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Créditos: Cedida.
Diagnóstico tardío del autismo: mujeres pueden esperar décadas para ser identificadas
El autismo en mujeres continúa siendo detectado tardíamente debido al enmascaramiento, los sesgos de género y la falta de especialistas. Expertos advierten que esta realidad impacta la salud mental, la calidad de vida y las oportunidades laborales de miles de personas.
Durante décadas, el autismo fue entendido principalmente desde una perspectiva infantil y masculina. Sin embargo, especialistas advierten que miles de mujeres continúan recibiendo su diagnóstico recién en la adultez, luego de años intentando adaptarse a entornos que no reconocen ni comprenden sus diferencias neurológicas.
Según datos publicados por la Revista Chilena de Psiquiatría y Salud Mental, el 75% de las mujeres autistas obtiene un diagnóstico entre los 20 y 35 años. En muchos casos, este proceso llega tras largos períodos marcados por diagnósticos erróneos, estrategias de adaptación permanentes y señales que pasaron desapercibidas. La tendencia coincide con el aumento de diagnósticos de autismo en personas adultas registrado en Chile durante las últimas décadas, evidenciando una condición históricamente invisibilizada.
Para Soledad Gómez, fundadora de AtípicaMente, esta situación responde, en parte, a que durante años la investigación sobre autismo se centró casi exclusivamente en niños y hombres, dejando fuera la experiencia de mujeres y adultos neurodivergentes.
El costo invisible del enmascaramiento
Uno de los factores que explica el retraso en los diagnósticos es la escasa formación especializada en autismo en adultos. A ello se suman los sesgos de género presentes en la salud mental y la frecuente atribución de los síntomas a otras condiciones. Como resultado, pueden transcurrir entre 20 y 30 años desde las primeras señales hasta obtener un diagnóstico adecuado.
Otro elemento clave es el denominado masking o enmascaramiento, un conjunto de estrategias aprendidas para imitar conductas sociales, compensar dificultades y ajustarse a contextos que no contemplan la neurodiversidad.
Aunque estas herramientas pueden facilitar una aparente integración, suelen tener un alto costo emocional. Entre sus consecuencias más frecuentes se encuentran el agotamiento extremo, la ansiedad y el desgaste psicológico sostenido. “El autismo no siempre se ve. Pero se siente. Y mucho”, señala Soledad Gómez.
Inclusión laboral: una deuda que persiste
Las barreras también se hacen evidentes en el ámbito laboral. De acuerdo con cifras del SENADIS, solo el 35,7% de las personas con discapacidad tiene empleo en Chile, cifra considerablemente inferior al 64,7% registrado en la población sin discapacidad.
A nivel internacional, el panorama es aún más desafiante. Reportes de Deloitte y del National Autism Indicators Report de Drexel University indican que entre el 70% y el 85% de los adultos autistas en edad laboral se encuentran desempleados o subempleados.
Para Gómez, esta brecha no está relacionada con una falta de capacidades, sino con la distancia existente entre los entornos laborales tradicionales y las distintas formas en que las personas neurodivergentes procesan la información, se comunican y experimentan el trabajo. “El problema no es la persona. Es el ajuste —o la falta de él— entre la persona y el entorno”, afirma.
La especialista advierte que cuando ese ajuste no existe, las organizaciones también enfrentan consecuencias, como burnout crónico, alta rotación de personal, conflictos derivados de problemas de comunicación y pérdida de talento.
Neurodiversidad como ventaja para las organizaciones
Desde una perspectiva neuroafirmativa, AtípicaMente impulsa medidas concretas para avanzar hacia espacios laborales más inclusivos. Entre ellas destacan la entrega de instrucciones claras por escrito, reuniones con agendas previamente definidas, objetivos explícitos, revisión de los procesos de selección y capacitación de liderazgos en materia de neurodiversidad.
Para Gómez, incorporar estas prácticas no solo favorece la inclusión, sino que también fortalece el desempeño organizacional. “La inclusión bien hecha no es un acto de bondad. Es una ventaja competitiva”, enfatiza.
En un contexto donde la salud mental y la inclusión ocupan cada vez más espacio en la discusión pública, el desafío, sostiene la especialista, ya no es exigir que las personas se adapten a sistemas rígidos, sino avanzar hacia entornos capaces de responder a la diversidad de formas en que funciona el cerebro humano.