Sostenibilidad
Día Mundial de los Océanos: el inmenso patrimonio azul que Chile debe aprender a conocer y proteger
Aunque Chile es una potencia oceánica y lidera la protección marina a nivel mundial, expertos advierten que la conservación efectiva del mar exige mucho más que declaraciones.
Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos invita a mirar hacia una realidad que suele permanecer invisible para gran parte de la población: la salud del planeta depende en gran medida de la salud de los océanos.
Los mares cubren más del 70% de la superficie terrestre, generan cerca de la mitad del oxígeno que respiramos, absorben alrededor del 30% del dióxido de carbono emitido por las actividades humanas y capturan más del 90% del exceso de calor producido por el calentamiento global. Son además una fuente fundamental de alimentos, empleo, transporte, energía y biodiversidad.
Para Chile, la relación con el océano es aún más profunda. Con una de las mayores extensiones marítimas del planeta, una costa continental de más de 4.000 kilómetros y una enorme Zona Económica Exclusiva que se proyecta hacia el Pacífico Sur, el país es considerado una verdadera nación oceánica. Sin embargo, especialistas coinciden en que aún existe una importante brecha entre la relevancia estratégica del mar y el conocimiento que la sociedad tiene sobre él.
Un líder mundial en protección marina
En las últimas décadas, Chile ha alcanzado reconocimiento internacional por sus avances en conservación oceánica. Actualmente, cerca del 54% de su Zona Económica Exclusiva se encuentra bajo algún régimen de protección, posicionándolo entre los países líderes en resguardo de ecosistemas marinos.
La creación de extensas áreas marinas protegidas en territorios insulares como Rapa Nui y el archipiélago Juan Fernández ha sido destacada por organismos internacionales como una contribución relevante a la conservación de la biodiversidad global.
Sin embargo, para los expertos, la protección real del océano no se mide únicamente por la cantidad de superficie protegida.
“Proteger el mar no consiste solamente en declarar grandes áreas protegidas. El verdadero desafío es implementar acciones concretas, con recursos, monitoreo y una coordinación efectiva entre las distintas instituciones”, sostiene Dante Queirolo, decano de la Facultad de Ciencias del Mar y Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
El académico advierte que la conservación marina enfrenta hoy un escenario particularmente complejo, marcado por la denominada “triple crisis planetaria”: contaminación, pérdida de biodiversidad y cambio climático.
Las marejadas cada vez más frecuentes que afectan el borde costero chileno, la acidificación de los océanos, el aumento de la temperatura del mar y la proliferación de algas nocivas que impactan la acuicultura son algunas de las señales visibles de un fenómeno que ya está transformando los ecosistemas marinos.
Un mar cada vez más demandado
La presión sobre el océano no proviene únicamente de factores ambientales. Las costas chilenas concentran actividades económicas fundamentales para el país, como la pesca artesanal e industrial, la acuicultura, el transporte marítimo, el turismo, la generación energética y la conservación de la biodiversidad.
La coexistencia de estos usos genera crecientes tensiones sobre el territorio marítimo. “Vivimos el desafío de aprender a convivir en un espacio cada vez más demandado, donde confluyen múltiples intereses legítimos”, explica Queirolo.
Las discusiones en torno a los Espacios Costeros Marinos para Pueblos Originarios (ECMPO), por ejemplo, han evidenciado la necesidad de fortalecer los mecanismos de planificación y diálogo para compatibilizar las distintas visiones sobre el uso del borde costero.
Los especialistas coinciden en que el futuro de actividades económicas tan relevantes como la pesca y la acuicultura depende directamente de la capacidad de mantener ecosistemas saludables y recursos bien gestionados.
El océano profundo: la gran frontera desconocida
Si bien Chile ha avanzado significativamente en la protección de la superficie marina, existe una dimensión del océano que permanece prácticamente inexplorada: las profundidades marinas.
Cada Día Mundial de los Océanos surge una pregunta incómoda para la comunidad científica: ¿cuánto conocemos realmente del mar que nos rodea?
La respuesta es preocupante. Aunque el país posee una de las mayores extensiones oceánicas del planeta, gran parte de sus fondos marinos sigue siendo desconocida.
Esta situación adquiere una relevancia estratégica en momentos en que el mundo observa con creciente interés la posibilidad de explotar recursos minerales presentes en las profundidades del océano.
La transición energética global ha disparado la demanda por minerales críticos como cobalto, manganeso y níquel, fundamentales para la fabricación de baterías, vehículos eléctricos y tecnologías limpias.
Según antecedentes recopilados por la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco), actualmente existen decenas de contratos de exploración minera submarina activos a nivel internacional.
Chile tampoco está ajeno a este escenario. Investigaciones desarrolladas por universidades nacionales han identificado la presencia de nódulos polimetálicos, costras ferromangánicas y sulfuros masivos en sectores cercanos a Rapa Nui, Juan Fernández y frente a las costas del norte del país.
Sin embargo, la posibilidad de explotar estos recursos abre interrogantes científicas, ambientales y regulatorias aún sin respuesta.
“La paradoja es evidente: Chile posee un enorme territorio oceánico y un potencial estratégico asociado a minerales submarinos, pero todavía sabemos muy poco sobre los ecosistemas que existen bajo esa inmensa columna de agua”, advierte la doctora María Inés Díaz Morales, jefa de carrera de Ingeniería en Geomensura y Cartografía de la Universidad Bernardo O’Higgins.
La investigadora sostiene que alterar ecosistemas marinos profundos podría generar impactos difíciles de dimensionar sobre la biodiversidad, las cadenas alimentarias y la productividad pesquera.
Ciencia antes que explotación
Los expertos coinciden en que el principal desafío es acelerar la investigación científica.
Actualmente, Chile carece de una normativa específica para regular la minería submarina y proteger ecosistemas de profundidad.
La legislación vigente está orientada principalmente a la pesca, la navegación y las actividades costeras tradicionales, pero no contempla de manera integral los nuevos desafíos asociados a la exploración de minerales submarinos.
Por ello, la comunidad científica plantea la necesidad de fortalecer áreas como la oceanografía, la cartografía submarina y la batimetría, disciplina encargada de estudiar el relieve y profundidad de los fondos marinos.
La discusión no es menor. Mientras algunos sectores visualizan una oportunidad económica relevante para el país, otros advierten que el desconocimiento actual podría conducir a decisiones irreversibles.
La pregunta que surge es simple: ¿cómo proteger aquello que aún no conocemos?
La gran deuda: construir conciencia oceánica
Más allá de la investigación científica y las políticas públicas, existe otro desafío que los especialistas consideran fundamental: la educación.
A pesar de vivir en una de las mayores potencias marítimas del planeta, gran parte de la población mantiene una relación distante con el océano.
“Aunque vivimos en uno de los países con mayor extensión marítima del planeta, conocemos muy poco sobre el océano y sobre cómo influye en nuestra vida cotidiana. El mar no solo nos entrega alimentos, también regula el clima, sostiene empleos, conecta a Chile con el mundo y alberga una biodiversidad extraordinaria”, afirma Queirolo.
Por ello, diversos sectores académicos impulsan el concepto de educación oceánica, una estrategia que busca incorporar el conocimiento del mar desde las primeras etapas formativas y fortalecer la llamada cultura marítima.
El objetivo es comprender que el océano no es un paisaje lejano ni un recurso inagotable, sino un sistema vital que influye directamente en la economía, la seguridad alimentaria, el clima y la calidad de vida de millones de personas.
Del hogar al océano
La protección marina tampoco depende exclusivamente de gobiernos o científicos. Muchas de las acciones que afectan la salud de los océanos comienzan en espacios tan cotidianos como el hogar.
El consumo responsable de agua, la reducción de residuos plásticos, el uso eficiente de electrodomésticos, la elección de productos sostenibles y la correcta disposición de desechos son medidas que contribuyen a disminuir la presión sobre los ecosistemas acuáticos.
Especialistas en sostenibilidad recuerdan que gran parte de los contaminantes que terminan en ríos, lagos y océanos tienen origen terrestre. Por ello, pequeñas decisiones cotidianas pueden generar impactos positivos acumulativos a gran escala.
En un contexto marcado por la crisis climática y la creciente competencia global por los recursos naturales, el océano emerge como uno de los grandes desafíos estratégicos del siglo XXI.
Para Chile, la oportunidad es tan grande como la responsabilidad. El país posee una posición privilegiada en el Pacífico Sur, una biodiversidad marina excepcional, una de las corrientes más productivas del planeta —la corriente de Humboldt— y una creciente capacidad científica para estudiar sus ecosistemas.
Pero los expertos coinciden en que el liderazgo oceánico no se construye únicamente con áreas protegidas o declaraciones internacionales.
Requiere conocimiento, inversión, educación, gobernanza y una visión de largo plazo capaz de entender que el mar no es una frontera, sino uno de los principales activos naturales, económicos y ambientales del país.