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El símbolo que profana símbolos
Las repúblicas viven de leyes. Más profundamente, de instituciones y símbolos. Los overoles blancos han profanado dos de los mayores: la escuela pública y el instrumento finlandés de resistencia a la tiranía. En su lugar erigieron una especie de culto a la destrucción.
Hay símbolos que edifican una comunidad. Otros anuncian su descomposición. Los overoles blancos pertenecen a esta segunda especie.
No son simplemente una vestimenta, sino un uniforme. Todo uniforme expresa una disciplina. La pregunta consiste en averiguar cuál.
Desde hace años comparece el mismo fenómeno: grupos organizados, ocultamiento de la identidad, violencia metódica, incendios, bombas molotov, suspensión de clases y destrucción del liceo. Nada de ello aparece aislado. Todo responde a una misma forma de actuar y de comprender la política.
Los últimos hechos revelan el alcance de esa lógica. Dos niños fueron alcanzados por bombas molotov. La violencia deja de distinguir entre culpables e inocentes. Cosifica; sólo reconoce obstáculos.
Los liceos emblemáticos fueron su laboratorio. Constituían expresiones eminentes de la república: excelencia académica, integración social y confianza en la capacidad de una nación para formar a sus juventudes. El Instituto Nacional, el INBA y el Liceo de Aplicación no eran simples establecimientos educacionales. Encarnaban una idea de país. Su demolición significó la corrupción de uno de los grandes símbolos republicanos. En nombre de la liberación fueron arrasados. Hoy predominan el deterioro, la pérdida de prestigio, el retroceso de los aprendizajes y la irrupción del lumpen. Tampoco todo provino desde dentro. Hubo políticas públicas que aceleraron ese proceso.
Los overoles blancos no destruyen solamente instituciones. También invierten símbolos.
Existe, además, la profanación de otro símbolo.
El llamado cóctel molotov, que debe su nombre a un ministro soviético, nació en circunstancias extremas. Durante la Guerra de Invierno, Finlandia resistió la invasión soviética con recursos mínimos -35 tanques frente a 6 mil quinientos, 100 aviones frente a casi 4 mil- ante a un enemigo inmensamente superior. Aquellas botellas incendiarias expresaban la decisión de un pueblo de defender su libertad cuando ya casi no quedaban medios para hacerlo.
El overol blanco invierte por completo ese significado. La molotov deja de defender una comunidad amenazada para emplearse contra la propia comunidad. No protege escuelas, las destruye. No resiste una tiranía, corroe una de las instituciones fundamentales de la república. Un símbolo de la defensa de la libertad termina convertido en instrumento de devastación.
Nada de ello surge espontáneamente. Toda primera línea supone segundas y terceras líneas. Organización. Abastecimiento. Coordinación. Respaldo. ¿Quién compra los overoles y financia los materiales? ¿Quién adoctrina? ¿Quién diseña la estrategia? ¿Quién considera aceptable que otros arriesguen ser quemados, ir a la cárcel o perder la vida mientras permanece oculto?
¿Quién?
No basta detener al joven que lanza la bomba. Es el último eslabón de una cadena. La responsabilidad política e intelectual se encuentra aguas arriba.
También el silencio actúa. Durante años una parte importante de la izquierda trató estos grupos con lenidad. Las condenas fueron tardías, ambiguas o insuficientes. Corresponde preguntar si hoy existe un rechazo inequívoco de quienes durante largo tiempo relativizaron o toleraron estas prácticas. La pregunta alcanza al PC y también al ala revolucionaria del FA, porque esa ala existe (en este libro examino la doctrina revolucionaria del FA).
Las repúblicas viven de leyes. Más profundamente, de instituciones y símbolos. Los overoles blancos han profanado dos de los mayores: la escuela pública y el instrumento finlandés de resistencia a la tiranía. En su lugar erigieron una especie de culto a la destrucción.
Nada crean. Todo lo consumen. No fundan escuelas: las devastan. Parasitan una obra heredada hasta volverla irreconocible.
Ésa es la gravedad del problema. Toda comunidad termina pareciéndose a los símbolos que honra. Y a los que tolera.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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