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La otra revolución silenciosa

por 27 abril, 2018

La otra revolución silenciosa
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Sebastián Alcalde es un alto ejecutivo de un banco. Vive en la comuna de Vitacura y trabaja en el exclusivo barrio El Golf, en nuestro criollo Sanhattan, donde la magia ha permitido construir un país distinto al que está a la vuelta de la esquina. Con sus torres de cristales, con sombras lanzadas por doquier, con el señorío propio de un mundo de primera línea, Sebastián recorre esas calles todos los días rumbo a su trabajo.

Sara Silva es una mujer muy sacrificada, mantiene tres hijos, madre soltera que sale todos los días a trabajar casi de madrugada. Vive en la comuna de San Miguel, en uno de los otros Chiles que dan vida a nuestro Santiago, carente de  identidad.

¿Qué pueden tener en común, Sebastián y Sara? se preguntará usted.

Coinciden en haber adoptado una decisión que ya comienza transformarse en tendencia de largo aliento, Claramente no es una moda. Ambos van a su lugar de trabajo en bicicleta. Es lo que hacen hoy cerca de 500 mil chilenos  que a diario pedalean, por distintos puntos de nuestra geografía, "a pesar de las autoridades".

En mi rol de director ejecutivo de nuestra organización, Chile Pedaleando, es lo que estamos constatando desde hace algún tiempo.

Una vez más en nuestro país, la ciudadanía a través de esta manifestación,  pedalear, es la que está realizando un revolución silenciosa. Sin disparar una bala. Sin hacer uso de ninguna pancarta ni de marchas grandilocuentes. Tampoco tienen dirigentes visibles, ni han constituido una suerte de partido político. Creo que de ahí deriva su verdadera fuerza, qué duda cabe. Simplemente lo hacen pedaleando arriba de una bicicleta, de cara al viento, bajo un sol abrasador o también recibiendo gotas de lluvia que en invierno el cielo se encarga de escupirnos.

Y es que están cambiado dramáticamente los paradigmas. Por la década de los 80`, en plena dictadura, el ex-banco de Santiago, perteneciente al grupo económico Cruzat-Larraín, en pleno apogeo, de una economía sustentada por la especulación financiera como el país lo constataría pocos años después, realizó una campaña que fue muy exitosa, todo un ícono publicitario. "Cómprate un auto, Perico", dirigida a ese chileno emergente que aspiraba a un mejor nivel de vida. Y eso significaba tener un auto.

Hoy los tiempos han cambiado, no sólo en el mundo, también en Chile.

Trasladarse a trabajar en bicicleta todos los días al trabajo, al colegio o a la universidad se transformó hoy en un estilo de vida. De alguna manera la conciencia ecológica, el vivir sano, o simplemente sentir que nuestro movimiento depende de nuestro cuerpo, nos seduce cada día más a pedalear. Si a eso le agregamos la mala calidad del transporte público de nuestro país es fácil entender porqué el fenómeno avance sin contratiempos.

Somos testigos cotidianos de lo que se vino. Una gran revolución arriba de una bicicleta. Pedaleando de Arica a Punta Arenas. También desde cordillera a mar.

Pese a ello, la articulación de dar soluciones globales que tiendan a la legitimación de este medio de transporte marcha muy lento, no sólo a nivel de las autoridades, si no que del mundo político en general.

Una ley ya aprobada en el Congreso de la que sólo dicta publicar el reglamento sentencia que los ciclistas no podrán ocupar las veredas, lo que implica que sólo deberán transitar por ciclovías y donde no las haya, por las calles. Dada esa realidad los ciclo-andantes se preguntan con mucha razón cómo.

Es el punto: qué hacer para compartir las calles. En verdad más que crear reglamentaciones especiales, deberíamos sólo copiar lo que está haciendo el mundo civilizado. Miremos la OCDE, entidad de la cual nos encanta enorgullecernos de pertenecer a ella. No hay mucho que pensar, cabe recordar que la rueda fue inventada hace muchos siglos.

Pensemos en Holanda o en Dinamarca, por ejemplo, país en el cual más de un 30% de las personas van al trabajo en bicicleta. Las autoridades en ese país imponen castigos altos en términos económicos a quienes se atreven a llegar al centro de la ciudad en automóvil (estacionamientos caros, casi prohibitivos, impuestos altos por transitar en esas vías), que transforman en un despropósito circular en auto. No es que esté prohibido, si no que resulta casi impensable.

Anticipémosnos a diseñar políticas públicas para darle un espacio al ciclista urbano. Es sí o sí. Hoy hay un nuevo actor en nuestras calles que en forma implícita y como mencionábamos anteriormente, se convierte sin buscarlo en un actor político.

Sebastian Alcalde y Sara Silva no arman marchas ni protestas. Simplemente van a su lugar de trabajo en bicicleta en Santiago. Como también lo está haciendo en forma creciente un gran número de chilenos a lo largo y ancho de todo el territorio.

Diseñemos entonces esa política pública ahora que un importante sector ciudadano de nuestro país reclama y que por lo demás presenta externalidades positivas.

Esta historia comenzó a escribirse mucho antes. Fue una revolución que se fue gestando a fuego lento y que también fue objeto de interrupciones a lo largo de un tiempo. Comenzó a hacerse visible en los albores de los agitados años 70 y también escribió un icónico hecho que se hizo visible en la década de los 80, del siglo pasado y que vino de la mano del ilusorio boom de esos años de la plata dulce, del ¡cómprate un auto Perico!

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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