Opinión
Trump y Chile: sonambulismo vs realidad
Como bien advirtió el premier canadiense Mark Carney, si los actores medianos que creemos en los tratados no nos sentamos juntos a la mesa como comensales, seremos engullidos por otros. Presidente Kast, quien debe despertar y mirar la realidad global y bilateral, no es Trump. Somos nosotros.
Las reacciones de desilusión, shock e incredulidad frente la subida arancelaria general aplicada por el gobierno de Trump a Chile (de 10% en 2025, a 12.5% a partir de esta semana, en violación de nuestro acuerdo comercial de más de 20 años de existencia) dan cuenta de que nuestro país permanece geopolíticamente sonámbulo. Hace sólo pocos días, de regreso de una visita a Washington, un cándido equipo de Cancillería expresaba total fe en una relación privilegiada, destilando autocomplacencia -incrementada en base a la afinidad ideológica- en entrevistas y pletóricos videos en redes. Por otro lado, los distintos gremios también confiaban en que una batería de sólidos argumentos técnicos y otros fundados en la relación histórica convencerían a EEUU de enmendar el rumbo proteccionista.
Incluso hoy, al resentir el golpe, estos actores parecen aferrados a la idea de que otra negociación bilateral podría revertir la medida. Pero hay verdades que Chile debe asumir con urgencia. La primera es que Trump -y por lo tanto EEUU bajo su mandato- no es un actor confiable, y no le interesa tener amigos sino súbditos. Por encima de toda ideología, y de toda moralidad básica, Trump se guía por la conveniencia del minuto. Por lo mismo, no es un hombre de palabra: desprecia el derecho como un todo (nacional e internacional), y si no le interesa ni su propia Constitución, menos lo harán los tratados sobre comercio: se salta antiguos y nuevos acuerdos -que él mismo ha concluido- constantemente. Es cosa de ver como usa a su antojo elevadísimos aranceles como arma para destruir a otros países, como ha hecho repetidamente contra Canadá (nuestro primer inversionista).
Dos, Trump no está “castigando” a Chile vía aranceles por mantener una relación comercial amplia con China. Al contrario, su giro ha sido respecto al mundo entero: desde el año pasado, la política oficial de EEUU es literalmente contraria al libre comercio, tal como señala su Estrategia de Seguridad Nacional, lanzada en diciembre de 2025. El lanzamiento de esa estrategia debió poner a nuestro país en alerta roja: la implementación a firme de esa política era sólo cuestión de tiempo. En vez de eso, tuvimos una campaña presidencial donde la política comercial y exterior no fueron tema, y donde los candidatos -salvo Matthei- ni siquiera se molestaron en presentar ideas al respecto, siendo Chile el país con la red de tratados económicos más amplia del mundo. Desde hace 40 años, el libre comercio es viga matriz nacional e impulsó nuestro desarrollo, pero todo esto sucedió en un ambiente de paz global. Algo que ya no existe.
Tres, todo el mundo sabe que a Trump no le interesan los derechos humanos. Por lo tanto, el reproche que ha formalizado respecto a otras naciones sobre trabajo forzoso en sus exportaciones no es más que un taparrabo. Después de que la Corte Suprema de EEUU juzgara en febrero pasado que los aranceles del llamado “Día de la Liberación” (2 de abril de 2025) eran ilegales, el gobierno de Trump ha recurrido a otras bases jurídicas para sostener la legalidad de los mismos, y el argumento de la lucha contra el trabajo forzoso es tan sólo el más reciente de estos perdigones legales. El fondo no interesa. Y por eso la medida se aplica de forma masiva a 60 países (43 de ellos con tasa de 12,5% -como Chile-, y 17 con una del 10%). El absurdo de la excusa empleada es patente si pensamos que muchos de los países castigados -como los europeos- tienen protecciones laborales que superan largamente a aquellas que provee la ley estadounidense.
Mantener la quimera de que alguna vez volveremos al comercio anterior a la segunda presidencia de Trump, o que la afinidad ideológica es de gran ayuda, es perjudicial: una mala inversión de energía y tiempo, que nos hace perder oportunidades. Los chilenos, de todos los colores políticos, debemos asumir la realidad: la postura anti libre comercio de Trump choca con una línea de trabajo fundamental de Chile, que trasciende todos los gobiernos: una valiosa política de Estado de nuestra nación.
Nuestros tratados comerciales son un activo nacional, sin duda, pero para Trump no tienen valor. El buen trato a EEUU, siempre relevante, no protege a nadie: sino pregúntenle a países que son modelo de relación bilateral puntillosa y hasta agradecida, como Corea del Sur y Japón, maltratados a pesar de que fuerzas de tarea público-privadas trabajan conjuntamente para cuidar la relación y proteger el comercio del país desde antes de que Trump asumiera. Además de estas referencias, al Presidente Kast debería servirle de ejemplo lo que han hecho sus amistades de la ultraderecha europea: para Meloni, Le Pen, Bardella, Farage, Weidel, Wilders, y Abascal, la defensa de la soberanía nacional ha implicado, invariablemente, alejarse y rechazar a Trump.
Lejos de cortejar a una superpotencia caprichosa, el baño de realidad de un gobierno responsable -y sobre todo de uno que se dice “patriota”- debe conducir racionalmente a una conversación geopolítica nacional en serio, y a la creación conjunta de nuevas estrategias-país sobre comercio internacional, del mismo modo como la estamos teniendo sobre crecimiento e inversión. Porque lo comercial es hoy también una emergencia: se verificará un daño al país y a la fuente de trabajo de millones de chilenos.
Es cierto, Trump un día ya no será presidente, pero su legado anti libre comercio no se esfumará. De esta manera, los actores políticos de nuestro país deben anteponer el interés nacional a toda consideración ideológica, y conducir la conversación nacional necesaria y bien informada que precede a la determinación de un curso de acción.
Como bien advirtió el premier canadiense Mark Carney en Davos, si los actores medianos que creemos en los tratados no nos sentamos juntos a la mesa como comensales, seremos engullidos por otros.
Presidente Kast, quien debe despertar y mirar la realidad global y bilateral, no es Trump. Somos nosotros.
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