Opinión
Créditos: El Mostrador.
Estar juntos, sentirnos solos
Cada 10 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, la Organización Mundial de la Salud nos invita en este día a escuchar las experiencias de quienes viven con problemas de salud mental y a poder incorporar sus voces. Este llamado también nos interpela a hacernos una pregunta simple pero relevante: ¿tenemos con quién hablar de lo que nos pasa? y ¿sentimos que hay alguien que realmente nos escucha?
La soledad es uno de los grandes desafíos de salud pública del siglo XXI; su magnitud, sus consecuencias y las dificultades actuales para sostener vínculos la convierten en un tema relevante de salud pública. La OMS estimó en 2025 que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo, un 15,8% experimenta soledad, con una proporción especialmente elevada entre adolescentes.
Las encuestas chilenas también muestran una presencia relevante de la soledad. Según la Encuesta de Bienestar Social 2025, uno de cada diez adultos señala sentirse solo siempre o casi siempre. El Termómetro ACHS–UC sitúa la soledad percibida en un 19%, y la Encuesta Bicentenario muestra que un 48% se ha sentido solo o sola en algún momento de la última semana
Aunque los porcentajes no son directamente comparables, todas ponen de relieve que es una experiencia que afecta a una parte importante de la población y que necesitamos considerarla un problema colectivo que merece atención.
La soledad aparece cuando sentimos que las relaciones que tenemos no nos brindan la cercanía, la comprensión o el apoyo que necesitamos. Como plantearon los psicólogos Daniel Perlman y Letitia Peplau, referentes en el estudio de la soledad, importa tanto la cantidad como la calidad de nuestros vínculos. Por eso podemos disfrutar de un momento a solas y también sentirnos profundamente solos en una reunión, en una sala de clases o entre amigos.
A veces cuesta decir que nos sentimos solos, especialmente cuando tenemos amigos, pareja o personas con quienes compartimos a diario. Sumemos un nivel mayor de complejidad: consideremos que vivimos en la era digital, marcada por la hiperconectividad, la globalización y las redes sociales.
La necesidad de cercanía queda entonces sin expresarse: quienes nos rodean pueden no advertirla, mientras nosotros seguimos necesitando un espacio de genuina conexión humana. Aparentemente tenemos más posibilidades de conectar. Sin embargo, estar permanentemente comunicados no significa necesariamente sentirnos acompañados. Podemos intercambiar mensajes, imágenes y conversaciones durante todo el día y, aun así, echar de menos un espacio de encuentro en el que podamos mostrarnos tal como estamos
Quizás por eso vale la pena preguntarnos ¿Cómo nos encontramos con los demás en la vida cotidiana? ¿Nos damos tiempo para escuchar una respuesta que va más allá del “todo bien, y tu”? ¿Podemos contar algo difícil y mostrarnos vulnerables, sin sentir que debemos mostrar una vida resuelta? Entre conversaciones, encuentros y rutinas compartidas, podemos pasar por alto lo que le ocurre a quien tenemos cerca. Cada persona lleva consigo anhelos, preocupaciones y fragilidades que no siempre los vemos, pero que pueden emerger cuando alguien está disponible a escuchar.
Desde ahí, la soledad nos invita a pensar en nuestra humanidad compartida: aunque nuestras historias sean distintas, todos pasamos por momentos de vulnerabilidad y necesitamos de la presencia de otros. Reconocerlo puede ayudarnos a mirar con mayor atención a quienes nos rodean. Detrás de quien permanece en silencio, de quien acaba de llegar o de quien parece tener todo resuelto, puede haber una necesidad de encuentro aún no manifestada.
Esa disposición puede expresarse en acciones pequeñas: preguntar cómo alguien está y dedicar tiempo a escuchar la respuesta; incluir en una conversación a quien ha quedado al margen; retomar el contacto con un amigo; o recordar una preocupación que alguien nos confió y volver a preguntarle por ella. Son gestos sencillos que pueden comunicar algo importante: te veo, recuerdo lo que te pasa y me importa cómo estás.
Estos gestos pueden abrir oportunidades de conexión, especialmente cuando se sostienen en el tiempo. Abordar la soledad también requiere espacios accesibles de encuentro, redes de apoyo y atención profesional cuando sea necesaria. En este Día Mundial de la Salud Mental, podemos preguntarnos qué gestos y acciones realizamos en nuestra vida cotidiana para que los demás se sientan escuchados y acompañados.
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