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La industria del lobby sale de las sombras

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Iván Weissman Senno
Por : Iván Weissman Senno Editor El Mostrador Semanal
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En la primera Cumbre del Lobby de El Semanal cuatro representantes de la industria defendieron el lobby como un componente esencial de la democracia, admitieron su problema de reputación y respaldaron una regulación más exigente para separar la representación legítima del tráfico de influencias.


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El lobby quiere dejar de ser el villano de la democracia y salió  a dar una batalla poco habitual: la de su reputación. 

En la primera Cumbre del Lobby organizada por El Semanal de El Mostrador, cuatro de los principales representantes del sector coincidieron en que el mayor desafío ya no es defender la existencia del lobby, sino diferenciarlo del tráfico de influencias y elevar los estándares de transparencia en momentos en que el Congreso comienza a discutir una profunda reforma a la Ley del Lobby.

Los invitados fueron Eugenio Ravinet, socio fundador de KOM; Ian MacKinnon, socio encargado de asuntos públicos de Azerta; Christian Torres, abogado y socio de Táctica; y Marcela Alt, socia de Qualiz.

El primer consenso fue que gran parte del problema está en la confusión de conceptos. Para Christian Torres, muchas veces se utiliza la palabra lobby para describir prácticas que son precisamente lo contrario. 

  • “Cuando se habla de lobby y no hay registro, no se sabe quiénes participaron ni cuáles eran los intereses, no se está hablando de lobby; se está hablando de tráfico de influencias al que se le pone el nombre de lobby”.

Marcela Alt, de Qualiz, fue en la misma línea. A su juicio, el problema no es la actividad, sino quienes buscan influir sin transparentarlo. 

  • “El problema no es el lobby. El problema son las personas que ejercen la actividad y no quieren reconocer que están haciendo lobby”.

Otro de los mitos que los participantes buscaron derribar fue que el éxito depende de los contactos personales. Ian MacKinnon, de Azerta, aseguró que esa visión quedó atrás. 

  • “Uno de los grandes mitos es que el negocio consiste en tener contactos. Hoy es mucho más importante el desarrollo argumentativo y una estrategia 360 que conocer a la persona correcta”.

Los cuatro panelistas defendieron además el rol del lobby como un mecanismo para mejorar las políticas públicas. Torres sostuvo que cuando la actividad es profesional y transparente permite incorporar miradas que enriquecen el debate regulatorio. 

  • “El buen lobby, bien regulado, transparente y profesional, facilita la participación en el diseño de las políticas públicas. Es un aporte a la democracia”, afirmó.
  • Para Eugenio Ravinet, socio fundador de Kom, va más allá: “La alianza público-privada de la que todos hablan se concreta, precisamente, a través del lobby. La diferencia es que debe hacerse con reglas, transparencia y trazabilidad.”

La discusión  abordó el proyecto de ley que moderniza la Ley del Lobby, inspirado en recomendaciones de la OCDE. Hubo respaldo a medidas como eliminar la diferencia entre lobbistas remunerados y no remunerados, reforzar las restricciones a las puertas giratorias y ampliar las obligaciones de transparencia. 

Pero también surgieron advertencias sobre el riesgo de crear nuevas obligaciones sin dotar al Estado de capacidad para fiscalizarlas.

Uno de los temas más debatidos fue cómo transparentar las nuevas formas de influencia, desde campañas en redes sociales hasta expertos que participan en el debate público sin revelar sus vínculos con empresas o industrias. Los panelistas coincidieron en que la discusión ya no puede limitarse a las reuniones registradas con autoridades.

La conversación también abordó la ética profesional. Para Ravinet, existen límites claros al momento de aceptar un cliente. “Podemos tomar al cliente si en algo tiene razón. No tiene que tener la razón completa, pero si no tiene nada de razón, ahí hay un límite”, explicó.

Hacia el final apareció otro desafío: la inteligencia artificial. Los participantes coincidieron en que las nuevas herramientas están transformando el trabajo de asuntos públicos, pero advirtieron que también aumentan los riesgos de desinformación y manipulación, por lo que una regulación moderna deberá incorporar estándares éticos para el uso de estas tecnologías.

Quizás la frase que mejor resumió el espíritu de la cumbre fue la de Ravinet, citando una conversación con la delegación de la OCDE que visitó Chile:

 “La democracia necesita más lobby, no menos lobby. Cuando hay menos lobby, hay más cocina, más matrimonios y más tráfico de influencias.” 

Más que defender una industria, la discusión giró en torno a una idea: que la influencia siempre existirá, y que el verdadero desafío es hacerla visible, profesional y sometida a reglas claras.

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