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Federico Fellini y el feminismo

por 5 julio, 2020

Federico Fellini y el feminismo

Crédito: Pixabay / Pexels

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A un siglo de su nacimiento y a casi 27 de su muerte, la obra de Fellini sigue muy presente en nuestros días. Su influencia es evidente en el cine, especialmente en autores como Pier Paolo Pasolini, François Truffaut, Martin Scorsese, Woody Allen, Emir Kusturica, Stanley Kubrick, David Lynch y Tim Burton, entre muchos más. Si bien, sobre su cine se ha teorizado mucho, su relación con los movimientos feministas constituye una faceta harto menos explorada y que, de cara al rol fundamental que desempeñan actualmente los movimientos feministas, resulta interesante explorar esta faceta del director italiano.

Fellini, sin romper sus vínculos con el neorrealismo italiano, despegó para centrarse en otras tragedias, quizá opacadas por el dolor general que supuso el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Comprendió, no tanto por haberlo estudiado como por haberlo visto que, si la pobreza de la postguerra era terrible para todos, lo era mucho más para la mujer pobre y campesina que, para no morir de hambre, debió emigrar a la ciudad y quedar sometida a las peores vulneraciones de un mundo que chorrea machismo, clasismo y aporofobia.

Su primera película de fama internacional, La Strada (1954), que le significó ganar un Oscar, cuenta la historia de Gelsomina (interpretada por Giulieta Masina), una campesina vendida por su familia a un hombre que la viola, la golpea y abandona una vez que deja de serle ‘útil’. Luego, con Le Notti di Cabiria (1957), también galardonada con el Oscar, Fellini cuenta la historia de Cabiria (nuevamente Masina), una prostituta pobre y bondadosa, víctima de hombres que se aprovechan de su ingenuidad, que la golpean y le roban. Ya antes, en 1953, y con menos éxito que los filmes ya citados, realizó Agenzia Matrimoniale, un episodio de un film colectivo en el que un periodista finge buscar una mujer para un licántropo (hombre lobo) seguro de que la agencia no podrá encontrar a nadie disponible. Sin embargo, la agencia encuentra a una mujer joven, pobre y noble dispuesta al matrimonio, confiando incluso poder llegar a querer a su futuro marido. La ternura de las 3 mujeres protagonistas de los citados films conmueven, y la denuncia resulta tan real que exhortan al espectador a buscar formas para construir una sociedad menos injusta con las mujeres.

Más adelante, si bien la trama de sus películas no se centrara en el sufrimiento femenino en un mundo patriarcal y machista, éste sigue muy presente. Ejemplar es la escena del monstruo marino que aparece en una de las escenas finales de La Dolce Vita. Dicho monstruo marino hace alusión a Wilma Montesi, una modesta joven hija de un carpintero que había aparecido muerta en una playa cerca de Roma tras acudir a una fiesta orgiástica de jóvenes poderosos.

La profunda admiración de las feministas hacia el cineasta tuvo un quiebre definitivo, y aparentemente sin retorno, con La cittá delle donne (1980). En un tono de comedia, y cargada de símbolos que coquetean con el surrealismo, Snaporaz (Marcello Mastroianni), impulsado por un deseo sexual hacia una atractiva mujer que lo besa en un tren en la oscuridad de un túnel, termina en un congreso feminista en el que resulta humillado por su condición de macho infiel y libidinoso. Este film, que es en gran parte una parodia a los movimientos feministas muy de moda en la Italia de los años 70s, indignó a muchas feministas que sintieron que Fellini se burlaba de algo muy serio.

Al menos resulta llamativo que el mismo movimiento que tanto lo alabó, principalmente por sus primeras películas, lo sintiera como un enemigo que se burlaba de la causa. Seguramente Fellini nunca dejó de ser un feminista y, adelantándose a su época, y con esa intuición que sólo él tenía, puso ante los ojos del mundo las paupérrimas vidas que protagonizaron mujeres pobres en sus primeros films. Fellini, consciente de que el mundo es injusto, supo también que son las mujeres pobres y campesinas las que sufren aun más dichas injusticias. Y films como La Strada o Le Notti di Cabiria, nos invitan a reaccionar, recordándonos que las injusticias sociales y el patriarcado no son una fatalidad natural y que podemos construir un mundo en la que mujeres modestas como Cabiria y Gelsomina no deban hacer de sus vidas puro dolor y sufrimiento.

Para Fellini, provinciano que siempre desconfió de burguesías y aristocracias, e incluso del intelectualismo academicista, algunos movimientos feministas podían, alejándose del real sufrimiento femenino, pecar de esnobistas y estar integrados por burguesas que, desconociendo el verdadero drama femenino, centraban la causa en la elaboración de discursos desinteresados en el cambio de la indigna realidad. Más que justicia, dichos movimientos buscaban la satisfacción de placeres centrados en la pura erudición, carentes de intenciones transformadoras. Con ironía y burla, inventa esta ciudad de mujeres habitada no precisamente por mujeres pobres o campesinas.

Este sarcasmo no es diferente, e incluso podría representar un continuum, a la reunión de intelectuales y artistas de La Dolce Vita que el realizador muestra con desprecio. Sin importar cuánta razón puedan tener las mujeres de aquel congreso, Fellini se ríe de su condición de burguesas y de su falta de calle (no es coincidencia que su primer film famoso se titule La Strada, es decir, ‘La Calle’). En el fondo, Fellini critica a un mundo pequeño burgués que, carente de calle, puede darse el lujo de dedicarse a los quehaceres intelectuales, lejos de la dura realidad de la clase trabajadora y de la mujer que sufre de verdad.

De la crítica de Fellini podríamos inferir, además, que -por estructuras mucho más complejas- las mismas feministas que participan de este tipo de congresos, fomentan y participan también, por su propio status, en un mundo desigual que genera enormes injusticias contra las mujeres más vulnerables. En cierta forma, la satírica diatriba de Fellini se emparenta con la crítica que hizo Pier Paolo Pasolini a los universitarios italianos que en 1968 sentían personalizar la lucha de clases sin darse cuenta que estaban en lo correcto, pero que, por su condición de estudiantes universitarios, pertenecían al bando de los explotadores, en contraposición a las fuerzas policiales que representaban a la clase explotada.

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