Opinión
Créditos: El Mostrador.
Infancias desconectadas: el costo de vivir tras una pantalla
Los niños y niñas pasan hoy cerca de cuatro horas diarias conectados a dispositivos electrónicos fuera del horario escolar. Al año, esto equivale a más de 1.400 horas frente a pantallas. Según estudios recientes, incluso más de la mitad de los menores accede a un celular o tablet antes de cumplir 7 años, desplazando etapas clave del desarrollo social, motor y lingüístico.
Estas cifras reflejan una infancia que se vive cada vez más bajo techo, en entornos dominados por estímulos artificiales, donde el contacto con la naturaleza ha quedado relegado. Sin embargo, la evidencia científica es clara. Una investigación publicada en enero de 2026 en la revista Neuroscience & Biobehavioral Reviews, con participación chilena, describe una “cascada” de efectos positivos que se activa al exponerse a entornos naturales: el cerebro procesa mejor la información, disminuye el estrés, se recupera la atención y se reduce la actividad asociada a pensamientos repetitivos, lo que favorece un estado mental más equilibrado.
Si bien estos beneficios son relevantes a cualquier edad, en la infancia resultan fundamentales. Un niño que crece con acceso cotidiano a espacios naturales no solo está más tranquilo, sino que también está construyendo una base neurológica más sana.
El desafío, entonces, no es sumar más actividades “al aire libre” como algo adicional, sino repensar el lugar que le damos a la naturaleza en la vida diaria. En educación, esto implica integrarla como parte esencial del aprendizaje y no como un complemento. Seguir tratándola como algo secundario, pese a la evidencia, es una oportunidad que estamos perdiendo.
Recuperar el vínculo con la naturaleza no es solo deseable, sino urgente si queremos formar niños y niñas más armónicos, atentos y saludables.