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En contra del silencio: 5 razones por las que las problemáticas de las mujeres viejas deben estar en las agendas feministas Yo opino Créditos: Foto de Karin Pozo/ Agencia Uno

En contra del silencio: 5 razones por las que las problemáticas de las mujeres viejas deben estar en las agendas feministas

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Adriana Gómez y Agnieszka Bozanic
Por : Adriana Gómez y Agnieszka Bozanic Periodista y activista por las vejeces dignas y libres/ Presidenta Fundación GeroActivismo
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Se estima que para el año 2050 Chile será el país más envejecido de Latinoamérica y el Caribe. Según la última encuesta Casen (2017), el 16,7% de la población del país supera hoy los 60 años. Y de este total, un 57% corresponde a mujeres, lo que da cuenta de una marcada feminización del envejecimiento, tendencia que se mantendría en las próximas décadas. 

El hecho de que las mujeres vivamos más tiempo en comparación con los hombres de las mismas edades, no implica necesariamente que vivamos mejor, más saludables o en mejores condiciones generales de vida. Muy por el contrario, a menudo la cotidianidad de las mujeres mayores es una muestra viva de persistentes exclusiones y discriminaciones contra nuestros derechos humanos más básicos. Y esto responde a un hecho claro y nítido: las mujeres mayores somos discriminadas por ser mujeres, sí, pero también porque somos viejas.

[cita tipo=»destaque»] Cuando hablamos de campañas de educación sexual, estas nunca han tenido como público objetivo a la población mayor. No es de extrañar entonces, que las tasas de contagio de VIH en mujeres mayores sea una de las que más ha aumentado en los últimos años. [/cita]

En este contexto, es evidente que las problemáticas que nos atañen deben ser parte de las agendas feministas actuales, pero lamentablemente no forman parte de sus petitorios. En una breve mirada, podemos entregar al menos 5 razones por las que las demandas de las mujeres mayores deben verse representadas en los feminismos:

  1. Las mujeres mayores percibimos menores ingresos que los hombres del mismo rango etario. Mientras los hombres ocupados de 60 años o más percibieron en promedio $581.517 pesos, las mujeres recibieron $383.913 pesos, es decir, un 34% menos (Encuesta Suplementaria de Ingresos 2018). Esto repercute sin duda en la calidad de nuestra previsión social. Asimismo, de las personas que recibieron pensiones por vejez al 31 de enero de 2020, las mujeres percibían en promedio $140.699 pesos, mientras los hombres recibían $231.639 pesos. Y en cuanto a la pensión básica solidaria que reciben muchas mujeres viejas “dueñas de casa” es un monto insuficiente para vivir una vida con mínima dignidad. Esto implica mayor pobreza para las mujeres mayores, más aún si somos viudas, separadas o no hemos tenido pareja masculina durante nuestra vida. 
  2. Las mujeres mayores somos muchas veces las encargadas del trabajo doméstico y de crianza de hijas, hijos, nietos y nietas, aquel trabajo no pago que se justifica como “trabajo por amor”. Asimismo, el cuidado de personas enfermas, con discapacidad o en situación de dependencia severa también está en nuestras manos, una carga muchas veces desproporcionada sobre nuestras espaldas. Según el estudio “La crisis del sistema de pensiones en Chile: Una mirada desde la economía feminista”, durante toda su trayectoria vital las mujeres destinan más horas al trabajo no remunerado que a una jornada laboral pagada. Así, no se jubilan en ningún momento de sus vidas e incluso después de los 70 años siguen trabajando un nivel de horas cercano a una jornada completa. 
  3. Las mujeres mayores tenemos menos estudios. Muchas mujeres de 60 años y más no han completado la educación media y pocas han tenido acceso a educación superior, lo que limita su inserción laboral en trabajos de mejores ingresos. Incluso muchas son analfabetas, en especial en zonas rurales. El analfabetismo, de hecho, sigue siendo mayor en mujeres que hombres. Por otro lado, cuando hablamos de campañas de educación sexual, estas nunca han tenido como público objetivo a la población mayor. No es de extrañar entonces, que las tasas de contagio de VIH en mujeres mayores sea una de las que más ha aumentado en los últimos años.
  4. Las mujeres viejas enfermamos más, desarrollamos más enfermedades crónicas y nuestra calidad de vida es peor en comparación con los varones mayores. Nuestras morbilidades a menudo resultan de años de desatención de la salud, mala nutrición, embarazos seguidos, partos y abortos inseguros, tareas domésticas agobiantes, violencia en el entorno doméstico o laboral. Desde el sistema público de salud no hay, tampoco, estrategias de promoción de la salud física y mental con perspectiva de género, mucho menos de edad. 
  5. Las mujeres mayores también vivimos violencia intrafamiliar y sexual. La »IV Encuesta de Violencia contra la Mujer en el ámbito de Violencia Intrafamiliar y en Otros Espacios», señala que el 14,1% de las mujeres mayores de 65 años había sufrido algún tipo de violencia intrafamiliar en los últimos doce meses o antes. Aspecto poco visibilizado pues se tiende a pensar que la violencia machista no afecta a las mayores, pues los principales “valores sociales” que nos definen como mujeres desaparecen con la edad (potencial reproductivo como madres y el cuerpo “joven” como elemento de atractivo sexual para los hombres). ¿Desaparecemos como mujeres? Y nos nombran con lenguaje estereotipado de “abuelitas” y se acaba nuestra identidad.

Los puntos ya señalados develan las profundas desigualdades e inequidades que marcan las vidas de muchísimas mujeres mayores, lo que solo reafirma la necesidad de visibilizar cómo la cultura patriarcal castiga con especial severidad la vejez de nuestros cuerpos femeninos y nos relega a los espacios privados, contribuyendo a la discriminación en múltiples dimensiones y niveles. Y solo se ve agravada cuando el género y la edad se interceptan con otras variables como origen étnico, discapacidad, orientación sexual e identidad de género, calidad migratoria, entre otras circunstancias.

A partir de esta breve reflexión, el llamado es a incluir en las agendas feministas estas realidades específicas que nos afectan a las mujeres mayores desde nuestras distintas realidades de vida.  

Convocamos a las feministas para que nos nombren, porque lo que no se dice no existe. No se puede olvidar que, en las distintas historias del movimiento feminista universal, han sido las mujeres mayores las que han impulsado grandes luchas. El sufragismo es el ejemplo más notable y que ha marcado el devenir de la historia. Hay una deuda, entonces, que las viejas sí queremos cobrar, y es ser reconocidas en nuestros aportes y ser nombradas en nuestro ser mujer dentro de un movimiento que nos debe un espacio para nuestras problemáticas.

Porque más que tarde, todas llegaran a esta etapa, y es mejor trabajar hoy para derribar estas discriminaciones que vivir mañana vejeces sin dignidad ni libertad ni derechos plenos. 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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