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El Papa y el Anticristo Inteligencia estratégica Crédito imagen: archivo

El Papa y el Anticristo

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Francisco de Lara
Por : Francisco de Lara Doctor en Filosofía y consultor estratégico
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Adoptar tecnología sin examinar nuestra visión y valores implica tomar por defecto una decisión antropológica, ética y social


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Han pasado dos meses desde la presentación de la primera encíclica del papa León XIV. Si bien la atención se dirigió en un primer momento al aspecto más noticioso —el conflicto del Pontífice con Trump—, la disputa va más allá de un gobierno en específico: atañe a la dignidad de un ser humano al que las nuevas tecnologías amenazan con volver obsoleto. El título de la encíclica es toda una declaración en ese sentido: frente a quienes conciben al ser humano como irrelevante y accesorio, es necesario reivindicar a la Magnifica Humanitas.

Exponente de la tradición humanista cristiana, el Papa considera al ser humano dotado de una dignidad intrínseca. Esta tradición es precisamente la que hoy encuentra su contraparte más radical en posiciones anti-humanistas contra las que el Papa argumenta.

León XIV identifica esas posiciones en “algunos centros de poder tecnológico” que interpretan el progreso como superación del ser humano. En efecto, algunos de los protagonistas del desarrollo y el financiamiento de la IA son críticos abiertos de la tradición humanista —que consideran un resabio de la izquierda liberal— y de aspectos tan característicos de la Modernidad como la limitación del poder, la secularización o incluso la democracia.

Un referente en este sentido se encuentra en el inglés Nick Land (1962), el padre del denominado “aceleracionismo”. Land sostiene que el capitalismo y la tecnología poseen una lógica propia que no considera al humano como fin, sino únicamente como un medio transitorio para su propia expansión. Como un virus que solo obedece a su propio afán de crecimiento, el sistema tecnocapitalista no fue diseñado por nadie ni le rinde cuentas a nadie. Simplemente se expande y utiliza para ello todo lo que le sirve, incluyendo a los humanos que creen controlarlo. Desde esta concepción, el ser humano pasa a ser un organismo entre otros, y no necesariamente el más poderoso.

De esta premisa se deriva una consecuencia explícita: cualquier intento de regular el desarrollo tecnológico-capitalista con criterios éticos o humanistas es visto como un obstáculo. Peter Thiel lleva esa lógica hasta su extremo teológico: la regulación es el “Anticristo”, pues se opone a la fuerza redentora del mercado y la tecnología. Según esto, se daría la paradoja de que el propio Papa estaría trabajando para el Anticristo o, por lo menos, “para los comunistas chinos”, como Thiel afirmó el 1 de julio en el Aspen Ideas Festival.

No es difícil extraer las consecuencias políticas que Land comparte con Thiel y otros exponentes de la autodenominada “Ilustración Oscura”. Para ellos, el liberalismo, la socialdemocracia, el ecologismo, la agenda de diversidad, equidad e inclusión y la democracia en general actúan como fricciones que conviene eliminar. El soberano natural de esta nueva era no es el pueblo ni sus representantes, sino el tecnólogo-capitalista: el “CEO-rey” que, junto con su directorio de “iluminados”, acelera el desarrollo de las nuevas tecnologías sin consideración humanista alguna.

León XIV no está combatiendo primariamente a Trump, por más que Trump sea visto por los “ilustrados oscuros” como una figura de transición a la nueva era posthumana. Lo que el Pontífice combate en su importante encíclica es este ideario al completo. Su respuesta trasciende lo confesional, pues subraya “el deber urgente de permanecer profundamente humanos”. En el fondo, una antigua pregunta regresa con urgencia nueva: ¿para qué sirve el progreso si no sirve al que progresa?

La conversación que se abre

¿Qué valores están inscritos en los sistemas que gobiernan nuestros procesos más sensibles, y quién se lo está cuestionando en las organizaciones? ¿Tenemos claro no sólo que podemos hacer con la IA, sino qué futuro nos parece valioso construir? ¿La eficiencia perseguida sirve a algo que reconoceremos como propio y nos dará orgullo?

Adoptar tecnología sin examinar nuestra visión y valores implica hoy tomar por defecto una decisión antropológica, ética y social.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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