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Una ciudad turística Opinión

Una ciudad turística

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Alfonso Iommi E.
Por : Alfonso Iommi E. Profesor y Director de Creación. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV)
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El Mostrador Fuente Preferida

Hasta hace no mucho, las ciudades existían o para defendernos del mundo o para contenerlo entero dentro suyo. Según eso se convertían en castillos o en metrópolis. Fundada en 1874, Viña del Mar no es, ni será ya, ni lo uno ni lo otro; y no pretende serlo. Según revela el reciente estudio de opinión presentado por el conglomerado RUTA y aplicado a más de mil residentes o asiduos de Viña del Mar, la vocación de la ciudad es el turismo. Sí, turismo, no balneario.

La arena, por sí sola, no basta, ninguna, pero menos una estrecha y junto a un mar helado como la viñamarina; tampoco es suficiente disponer de interiores domésticos a los que regresar después de una jornada de playa. Para resultar atractiva, la ciudad debe sumar a estos atributos alguna actividad propia, así los visitantes podrán pasear en distintas direcciones, y detenerse en los lugares donde algo está sucediendo: a mirar, conversar, o sólo a despertar algo de su curiosidad.

La mayoría de los encuestados declara que le gusta vivir en Viña del Mar, y no piensa irse por ningún motivo; así se hacen responsables, sin decirlo, de darle forma a su ciudad. Concebida como lugar residencial, industrial, de estudios o de entretenimiento, Viña del Mar ha consumido varios propósitos, cuyos rastros ha acumulado sobre su suelo.

El primer paso para poner en evidencia los sitios de interés de la ciudad es registrar el valioso patrimonio arquitectónico construido entre los años 1930 y 1960. No sólo las construcciones monumentales: los palacios, grandes casonas y edificios públicos aún en pie, sino también los edificios modernos, pensados para veraneantes, que todavía ocupan las principales calles de la ciudad, y cuyos méritos no han sido relevados como se merecen. Constituyen una tradición a partir de la cual no sólo podrá valorizarse lo existente, sino además imaginar el futuro de la ciudad.

Es necesario además, identificar y volver a ocupar los múltiples parques con los que cuenta la ciudad, en todos sus sectores. Ellos forman lugares de estancia, recreación y de pasaje entre una atracción y otra. A través de recorridos por los parques y los edificios valiosos puede vincularse el plan con los cerros, creando un circuito llamativo que integre una ciudad que, dadas sus dimensiones, no admite divisiones, sino sólo, al contrario, rutas para comunicar lugares que, pese a su extraordinaria proximidad, están aislados entre sí.

Para mantener viva la ciudad, los ciudadanos, que confiesan su esperanza en los años venideros para Viña del Mar, podrían hacer público su trabajo en la misma ciudad. Artistas, músicos, literatos, bailarines, deben aprovechar los espacios que hay para difundir sus obras a los viñamarinos y a los visitantes, de otro modo, los hitos de atracción estarán apagados y poco a poco saldrán del circuito.

En fin, para que Viña del Mar llegue a convertirse en destino turístico, sus habitantes deben hacer dos cosas: reconocer el patrimonio existente y activar la ciudad con sus trabajos. Las autoridades, por su parte, deben asegurar la continuidad de dicho patrimonio -reparando, conservando y proyectando- y ofrecer a los creadores espacios para mostrar obras de calidad. Sólo así, si alguien debe irse de Viña del Mar, pensará que habría sido mejor quedarse.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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