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Una perspectiva feminista para el paro docente

por 18 junio, 2019

Una perspectiva feminista para el paro docente

Crédito: Agencia Uno

La precarización de la labor docente y el agobio son características lamentablemente corrientes al hablar del trabajo de las y las profesores, si a eso le sumamos la doble o triple jornada de trabajo de las mujeres (trabajo reproductivo y no remunerado), en un profesión fuertemente feminizada dentro de la división sexual del trabajo, podemos constatar cómo se instala también la opresión en el desarrollo cotidiano de nuestro quehacer.
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El sistema escolar chileno, como todos, no solo está atravesado por el contexto político, económico, social y cultural que le circunda. En nuestro caso en particular, debemos añadir a esas variables las que se desprenden específicamente de la educación neoliberal, fuertemente ligada a valores conservadores cristiano-católicos instalados en la dictadura cívico militar.

En este sentido, sabemos que este proyecto "modernizador" se fue desarrollando en la medida que el mercado también lo hacía; por lo mismo, la municipalización de las escuelas y liceos, el desmantelamiento y la correspondiente despolitización de la organización docente, la ya fatídica implantación del voucher y la precarización de los y las trabajadoras de la educación, entre otras, fueron las bases de un modelo de desarrollo que instaba a la mercantilización como horizonte de expectativas, proceso por cierto profundizado y naturalizado por los posteriores gobiernos de la Concertación.

Es en este contexto que la educación, como motor y reproductor de la sociedad, fue articulándose y fundándose en principios patriarcales, machistas y elitistas que configuraron un modo de "hacer escuela”. Como consecuencia, son interesantes las experiencias en torno a los llamados liceos emblemáticos donde la promesa de la meritocracia, como valor máximo del ascenso social, se entiende en códigos donde lo monogenérico se reconoce como virtud.

Creemos que dentro de las tareas que implica una educación que favorezca condiciones de derecho sustantiva entre mujeres, hombres y disidentes sexuales, es necesario construir un movimiento docente donde el feminismo tenga un lugar central, desde las bases hasta la dirigencias sociales. Que permita pensar una nueva educación, una que ayude a transformar la realidad, y a mover las bases del sistema educativo neoliberal y sexista.

En relación a lo que hoy se plantea en el petitorio de Colegio de Profesores -al que adherimos plenamente-, nos gustaría abrir la discusión y plantear puntos que configuran a la lucha feminista no sólo como un aliciente dentro del movimiento, sino como una perspectiva insustituible para la victoria de cualquier movilización social.

La precarización de la labor docente y el agobio son características lamentablemente corrientes al hablar del trabajo de las y las profesores, si a eso le sumamos la doble o triple jornada de trabajo de las mujeres (trabajo reproductivo y no remunerado), en un profesión fuertemente feminizada dentro de la división sexual del trabajo, podemos constatar cómo se instala también la opresión en el desarrollo cotidiano de nuestro quehacer.

Como mencionamos anteriormente, junto con la mercatilización de la educación, las y los docentes perdieron el estatuto de trabajadores públicos dentro del sistema educativo. Con ello se flexibilizaron las jornadas de trabajo, donde muchos de las y los profesores trabajaban más de una jornada para lograr ganar un sueldo completo, corriendo de un colegio a otro, y trabajando algunos días o todos por jornadas de trabajo más extensas que ocho horas.

En ese momento, además se genera la Deuda Histórica, que hoy alcanza 76.253 afectados y afectadas, 14.263 de ellos/a ya han fallecido, que sumado al problema de las pensiones en general, precariza la vida de adultos y adultas mayores, siendo estas últimas las más afectadas por la pobreza que esta deuda genera.

Por otro lado, una de las demandas largamente esperada tras años de movilización fue un proyecto de Carrera Docente, otra ley reciente que no cumple con las expectativas del movimiento social, pues para que ello fuera ciertamente un avance, la ley debía salir de los márgenes de la educación de mercado, y sabemos todas y todos, que ninguna reforma chilena en educación a logrado remover esos principios en las últimas casi cuatro décadas. La educación se ha vuelto un espacio impenetrable construido por la dictadura y el pacto de la transición a la democracia.

Al día de hoy, tenemos una ley de Carrera Docente que se mueve en los márgenes patriarcales y neoliberales del mérito, la competencia y el individualismo. Que diferencia los distintos roles pedagógicos dentro del sistema, deslegitimando el trabajo de las educadoras de párvulos y diferenciales, a través de sueldos más bajos, no reconocimiento de sus especializaciones y precarización en las condiciones contractuales, a un sector donde el 95% de las que lo integran son mujeres.

Luchar por la revalorización de la labor docente, y sus condiciones materiales de trabajo, implica pensar un educación con perspectiva feminista. No solo porque el 75% de las y los docentes somos mujeres, sino además porque es fundamental pensar en una carrera docente que restituya el carácter colectivo de nuestro trabajo, reemplazando al individualismo, y fomentando el desarrollo intelectual y la producción de conocimiento de nuestras prácticas educativas.

Creemos que dentro de las tareas que implica una educación que favorezca condiciones de derecho sustantiva entre mujeres, hombres y disidentes sexuales, es necesario construir un movimiento docente donde el feminismo tenga un lugar central, desde las bases hasta la dirigencias sociales. Que permita pensar una nueva educación, una que ayude a transformar la realidad, y a mover las bases del sistema educativo neoliberal y sexista.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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