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Familias, incentivos y contabilidad creativa del cuidado Yo opino Créditos: El Mostrador.

Familias, incentivos y contabilidad creativa del cuidado

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Verónica Wagner Guillot
Por : Verónica Wagner Guillot Doctoranda en economía política.
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El Mostrador Fuente Preferida

Hay algo peculiar en la forma en que ciertos debates públicos consiguen sostener dos ideas que no encajan del todo entre sí sin que eso genere demasiada incomodidad. Por un lado, se afirma con convicción que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, que su fortalecimiento es una prioridad nacional y que la caída de la natalidad constituye un problema estratégico de largo plazo. Por otro, se insiste con la misma convicción en la necesidad de reducir impuestos, acotar el gasto público y desconfiar de cualquier expansión del Estado que no pueda justificarse en términos de eficiencia inmediata.

En teoría, ambas cosas podrían convivir si la familia fuera una institución que se reproduce sola, sin costos relevantes, o si los hijos fueran una variable independiente de las condiciones materiales. El problema es que no lo son. Tener hijos implica dinero, tiempo y, sobre todo, infraestructura de cuidados. Ahí es donde el consenso empieza a volverse más declarativo que operativo.

La paradoja se vuelve visible con iniciativas como la sala cuna universal. La idea no suele rechazarse en su principio; de hecho, se presenta como un avance necesario para la conciliación entre trabajo y familia. La dificultad aparece en el momento de la financiación, donde la creatividad institucional alcanza niveles interesantes. En lugar de plantear un aumento general de la carga fiscal o un rediseño explícito de prioridades presupuestarias, se opta por utilizar recursos que ya estaban comprometidos con otra función dentro del propio sistema de protección social, como el seguro de cesantía.

El resultado es una forma elegante de decir que se puede ampliar el conjunto de beneficios sin aumentar realmente el costo político de financiarlos, aunque el costo económico no desaparezca; simplemente cambia de bolsillo y de nombre. El seguro que existe para proteger a los trabajadores cuando pierden su empleo pasa a financiar, en parte, una política de cuidados que también protege a esos mismos trabajadores en otra dimensión de su vida. Todo ocurre como si la protección social fuera un único fondo elástico, disponible para expandirse en cualquier dirección sin generar tensiones internas.

Lo interesante no es la reasignación (que puede ser perfectamente discutible desde el punto de vista técnico), sino que la narrativa que la acompaña: la de una política simultáneamente profamilia y fiscalmente contenida, donde el apoyo a la crianza puede expandirse siempre que no implique pedirle demasiado a nadie en particular. En esa arquitectura, la familia aparece como prioridad discursiva, pero su financiamiento efectivo se resuelve mediante desplazamientos internos que tienden a ser menos visibles que un aumento explícito de impuestos o de gasto.

Hay aquí una forma sutil de coherencia política: se puede sostener la importancia de tener más hijos mientras se evita discutir con demasiada franqueza quién paga el costo de que existan más hijos. Y cuando esa pregunta aparece, la respuesta suele desplazarse hacia un terreno moral o individual, donde la crianza se presenta como responsabilidad de las familias, mientras el diseño institucional se ocupa de reducir lo más posible su carga fiscal agregada. El resultado es una especie de equilibrio narrativo dónde la familia es central en el discurso, pero marginal en la contabilidad.

Quizás el punto no sea exigir coherencia perfecta en política pública, algo que rara vez existe. El punto es observar que, cuando la familia se vuelve simultáneamente objeto de exaltación simbólica y de restricción presupuestaria, la distancia entre ambas dimensiones no es neutra. Eventualmente, esa brecha la terminan resolviendo las propias familias, ajustando sus decisiones de vida a lo que efectivamente pueden sostener, más que a lo que se les dice que deberían sostener.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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