BRAGA
Créditos: El Mostrador.
Lo que nadie me contó sobre cómo es denunciar a tu agresor sexual
Denunciar no es solo probar la verdad, es también volver a vivirla. Esta es la historia de cómo denuncié una violación, lo que tuve que aprender en el camino, lo que nadie me contó antes de hacerlo y confirmar, una vez más, que Chile no está listo para impartir justicia con perspectiva de género.
Hace unos días terminé un largo proceso de denuncia por un delito sexual del que fui víctima en 2021. Fueron siete días de juicio, dos años desde que la Fiscalía de Género tomó mi causa y un veredicto que absolvió al denunciado por falta de pruebas suficientes. Cómo llegué hasta ahí, a qué instituciones acudí y qué costo emocional tuvo el camino, es lo que quiero contar.
El mensaje llegó mientras trabajaba. Compartía una oficina con otras personas y tenía el computador lleno de pestañas abiertas cuando el teléfono vibró sobre el escritorio. Era una amiga. Ella sí había entrado a la sala 302 del Tercer Tribunal de Juicio Oral en lo Penal. Yo no. Había decidido esperar en mi trabajo. No quería escuchar el veredicto de boca de las juezas.
“Sofi, lo siento. Lo absolvieron”.
Leí el mensaje varias veces antes de entenderlo.
No lloré. O, mejor dicho, hice un esfuerzo enorme por no hacerlo. Miré alrededor. Mis
compañeros seguían concentrados en sus pantallas. Alguien se levantó por un café. Otro contestó una llamada. El mundo seguía funcionando exactamente igual que cinco minutos antes, mientras yo intentaba convencerme de que todavía no era el momento de quebrarme.
Sentí una mezcla difícil de explicar: injusticia, por supuesto, pero también una tranquilidad inesperada. Durante dos años imaginé ese instante una y otra vez. Pensé en una condena, en una absolución, en todas las posibilidades. Cuando finalmente ocurrió, entendí que lo único que realmente había terminado era la espera. ¿O no lo era?
Siete días de juicio. Dos años desde que la Fiscalía de Género tomó mi causa. Cinco años desde que ocurrió el abuso y cientos de sesiones de psicoterapia para poder sobrellevarlo.
La sentencia decía que no existían pruebas suficientes para condenar al acusado. No decía que yo hubiera mentido. Tampoco decía que los hechos nunca hubieran ocurrido. Solo afirmaba que la justicia no podía acreditarlos. Esa diferencia, que jurídicamente parece enorme, emocionalmente se siente diminuta.
Mientras yo tenía a mi lado al fiscal, a una abogada que me asignó el Centro de la Mujer de Ñuñoa, a mi familia, a mis amigos y la verdad, el imputado había contratado dos abogados especializados en la defensa de delitos sexuales y tres peritos, dos de ellos traídos desde México y otra conocida por su presencia habitual en matinales. No fue suficiente. Las tresmagistradas que llevaron el caso consideraron que había inconsistencias en mi relato, algo esperable si se piensa que los hechos habían ocurrido casi cinco años antes, en abril de 2021.
En 2024 entró en vigencia la Ley 21.675, que instruye a la justicia chilena a juzgar con perspectiva de género en los casos de violencia contra las mujeres, exigiendo analizar cómo las normas, prácticas y estereotipos de género pueden influir en las situaciones que se juzgan y de qué manera estas afectan de forma desproporcionada a las mujeres y a otros grupos vulnerados. Leí esa ley varias veces. Quise creer que iba a significar algo para mi causa. Cuando terminó el juicio, comprendí que una ley puede existir y, aun así, no sentirse presente dentro de una sala.
Nada de eso, sin embargo, significa que todo el camino recorrido fuera en vano. Al contrario: creo que es importante contar cómo es un proceso de denuncia, qué expectativas se pueden tener realistamente y cómo buscar ayuda a tiempo. Porque cuando yo decidí denunciar, no encontré un solo relato que me explicara cómo era atravesar, paso a paso, un proceso penal por un delito sexual.
Lo que pasó
Tras tres años de tratamiento psicológico tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: denunciar un episodio de violencia de género que viví en mi propia casa, de parte de alguien que en ese momento era mi amigo.
Esa noche estaba con un grupo de amigos y había tomado mucho, lo suficiente para que mis recuerdos aparezcan fragmentados, pero no para olvidar lo esencial. Él esperó el momento en que yo ya casi no podía mantenerme en pie, me llevó a una de las habitaciones del departamento, me tocó sin mi consentimiento y me obligó a tener relaciones vía oral. Todo esto mientras yo recién comenzaba una relación de pareja que continúa hasta el día de hoy.
Durante mucho tiempo me pregunté si había hecho algo para evitarlo. Es una pregunta que, con los años, entendí que muchas mujeres se hacen, aunque sepan que la respuesta siempre es la misma: no.
A partir de esa noche mi vida cambió para siempre. Me deprimí. Me debilité. Pausé mis estudios. Me aislé de las personas que quería. Las inseguridades que cualquier mujer puede llegar a tener afloraron con más fuerza. Empecé a sobrevivir más que a vivir. Vinieron los medicamentos, las noches sin dormir, la ansiedad. La terapia fue el único lugar donde pude empezar a ponerle palabras a lo que había pasado. Comenzó a tomar fuerza la idea de denunciar, mi psicóloga me preguntó si estaba preparada para hacerlo.
No respondí de inmediato. Porque denunciar no era solamente contar una historia. Era volver a vivirla y probar que la viví.
Cómo denuncié: la ruta que nadie me explicó
Muchos miedos me rondaban antes de decidirme: el cuestionamiento que podía sufrir, la revictimización, no tener cómo pagar los millones que cobra un abogado por una querella. Solo contaba conmigo misma y con los conocimientos básicos de leyes que había aprendido estudiando periodismo. Lo que sí tenía eran las ganas de buscar reparación, y eso fue lo que me mueve hasta el día de hoy.
Lo primero que hice fue acudir a Abofem, esperando encontrar una especie de mapa que me explicara por dónde empezar. Lo que encontré fue un instructivo: explicaba que lo mejor era poner la denuncia directamente en la Fiscalía, y no en Carabineros ni en la Policía de Investigaciones, porque eso permite ahorrar tiempo, papeleo y gestiones.
Así lo hice. Es una denuncia online en la que se pide describir a grandes rasgos el delito, completar un formulario con datos personales, nombres completos y contactos de posibles testigos y, si se tienen, los datos de la persona denunciada. Nunca imaginé lo difícil que sería resumir el peor episodio de mi vida en unas pocas líneas. Enviar ese formulario tomó unos minutos. Escribirlo me tomó años.
Pasaron cerca de dos meses hasta que sonó mi teléfono mientras trabajaba: era el abogado asistente del fiscal de la Fiscalía de Género. Tomó mi declaración.
Si pudiera volver atrás, cambiaría muchas cosas de ese día. No porque hubiera mentido, sino porque no entendía el peso que tendría cada palabra. Contesté como habla cualquier persona cuando recuerda algo traumático: mezclando tiempos, usando expresiones ambiguas, dando por sentado detalles que para mí eran obvios. Dos años después, durante el juicio, esa misma declaración volvió una y otra vez. Cada frase fue examinada. Cada verbo. Cada palabra que podía admitir una segunda lectura.
Aprendí demasiado tarde que la primera declaración no es solo un trámite: es el documento que probablemente te acompañará durante todo el proceso. Por eso, sihay algo que quiero que quede de este texto, es esto: pide tiempo para declarar con calma, y si es posible, hazlo acompañada de alguien que conozca el proceso.
Después de la declaración, comenzaron a llamar a los testigos, que en un principio fueron los que yo misma anoté en un papel, aunque luego es el Ministerio Público quien decide finalmente quién debe declarar y a quién es mejor omitir.
La espera, sola
Durante 2024 hice todas las gestiones sola. Entraba al portal de la Fiscalía para revisar el estado de la causa, pedía la carpeta investigativa, leía las declaraciones de los testigos. Cada documento nuevo era una mezcla entre esperanza y angustia. No podía dejar de leerlos, aunque cada lectura me hiciera daño.
En diciembre de ese año pedí, a través del mismo portal, una reunión con el fiscal. Hasta entonces nunca había hablado directamente con él. Aceptó reunirse conmigo rápidamente, y desde ese momento se transformó en uno de mis principales apoyos durante todo el proceso. Siempre estuvo dispuesto a explicarme qué estaba ocurriendo y me daba la tranquilidad que necesitaba. Fue él, además, quien me aconsejó acercarme a la municipalidad y consultar por el Centro de la Mujer de Ñuñoa (CIAM).
Ya en 2025, el CIAM tomó mi causa y me asignó una abogada representante, que se encargó de las solicitudes en el portal de la Fiscalía, habló con el fiscal en mi nombre y asistió a las audiencias para evitarme parte de esa carga emocional. Ella, sin embargo, no podía litigar en las audiencias, porque yo había presentado una denuncia y no una querella, algo que solo se puede hacer contratando un abogado particular. Había cotizado esa posibilidad: los honorarios podían llegar a los seis millones de pesos en una primera instancia. Era imposible.
Aun así, tener una abogada significó dejar de cargar sola con cada trámite, cada audiencia y cada solicitud. También descubrí una realidad incómoda: son muy pocos los abogados y abogadas disponibles para la enorme cantidad de mujeres que buscan ayuda. El sistema funciona, pero funciona exhausto.
Hubo audiencias de una primera etapa: una para formalizar al acusado como imputado, otra para solicitar medidas cautelares —como una orden de alejamiento— y otra para fijar el plazo de investigación del Ministerio Público, de cara a reunir las pruebas suficientes para llevar el caso a juicio.
Muchos casos no llegan hasta esa instancia. Es un patrón que se repite porque buena parte de las mujeres denuncia años después de lo ocurrido, y en Chile solo el 22% de las víctimas lo hace de manera formal, según cifras de ONU Mujeres.
El juicio
En 2026 el fiscal me llamó. Esta vez sí era una buena noticia: había reunido antecedentes suficientes para acusar al imputado y llevar la causa a juicio. En febrero se fijó una nueva audiencia para notificarlo, y finalmente se determinó que el juicio se realizaría en julio de este año.
No sabía que el juicio también iba a remover heridas que creía cerradas. Volvieron las pesadillas, la hipervigilancia, el miedo, los llantos, los sobresaltos ante cualquier susto mínimo. Días antes de comenzar, la Fiscalía me citó para preparar mi declaración: repasamos la primera entrevista que había dado dos años antes —la única que se me había tomado hasta ese momento— y ensayamos posibles preguntas de la defensa. Recuerdo que pensé que estaban exagerando. No lo estaban.
Durante el juicio insinuaron que todo había sido mi culpa: que yo le había bailado, que nos habíamos dado un beso cuando ambos teníamos 15 años, que había coqueteado durante toda la noche. La tesis principal de la defensa fue otra: que yo había inventado una violación para ocultarle una infidelidad a mi pareja. Según ese argumento, yo habría atravesado una depresión, tomado medicamentos para dormir durante meses, pausado mis estudios, hecho tres años de terapia, denunciado recién en 2024 y soportado dos años de un desgaste emocional enorme, solo para sostener una mentira.
Mientras escuchaba ese argumento, entendí que en ese juicio no solo se estaba evaluando un delito. También se estaba evaluando quién era yo.
Tras siete días de audiencias, las tres juezas resolvieron absolver al acusado, por considerar que existían inconsistencias en mi relato y que las pruebas no permitían superar el estándar que exige una condena penal. Los años transcurridos jugaron un papel decisivo. Y esa es una realidad que muchas víctimas conocen demasiado bien: denunciar tarde suele ser una consecuencia del trauma, pero también puede transformarse en el principal obstáculo para demostrarlo.
Lo que queda
Todavía no sé si siento paz. Hay días en que creo que sí. Otros en los que vuelvo a preguntarme qué habría pasado si hubiera denunciado antes, si hubiera sabido qué palabras usar, si hubiera entendido cómo funciona el sistema. Después recuerdo que en 2021 apenas podía levantarme de la cama, y dejo de hacerme esa pregunta.
No escribo esta historia para discutir un fallo. Tampoco para convencer a nadie de lo que viví. La escribo porque nadie me dijo que la primera declaración sería tan importante. Que el expediente podía convertirse en una obsesión. Que un fiscal podía terminar siendo uno de tus principales apoyos. Que una abogada del Centro de la Mujer podía ayudarte a respirar cuando ya no te quedaban fuerzas. Que el juicio podía durar siete días y el duelo, mucho más.
La justicia terminó donde terminó. Mi historia no.
Y si este texto logra que una sola mujer llegue a la Fiscalía sabiendo un poco más de lo que yo sabía aquel día, frente al formulario de denuncia, entonces todo este camino, incluso con una absolución al final, habrá servido para algo.