Sociedad
Créditos: El Mostrador.
Salud mental en Chile: ansiedad afecta a uno de cada cuatro adultos y persisten brechas de atención
Aunque los problemas generales de salud mental registran su menor nivel desde 2020, el 25,8% de los adultos presenta síntomas moderados o severos de ansiedad. La soledad y las barreras para acceder a atención especializada completan un escenario de desafíos.
La salud mental en Chile muestra un escenario de contrastes. Según el Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, el 12,7% de la población adulta urbana presenta problemas generales de salud mental, el registro más bajo desde el inicio de la medición en 2020. Sin embargo, esta mejora convive con una alta prevalencia de ansiedad, sentimientos de soledad y dificultades para acceder a atención especializada.
La ansiedad se mantiene como el indicador más extendido: un 25,8% de los adultos presenta síntomas moderados o severos. Las diferencias entre mujeres y hombres son marcadas, con cifras de 35,5% y 13,4%, respectivamente.
“Estamos frente a una situación con luces y sombras. No sería correcto afirmar simplemente que la salud mental de los chilenos está cada vez peor. Sin embargo, persisten indicadores que requieren atención”, explica Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO).
La académica identifica distintas fuentes de incertidumbre y exigencia en la vida cotidiana: las preocupaciones económicas, laborales y familiares, la inseguridad y la sobrecarga de responsabilidades. A ellas se suma una hiperconectividad que dificulta encontrar espacios de descanso.
“La ansiedad es una respuesta humana normal y necesaria; el problema aparece cuando se vuelve excesiva, persistente y comienza a interferir con nuestra vida. Es importante distinguir entre estar preocupados y vivir permanentemente en estado de alerta”, señala.
Vínculos y barreras para recibir atención
La soledad es otra de las señales que recoge la medición. Un 19% de los adultos encuestados declara sentirse frecuentemente solo o excluido, proporción que aumenta al 26,6% entre quienes tienen entre 30 y 39 años.
“Una persona puede tener familia, compañeros de trabajo, cientos de contactos en redes sociales e incluso una vida social activa y, aun así, sentir que no tiene con quién compartir genuinamente lo que le ocurre. La soledad tiene que ver fundamentalmente con la calidad y significado de nuestros vínculos, no simplemente con la cantidad de personas que nos rodean”, explica Tartakowsky.
A este panorama se agregan las dificultades para recibir apoyo profesional. Según el Termómetro, el 69,7% de quienes tienen o han tenido problemas de salud mental no buscó ayuda o no pudo acceder a un especialista.
La académica explica que esta brecha responde tanto a barreras culturales como a obstáculos concretos. El estigma y la creencia de que cada persona debe resolver sus problemas por sí sola conviven con los costos de la atención, la falta de horas disponibles, los tiempos de espera y las limitaciones de cobertura.
Cuando el malestar afecta la vida cotidiana
Dormir mal durante semanas, despertar con cansancio, sentirse constantemente irritable o perder el interés por actividades antes placenteras son manifestaciones que pueden terminar asumiéndose como habituales. También ocurre con las dificultades para concentrarse, el aislamiento y la sensación de no poder desconectar.
“Una señal aislada no significa necesariamente que exista un trastorno. Lo relevante es observar la intensidad, la persistencia y la interferencia: cuánto tiempo lleva ocurriendo y cuánto está afectando nuestro trabajo, nuestros vínculos o nuestra capacidad para disfrutar”, sostiene Tartakowsky.
Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora el 10 de octubre, la especialista destaca que el cuidado también se construye mediante hábitos cotidianos. Dormir adecuadamente, realizar actividad física, reservar momentos de desconexión digital y mantener vínculos presenciales significativos son parte de esas acciones, junto con conversar sobre lo que sucede y solicitar ayuda cuando sea necesario.
“No necesitamos estar disponibles, productivos ni conectados permanentemente. No debemos patologizar todas las emociones difíciles, pero tampoco normalizar un sufrimiento que se vuelve persistente y empieza a interferir con nuestra vida”, concluye.