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Agosto y el desgaste emocional: por qué el cansancio acumulado puede afectar la salud mental Sociedad Créditos: El Mostrador.

Agosto y el desgaste emocional: por qué el cansancio acumulado puede afectar la salud mental

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Agosto puede intensificar el cansancio acumulado del año y afectar el bienestar emocional, especialmente entre estudiantes y personas con responsabilidades laborales y familiares. Expertos advierten sobre señales de alerta y destacan la importancia de las redes de apoyo y la prevención.


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Agosto marca para muchas personas el inicio de la recta final del año y, con ello, un momento en que el cansancio acumulado comienza a hacerse más evidente. A las exigencias laborales y académicas del primer semestre se suman las bajas temperaturas, una menor exposición a la luz natural y la percepción de que todavía queda tiempo para los próximos períodos de descanso.

Este conjunto de factores puede favorecer que el agotamiento deje de manifestarse únicamente a nivel físico y comience a impactar también en el bienestar emocional y la salud mental.

El cansancio acumulado también se refleja en las consultas psicológicas

El escenario también alcanza a la población universitaria. Desde el Centro de Atención Psicológica de la Universidad Bernardo O’Higgins (CAPUBO) advierten que las consultas tienden a aumentar hacia el cierre de cada semestre, período que coincide con evaluaciones y exámenes finales.

Paralelamente, durante las últimas semanas de clases suele registrarse una disminución en la asistencia a las sesiones psicológicas, debido a que muchos estudiantes optan por concentrarse en aquellas asignaturas en las que presentan mayores dificultades académicas.

“Ya se siente el cansancio acumulado del año. A las exigencias laborales y académicas se suma la sensación de que aún falta para las Fiestas Patrias y las celebraciones de fin de año. Si además una persona está a cargo de niños, niñas y adolescentes, enfrenta un desgaste adicional al sostener también el cansancio de sus hijos e hijas”, explica Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO).

Cuando el agotamiento deja de ser parte de la rutina

La académica advierte que uno de los principales riesgos durante este período es asumir el agotamiento como algo normal, atribuyéndolo simplemente al invierno, al ritmo de vida o a las obligaciones cotidianas.

Sin embargo, existen señales que pueden indicar que el malestar está alcanzando un nivel que requiere mayor atención. Entre ellas se encuentran las alteraciones persistentes del sueño, cambios bruscos de peso, una disminución de las defensas, la sensación constante de no poder cumplir con las responsabilidades y dificultades en las relaciones personales.

“Cuando hablamos de un cuadro de estrés o ansiedad más severo, los síntomas son más intensos y comienzan a interferir en distintas áreas de la vida. Pueden presentarse problemas permanentes en el ciclo sueño-vigilia, cambios bruscos de peso, bajas de defensas y una sensación de no poder manejar la situación. Por eso el autoconocimiento y la autoobservación son fundamentales para reconocer cuándo el malestar supera nuestras propias capacidades de afrontamiento”, afirma.

Jóvenes y mujeres enfrentan desafíos particulares

La salud mental continúa siendo un desafío especialmente relevante entre niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Según UNICEF (2026), este grupo presenta una creciente carga de problemas de salud mental, mientras que la población universitaria todavía no recupera los niveles de bienestar registrados antes de la pandemia.

A este escenario se suman diferencias asociadas al género. Las investigaciones muestran una mayor presencia de sintomatología en mujeres, mientras que las tasas de suicidio continúan siendo más altas en hombres. Entre los factores vinculados a estas diferencias se encuentran las responsabilidades de cuidado y la menor tendencia de los hombres a buscar ayuda profesional.

Redes de apoyo y prevención ante el desgaste emocional

Frente a este escenario, Tartakowsky destaca la importancia de identificar tempranamente las señales de alerta y recurrir a mecanismos de apoyo antes de que el malestar se intensifique.

“Conocerse a uno mismo permite identificar qué acciones ayudan a proteger la salud mental y también reconocer cuándo es necesario pedir apoyo. Contar con redes de apoyo presenciales, conversar con personas de confianza y encontrar espacios de contención emocional son factores protectores muy relevantes. Y para quienes están criando niños, niñas y adolescentes, es clave no hacerlo en soledad: ejercer la coparentalidad y apoyarse en la familia y el sistema educativo ayuda a distribuir la carga y favorece el bienestar de todos”.

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