Opinión
Créditos: El Mostrador.
No es el fin del mundo
La discusión ambiental por momentos ha adquirido tintes cuasi religiosos. Están los que siguen la sana doctrina y los que decidieron no creer, activistas y negacionistas. Toda frase, toma de posición o argumento se lee en esa clave. De allí que resulte refrescante escuchar el discurso en la materia de Bjorn Lomborg, presidente del Copenhagen Consensus Center, institución que trabaja activamente en soluciones costo-eficientes para los principales problemas de la humanidad. Lomborg critica lo que llama “alarmismo ambiental”, y por ello es considerado por muchos como un “enemigo del medio ambiente”. Pero, ¿lo es en realidad?
El punto de partida de la exposición de Lomborg, que pude escuchar gracias a una actividad organizada por la Fundación Para el Progreso, se basa en tres consensos científicos elementales. Primero, el calentamiento global existe; segundo, tiene su origen en la actividad humana; y tercero, es un problema relevante que va a tener impactos significativos en la humanidad, pero no va a generar nuestra extinción como especie. Con esa base, toca a las ciencias sociales (y por cierto a la política) el decidir cómo enfrentamos este relevante problema social.
Se trata de un punto de partida bastante razonable y, sin embargo, cuando hablamos explícitamente del tema, rara vez lo abordamos así. Hay un contexto implícito que suele partir de la base de nuestra extinción como especie, al estilo de la película “Don’t look up”, de allí que hoy la “eco-ansiedad” sea una epidemia en los colegios. Con esa lógica se exime al debate de política pública ambiental de las reglas básicas que aplican a todas las demás discusiones: analizar los costos y los beneficios del problema y sus posibles soluciones. Como dice el propio Lomborg, los accidentes automovilísticos cuestan cientos de miles de vidas al año, y a nadie se le ocurriría prohibir los autos.
Pero en el debate ambiental no solemos hacer esto. El problema en sí parece justificar cualquier costo que haya que pagar. Cuando países como Alemania deciden llegar a las cero emisiones para el 2050 están básicamente diciendo que destinarán enormes recursos que podrían utilizarse para resolver otros problemas sociales en una medida que no reducirá la temperatura del planeta ni en una fracción de grado celsius. Lo mismo sucede cuando se destinan más recursos a la mitigación del cambio climático que a la adaptación, cuando lo segundo tiene un impacto positivo mucho mayor para la humanidad.
A nivel doméstico esto tiene un ejemplo muy evidente: durante el gobierno del Presidente Boric nuestro país se comprometió a proteger el 30% de su superficie terrestre al 2030. Eso implica aumentar en cerca de un 50% nuestra protección en tan solo 4 años. ¿Cuáles son los costos? No lo sabemos. ¿Qué beneficios genera? Tampoco. ¿Qué otras cosas se podrían hacer con esos recursos para resolver otros problemas urgentes? Ni siquiera fue tema. El gobierno incluso intentó proteger salares y micro-organismos presentes en la salmuera, justamente allí donde se pretende que crezca nuestra todavía incipiente industria del litio. Ni el más simple análisis costo-beneficio se realizó para justificar la decisión, se asumió una prioridad únicamente ambiental.
Es perfectamente posible que criterios de conservación justifiquen asumir un costo económico relevante. También es cierto que para un país como Chile tiene mucho sentido descarbonizar su matriz energética y su transporte. Pero debemos exigirle al debate de política pública ambiental ser explícitos en los costos y beneficios de las decisiones que tomamos. Precisamente “Don’t look up” se ríe de aquellos que no quieren ver el enorme problema que se avecina. Bueno, es igual de miope decidir no saber lo que estamos sacrificando cuando tomamos decisiones relevantes a la ligera.
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