Opinión
Cristóbal Escobar/AgenciaUno
El costo de no entender que gobernar es comunicar
Las crisis comunicacionales rara vez nacen frente a un micrófono. Generalmente son consecuencia de problemas previos: falta de alineamiento, ausencia de estrategia, desconocimiento del entorno o decisiones tomadas sin considerar cómo pueden ser interpretadas por la sociedad o por segmentos de ella.
En los últimos días hemos vuelto a discutir sobre comunicación política. Entrevistas, vocerías, crisis públicas y decisiones que rápidamente pasan del ámbito privado al escrutinio ciudadano. Sin embargo, el debate suele quedarse en la superficie: quién habló, qué dijo, cómo se vio. La verdadera discusión es mucho más profunda.
En sociedades complejas, donde las decisiones públicas y privadas tienen impactos inmediatos en la confianza, la comunicación no puede ser entendida como un accesorio, un recurso estético o una herramienta para administrar crisis cuando estas ya ocurrieron. La comunicación es parte de la estrategia.
Una organización que no comunica bien no necesariamente tiene un problema de relato; muchas veces puede tener un problema de conducción, porque comunicar implica comprender el entorno, anticipar escenarios, leer expectativas sociales, interpretar cambios regulatorios y construir legitimidad. Esto aplica tanto para un gobierno como para una empresa.
Hoy los liderazgos enfrentan un escenario donde las decisiones se toman bajo presión permanente: ciudadanos más informados, mercados más exigentes, comunidades activas, regulaciones cambiantes y una conversación pública que ocurre 24/7. En ese contexto, la capacidad de escuchar, interpretar y transmitir estratégicamente se vuelve una competencia central.
El error frecuente es pensar que comunicar es “hablar bien”. No lo es. Comunicar estratégicamente significa entender el negocio, la política pública, los intereses de los distintos actores y las consecuencias de cada decisión. Significa saber cuándo explicar, cuándo corregir, cuándo anticipar y cuándo guardar silencio; y sobre todo significa transformar información compleja en decisiones comprensibles para quienes serán afectados por ellas.
En el mundo corporativo esto está completamente asumido. Los directorios ya no solo revisan balances, analizan reputación, riesgos sociales, relación con comunidades, escenarios regulatorios y confianza pública. Una empresa puede tener buenos resultados financieros, pero si pierde legitimidad social, tarde o temprano enfrentará un costo.
Lo mismo ocurre en la política. Una autoridad no solo representa a un gobierno, representa una institución. Por eso cada entrevista, cada declaración y cada gesto comunicacional debe entenderse desde esa responsabilidad. La comunicación personal no puede estar por encima del rol institucional.
Cuando una crisis aparece, la pregunta no debería ser solamente “¿Qué dijo?”, sino “¿Qué proceso permitió que llegáramos hasta aquí?”. Porque las crisis comunicacionales rara vez nacen frente a un micrófono. Generalmente son consecuencia de problemas previos: falta de alineamiento, ausencia de estrategia, desconocimiento del entorno o decisiones tomadas sin considerar cómo pueden ser interpretadas por la sociedad o por segmentos de ella.
Chile enfrenta desafíos importantes: recuperar crecimiento, atraer inversión, mejorar productividad, fortalecer la confianza en sus instituciones y avanzar en políticas públicas que respondan a nuevas demandas sociales. Para eso necesitamos mejores decisiones. Y esas mejores decisiones requieren comprender que la comunicación no viene después de la estrategia, sino que es parte de ella.
El sector público y privado tienen una tarea común: construir confianza. Y esa confianza no se declara, se gestiona. Los liderazgos del futuro serán aquellos capaces de conectar tres mundos que muchas veces se miran por separado: la estrategia organizacional, la realidad regulatoria y las expectativas ciudadanas. Porque comunicar no es simplemente transmitir un mensaje. Comunicar es entender el contexto donde ese mensaje tendrá consecuencias. Y en tiempos de incertidumbre, esa capacidad dejó de ser un atributo deseable. Es una condición para gobernar, liderar y construir futuro.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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