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El potencial del feminismo en la discusión sobre salud mental

por 5 mayo, 2019

El potencial del feminismo en la discusión sobre salud mental
Las mujeres y las disidencias sexuales han sido sujetos históricamente oprimidos por la psiquiatría y el mundo psi en general, entonces se hace necesario darle lugar a sus discursos y repensar la temática de la salud mental con una perspectiva de género. Pero, cuando hablamos de “perspectiva de género” o “perspectiva feminista” en este ámbito ¿a qué nos estamos refiriendo realmente?
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Durante las últimas semanas hemos visto cómo la discusión sobre salud mental en nuestro país ha tomado gran relevancia en el debate público.

En particular, han sido los y las estudiantes quienes han alzado la voz para denunciar la negligencia por parte de sus casas de estudios al no hacerse cargo de los problemas de salud mental derivados de la excesiva carga académica y las deficientes condiciones de estudios con las que cuentan.

Lo que quizás para algunos y algunas es un reclamo exagerado, parecería ser más bien la manifestación de un malestar estructural que no sólo afecta a los y las estudiantes, sino también al conjunto de la población. En ese sentido, las instituciones educacionales vendrían a ser la representación de un modelo y un sistema que provoca sufrimiento.

También cabe destacar que desde hace varios años han surgido diferentes iniciativas y organizaciones que buscan acoger este malestar y dar una alternativa al actual sistema de salud mental, pero han sido sumamente invisibilizados.

Las voces de las mujeres y de las disidencias sexuales no han sido tomadas en consideración, la gran mayoría de los datos en los estudios sociológicos y psicológicos han sido recogidos e interpretados por hombres. Pero la construcción de una ciencia feminista no quiere decir que el conocimiento que se produzca provenga solamente de las mujeres, sino más bien, busca recuperar la experiencia de ser mujer y/o disidente sexual en el mundo.

Todo lo anterior enmarcado en que Chile es un país con altos niveles de depresión, inclusive situándose entre los países con mayor carga de morbilidad por enfermedades psiquiátricas en el mundo, según la OMS.

A raíz de todo este debate es que surge la necesidad de repensar el actual modelo de salud mental, quizás apuntando a la promulgación de una Ley de Salud Mental. Es en esta discusión donde el feminismo puede aportar desde varias aristas.

Las mujeres y las disidencias sexuales han sido sujetos históricamente oprimidos por la psiquiatría y el mundo psi en general, entonces se hace necesario darle lugar a sus discursos y repensar la temática de la salud mental con una perspectiva de género.

Pero, cuando hablamos de “perspectiva de género” o “perspectiva feminista” en este ámbito ¿a qué nos estamos refiriendo realmente?

Como punto de partida, es fundamental comprender que la racionalidad científica y la actual forma de conocer y comprender a los seres humanos está completamente sesgada y dominada por una perspectiva masculina.

Las voces de las mujeres y de las disidencias sexuales no han sido tomadas en consideración, la gran mayoría de los datos en los estudios sociológicos y psicológicos han sido recogidos e interpretados por hombres. Pero la construcción de una ciencia feminista no quiere decir que el conocimiento que se produzca provenga solamente de las mujeres, sino más bien, busca recuperar la experiencia de ser mujer y/o disidente sexual en el mundo.

Otro gran aporte que puede realizar la teoría feminista al debate sobre salud mental guarda relación con el planteamiento de que las desigualdades de género son estructurales en la sociedad. Las feministas sacaron del ámbito privado la violencia de género, llevándola a lo público, logrando un debate colectivo respecto a la dominación patriarcal estructural.

En ese sentido, la opresión hacia las mujeres en el ámbito doméstico responde a una dominación estructural y constitutiva del sistema patriarcal-neoliberal. Por tanto, esta visión nos permite comprender la opresión hacia las mujeres en el mundo psi como un elemento de orden general.

Esta visión nos da las herramientas para pensar en un modelo de salud mental que contemple una perspectiva prevencionista. ¿En qué sentido? en reflexionar respecto a cómo operan los determinantes sociales en el malestar psíquico de mujeres y disidencias sexuales.

Por ejemplo, según los datos aportados por el Estudio Longitudinal Social de Chile realizado por el COES, la prevalencia de síntomas depresivos severos en hombres es de un 5%, mientras que en mujeres es de 9,3%. Y más preocupante aún es la interseccionalidad que se produce entre género y clase, ya que ese mismo estudio señala que en hombres de diferentes ingresos no hay una diferencia importante en la prevalencia de síntomas depresivos, mientras que esa diferencia entre mujeres de bajos ingresos y las de altos ingresos es de casi el doble, por lo que la brecha entre hombres y mujeres estaría marcada principalmente por aquellas de bajos ingresos.

Además, tomando en consideración los datos aportados por el MINSAL, los psicodiagnósticos realizados en mujeres son casi el doble que el de los hombres.

Estos ejemplos, podrían responder, por un lado a condicionantes sociales, como lo son la doble carga laboral, la violencia machista, la exigencia a responder a cánones estrictos de belleza, entre otros. Pero por otra parte, podrían responder también a la tendencia histórica de la sociedad patriarcal a sobrediagnosticar y patologizar a las mujeres por sobre los hombres.

Sumado a lo anterior, las cifras respecto a las disidencias sexuales son alarmantes, según la Fundación Todo Mejora, la tasa de suicidio en jóvenes LGTBQI+ es cuatro veces mayor que en el resto de la población. Además de que 1 de cada 4 jóvenes pertenecientes a dicha población ha cometido, al menos, un intento de suicidio.

La “Encuesta T” realizada por la Asociación Organizando Trans Diversidades (OTD Chile) arrojó que las preocupantes cifras referidas al suicidio en la población trans responden principalmente a los cuestionamientos familiares y a la violencia experimentada en los contextos educacionales. Por otro lado, continuando con la realidad de la población trans, actualmente existe una fuerte patologización, que muchas veces responde a estereotipos y prejuicios, pero también a la necesidad de diagnosticar para recurrir a los tratamientos de hormonización y cambio de sexo.

Teniendo en consideración los denominados determinantes sociales mencionados anteriormente, es que podría pensarse la salud mental desde la prevención, comprendiendo que hay elementos socioculturales e históricos  que provocarían que dichos sujetos y sujetas se encuentren en una situación de desmedro en la sociedad. Así una efectiva política pública debiese situarse desde esa perspectiva y tomar acciones concretas de prevención.

Volviendo a  la temática de la patologización  y tomando en consideración a la teoría queer, es que si pensamos en una deconstrucción del género y sus categorías, es posible pensar también en la deconstrucción de etiquetas y clasificaciones del malestar y del sufrimiento psíquico.  Porque lo queer implica una acción constante de desintegrar y deconstruir las categorías y así crear un nuevo conjunto de conceptos y sujetos que no necesariamente responden a las normas y códigos establecidos.

Todo esto nos permite contextualizar las clasificaciones y diagnósticos a las condiciones sociales y a las experiencias y narrativas personales de las y los sujetos.

El feminismo tiene el potencial para constituirse como una nueva forma de conocimiento y en un nuevo paradigma. En ese sentido es que en el actual debate sobre la salud mental en Chile, que sin duda irá cobrando cada vez más relevancia,  las feministas debemos alzar la voz para que cualquier iniciativa ya sea emanada de los movimientos sociales o desde la política institucional, contemplen y tomen en consideración la desigualdad estructural a la que nos hemos referido, así también a la especificidad que implica ser mujer y/o disidencia sexual en este país.

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