Opinión
Créditos: El Mostrador.
La autoevaluación como chispa del aprendizaje en Educación Física
Cada vez que un estudiante evalúa su desempeño motriz, no solo construye una calificación, sino que deja aparecer elementos del aprendizaje que no son directamente observables desde el profesorado.
En la clase de Educación Física, es común ver al estudiantado repetir una y otra vez un gesto técnico que no logra realizar según el modelo ideal. Como profesores, observamos, corregimos y damos nuevas indicaciones. Al final del proceso registramos una calificación entre 1 y 7, permitiéndonos ordenar al curso según su desempeño. Sin embargo, este valor casi nunca revela lo que realmente pasó. Entre cada intento sin efecto y la calificación final, queda oculto un espacio rico en información asociada a las percepciones, intenciones, motivaciones y decisiones del propio alumnado que escasamente utilizamos.
Frente a este panorama, los procesos de autoevaluación para el aprendizaje aparecen como una poderosa herramienta pedagógica capaz de habitar el espacio oculto. Estos trascienden al valor numérico de la calificación, ya que permiten, a través de la persona que aprende, la posibilidad de emitir un juicio evaluativo sobre su propio camino, aceptando con honestidad sus fortalezas y debilidades respecto del aprendizaje.
Además, moviliza el pensamiento crítico, ya que obliga a observar el desempeño motriz utilizando criterios con los cuales el estudiante puede analizar dónde está respecto de la meta de aprendizaje, sumado a la posibilidad de autorregular y tomar decisiones para ir mejorando de manera situada en función de sus posibilidades.
Esto va más allá de incorporar un instrumento de autorreporte, ya que atender a la autoevaluación modifica la interacción entre docentes y estudiantes. También genera mayor confianza, porque reconoce al alumno como una persona legitima frente al proceso de aprendizaje, favoreciendo la honestidad sobre su desempeño motriz, sin ser sancionado con una calificación que restringe las oportunidades.
Al incorporar este tipo de evaluaciones no solamente se le otorga mayor protagonismo al estudiantado, sino que contribuimos a la autonomía, superación y trascendencia, como fin necesario de la educación. En este sentido, estaríamos compartiendo con nuestras niñas, niños y adolescentes un proceso reflexivo replicable que pueden transferir a sus hábitos de vida según sus intereses y a la manera en que gestionan sus aprendizajes en cualquier ámbito de sus proyectos de vida.
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