Sociedad
Créditos: El Mostrador.
La “copita” para dormir: el hábito que preocupa por su silencioso avance hacia la dependencia
Especialistas alertan sobre el aumento de personas que recurren al alcohol para dormir o aliviar la ansiedad nocturna, un hábito cada vez más normalizado que podría derivar en dependencia funcional y agravar problemas de salud mental e insomnio.
Tomarse una copa de vino o un trago para “bajar las revoluciones” antes de dormir se ha transformado en un hábito cada vez más frecuente. Sin embargo, especialistas en salud mental y adicciones advierten que esta práctica, muchas veces normalizada, podría convertirse silenciosamente en una dependencia difícil de identificar.
La alerta surge en medio de un complejo escenario de salud mental en Chile. De acuerdo con el Termómetro de Salud Mental ACHS-UC 2025, un 8,6% de los adultos presenta insomnio moderado o severo, mientras que más de la mitad de quienes padecen trastornos del sueño también reporta síntomas depresivos.
A ello se suma otro dato que inquieta a los expertos: el último Estudio Nacional de Drogas de SENDA reveló que el consumo problemático de alcohol alcanza al 10,1% de la población urbana y que el uso de tranquilizantes sin receta fue el único indicador que aumentó en la medición.
En este contexto, médicos y especialistas en adicciones han observado un aumento de personas que recurren al alcohol como una especie de “somnífero emocional” para enfrentar el estrés, la ansiedad o el agotamiento mental tras la jornada laboral.
Para Matías Ibáñez, médico experto en adicciones y fundador de Clínica Pellet Chile, uno de los principales riesgos es la validación social de este comportamiento. “Muchas personas llegan a consulta convencidas de que su consumo no es problemático porque solo toman una copa en casa antes de dormir y jamás han tenido conflictos laborales, familiares o sociales asociados al alcohol. Sin embargo, con el tiempo comienzan a notar que ya no logran relajarse, desconectarse emocionalmente o conciliar el sueño sin beber. Ahí es donde el hábito empieza a transformarse en dependencia”, explica.
El especialista asegura que actualmente existen numerosos casos de dependencia funcional: personas que mantienen una vida laboral y familiar estable, pero que desarrollan una necesidad progresiva de consumir alcohol para dormir o disminuir la ansiedad nocturna.
“Empezaron con una copa para dormir hace tres o cuatro años y hoy no pueden conciliar el sueño sin beber. El alcohol es un sedante del sistema nervioso central: funciona al principio, pero el organismo se adapta y pide más. Eso es dependencia, aunque ocurra en pijama y con copa de vino”, agrega.
El impacto del alcohol en el sueño
Aunque muchas personas creen que beber ayuda a dormir porque acelera la conciliación del sueño, especialistas advierten que sus efectos terminan deteriorando la calidad del descanso.
“El alcohol destruye las fases profundas y reparadoras del sueño. A mediano plazo genera más despertares, más ansiedad y más insomnio”, sostiene el Dr. Ibáñez.
Según explican expertos, esto puede generar un círculo difícil de romper: mientras peor es el descanso, mayor es la necesidad de volver a consumir alcohol para poder dormir.
La situación genera especial preocupación en mujeres, considerando el aumento sostenido de los indicadores de ansiedad e insomnio en los últimos años.
“Son ellas las que están reportando niveles mucho más altos de insomnio y ansiedad. Eso también las vuelve más vulnerables a mecanismos de automedicación como el alcohol nocturno”, explica el médico.
Las señales que podrían advertir una dependencia
Entre las principales señales de alerta asociadas a una dependencia funcional del alcohol, especialistas identifican:
- Necesidad de beber para dormir.
- Aumento progresivo de la cantidad consumida.
- Sueño poco reparador o despertares frecuentes.
- Irritabilidad o ansiedad al no consumir.
- Mezcla frecuente de alcohol con melatonina o tranquilizantes.
- Sensación de no poder desconectarse emocionalmente sin beber.
“El gran problema es que muchas dependencias actuales son invisibles. La adicción no siempre ocurre en bares; muchas veces ocurre en pijama. Y mientras más normalizado está el hábito, más difícil resulta pedir ayuda”, afirma el especialista. Los expertos coinciden en que uno de los principales desafíos es ampliar la conversación pública sobre salud mental, calidad del sueño y consumo de alcohol, especialmente respecto de hábitos cotidianos que suelen pasar desapercibidos.
“La conversación sobre alcoholismo ya no puede limitarse a los casos extremos. Hoy muchas dependencias comienzan en hábitos aparentemente inofensivos, socialmente aceptados y emocionalmente normalizados”, concluye.