obligaciones económicas y una idea rígida de familia. Cuando esas responsabilidades pierden centralidad, aparece un espacio que puede ser liberador, pero también incómodo: volver a mirarse como pareja y preguntarse si todavía quieren elegirse.
El llamado “divorcio gris” —las separaciones entre personas mayores de 50 años— es una de las expresiones más visibles de este cambio. En los primeros años posteriores a la entrada en vigor de la Ley de Divorcio (noviembre de 2004), casi tres de cada diez hombres que se divorciaban tenían más de 50 años. En un contexto marcado por el nido vacío, la independencia de los hijos, trayectorias personales que se fueron separando y una mayor expectativa de vida, la pregunta ya no parece ser solo “¿cuánto llevamos juntos?”, sino “¿cómo queremos vivir los próximos años?”. Y esa pregunta cambia por completo el significado de una relación.
La transformación no ocurre solo en el amor romántico. También cambia la manera en que vivimos la amistad adulta. Con los años, muchas personas dejan de necesitar una multitud de conocidos y comienzan a valorar vínculos más significativos: relaciones capaces de sostener, acompañar y estar presentes cuando la vida se vuelve difícil. Sin embargo, esa selección también puede convertirse en aislamiento.
Recientemente, la Caja de Compensación Los Andes, junto a Cadem, publicaron el Cincuentímeter, un estudio que midió el bienestar laboral, previsional, digital, físico y emocional de las personas de 50 años o más en Chile, relevando que 55% de las personas de 50 años o más no recibe ayuda de nadie cuando la necesita económicamente. Y otro estudio de Cadem sobre vínculos de amistad revela una sociedad en la que 39% declara no tener ningún amigo cercano. La pregunta entonces deja de ser individual: ¿qué redes de apoyo estamos construyendo para una sociedad que vivirá cada vez más años?
Aquí aparece una paradoja de nuestro tiempo: tenemos más herramientas que nunca para mantenernos conectados, pero eso no garantiza sentirnos acompañados: un “like” no reemplaza una conversación; un meme enviado por WhatsApp no constituye necesariamente una amistad. Estar disponible digitalmente no significa estar emocionalmente presente.
Las mascotas forman parte de esta transformación. En Chile, ocho de cada diez personas declaran tener al menos una mascota, según un estudio de CORPA Market Intelligence realizado en 2026. Y el vínculo no parece ser solamente de compañía: la Primera Encuesta Nacional de Tenencia Responsable, realizada por Subdere y la Universidad Católica (2021), mostró que el 99,7% de los tutores de perros y gatos considera a su mascota parte de la familia y afirma que contribuye a su felicidad. La llamada “familia multiespecie” está modificando nuestra idea tradicional de hogar.
Algo parecido ocurre con la espiritualidad. El Censo 2024 muestra una transformación significativa en la relación de los chilenos con la religión: mientras disminuye la proporción de personas que se declara católica, crece el número de quienes no se identifican con una religión o credo a un 25,8%.
Pero perder pertenencia institucional no significa necesariamente perder la búsqueda de sentido. Muchas personas construyen hoy una espiritualidad más personal, combinando tradiciones, prácticas y creencias diversas. Después de los 50 años, esa búsqueda puede adquirir una intensidad particular. Cuando el horizonte del tiempo se vuelve más visible, también aparece una pregunta que antes podía postergarse: ¿qué sentido tiene todo esto?
Aquí está una de las conversaciones pendientes sobre el envejecimiento. Seguimos hablando de las personas mayores desde categorías como jubilación, dependencia, enfermedad o cuidados. Son dimensiones relevantes, pero insuficientes para describir a una generación que también toma decisiones sobre amor, amistad, sexualidad, espiritualidad, convivencia, familia y compañía. Envejecer no consiste solo en agregar años a la vida. Consiste también en preguntarnos qué hacemos con esos años adicionales.
Por eso, el “segundo tiempo” no debería entenderse como una copia tardía del primero. No se trata de volver a ser jóvenes ni de demostrar que los 50 son los nuevos 30. Esa obsesión por parecer jóvenes puede convertirse en otra forma de discriminación por edad. Vivir esta etapa según nuestras propias reglas implica abrir espacio para nuevas decisiones, como elegir con quién queremos estar, qué relaciones queremos cuidar, abrirnos a vínculos nuevos, construir otras formas de familia y encontrar compañía fuera de los vínculos tradicionales. A los 50 y más años estamos más grandes, sí, pero mucho más vivos.