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Resistencia ecofeminista: la lucha por la vida en tiempos de pandemia

por 16 mayo, 2020

Resistencia ecofeminista: la lucha por la vida en tiempos de pandemia
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Cuando yo empecé a ser ecofeminista no me nombraba así, pero sí sabía que lo único que valía la pena era lo que una hacía por los demás. Por la tierra, por los territorios, por las mujeres y por la vida.

A medida que nos fuimos enfrentando como sociedad a un Gobierno con conflictos de interés; económicos, políticos, familiares e hídricos, ser ecofeminista tomó más relevancia para mí. Ahí me di cuenta de que reivindicar demandas como la lucha por el agua es aún más importante cuando quienes te gobiernan lo hacen para asegurar a los suyos, mientras empobrecen a los otros.

El daño que le han hecho al ecosistema es inconmensurable y duele porque no estamos ajenas a ello; nos queman los bosques y aparecen inmobiliarias; secan nuestros ríos y brotan las manzanas, peras e incluso paltas que le roban el agua a comunidades enteras. A mujeres, niñas, niños y adultos mayores que no tienen con qué lavarse las manos.

Nuestras vidas están en riesgo por la mega minería y la agricultura a gran escala. Existe sequía en todo el mundo por el cambio climático y Chile es su lugar predilecto. Aquí se agudiza porque nos azota la falta de políticas públicas ambientales y la voluntad de fiscalizar a las grandes empresas. Tenemos una Constitución obsoleta, donde las normas están hechas para autorizar proyectos, los glaciares son explotados para traer el dinero que hace crecer la industria y existen zonas donde no hay agua. Simplemente no existe agua y las comunidades viven bajo una profunda desigualdad socio-ambiental.

Ese es el lugar que habito, donde mendigamos para que nos aumenten a 100 litros la distribución del agua, el único recurso que nos puede mantener con vida hasta que podamos. Pero la burocracia y su egoísmo nos está estancando. Nos vulnera el derecho al acceso al agua. Nos vulnera el derecho humano a la vida. Nos seca y nos mata.

Existe un común denominador entre las zonas donde se sacrifica la pobreza: todas ellas están saturadas por el extractivismo depredador. En Quintero y Puchuncaví hay nubes que intoxican a niños y niñas, las termoeléctricas contaminan y hay olores que obligan a comunidades enteras a respirar el “progreso empresarial”, y en Putaendo destruyen el Valle, se autorizan proyectos mineros de gran escala que contaminan el agua de pequeños agricultores y ponen en riesgo a sus familias.

 

El daño que le han hecho al ecosistema es inconmensurable y duele porque no estamos ajenas a ello; nos queman los bosques y aparecen inmobiliarias; secan nuestros ríos y brotan las manzanas, peras e incluso paltas que le roban el agua a comunidades enteras. A mujeres, niñas, niños y adultos mayores que no tienen con qué lavarse las manos. 

Lo cierto es que nuestros derechos humanos y fundamentales están siendo vulnerados de forma sistemática y, lo más triste de todo, es que no tenemos la más mínima garantía de que en algún momento cese y se nos permita vivir en un lugar habitable, respirable y con bienes naturales en cuidado: lo básico para poder sobrevivir, proteger nuestro cuerpo, la fauna y la biodiversidad.

Sin embargo, aunque el escenario sea desfavorable, las mujeres y las nuevas generaciones seguimos luchando por nuestros territorios, por eso creo que podremos salvar el planeta desde una perspectiva ecofeminista; esa lucha que está con fuerza dentro de nosotras, de nuestro cuerpo como territorio político y que busca defender la semilla que habita adentro, en el territorio fecundo donde brota el agua y la resistencia. Justamente eso es el ecofeminismo: una visión empática de la naturaleza, un posicionamiento contra la explotación destructiva de nuestras vidas y una redefinición de las humanas para avanzar hacia un futuro libre de dominación patriarcal.

Sin duda que en esta crisis resulta ecológicamente suicida seguir sosteniendo la desmesurada y voraz economía global para la élite empresarial y se debe evolucionar hacia una transición justa de los nuevos tiempos del planeta. Algunas mujeres ya están organizando en busca de alternativas de sustento comunitario, levantando la agroecología, como por ejemplo la Escuela Agroecológica Germinar que en plena escasez hídrica crean cultura de soberanía alimentaria para que aprendamos de lo ancestral y logremos subsistir en el planeta de la post pandemia y del cambio climático.

Causas como esa son las que perseguimos para crear un espacio habitable y son muchas mujeres quienes forman parte de esta batalla, como la activista Macarena Valdés, a quien asesinaron por alzar la voz y defender el territorio, porque aquí, en el país del fracasado modelo neoliberal, ser mujer y defender la tierra y la vida, es ser una “eco-terrorista”.

Pero no estamos solas, aunque nos intenten acallar, silenciar o desaparecer, y existan caudillos patriarcales que nos excluyan, desde la comunidad, en el camino de la sororidad y la lucha feminista seguiremos creando conciencia de que el dinero se fabrica, pero el medioambiente se debe salvaguardar. Por la vida de miles, somos más fuertes que cualquier pandemia. Somos ecofeministas luchando por la vida.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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