BRAGA
Aumenta el porcentaje de mujeres que renuncian a ser madres en el mundo, incluido Chile
España acaba de registrar un aumento de las mujeres que declaran no querer ser madres, un fenómeno del mundo desarrollado. Pero detrás de la caída de la natalidad conviven dos realidades distintas: personas que voluntariamente no quieren hijos y otras que sí los desean, pero lo postergan.
Cada vez más personas consideran posible una vida sin hijos. El cambio aparece ahora con claridad en España: el 15,5% de las mujeres de entre 18 y 55 años declara que no desea tener hijos, frente al 12,3% registrado en 2018, según los primeros resultados de la Encuesta de Fecundidad 2025 del Instituto Nacional de Estadística español. Entre las menores de 25 años, la proporción llega al 24,2%.
El dato español forma parte de una transformación mucho más extensa. La fecundidad ha caído durante décadas en prácticamente todo el mundo desarrollado y tener hijos ha dejado de funcionar como una etapa automática de la vida adulta. La OCDE advierte que la tasa global de fecundidad de sus países miembros se redujo desde un promedio de 3,3 hijos por mujer en 1960 a solo 1,5 en 2022, muy por debajo de los 2,1 hijos necesarios para mantener estable una población en ausencia de migraciones. Además, la organización constata un aumento de las personas que llegan al final de su vida fértil sin descendencia.
Pero interpretar este fenómeno simplemente como que las nuevas generaciones “ya no quieren tener hijos” sería equivocado. La misma encuesta española que muestra un aumento de quienes rechazan la maternidad revela que el 69% de las mujeres todavía desea tener al menos dos hijos. Y entre las que ya son madres, el 34,8% afirma haber tenido menos hijos de los que quería.
Esa distancia entre los hijos deseados y los que finalmente se tienen es precisamente uno de los fenómenos que más preocupa a los organismos internacionales. El Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), después de encuestar a unas 14.000 personas en 14 países, concluyó en 2025 que aproximadamente una de cada cinco personas espera no poder tener la cantidad de hijos que desea. Entre las principales barreras aparecen el costo de criar, la inseguridad laboral, el acceso a la vivienda, la falta de una pareja adecuada y las dificultades para compatibilizar trabajo y familia.
De España y Japón a Corea del Sur
La tendencia puede observarse con especial fuerza en Europa y Asia. España e Italia registraban tasas cercanas a 1,2 hijos por mujer en 2022, mientras Corea del Sur cayó hasta aproximadamente 0,7, convirtiéndose en el caso más extremo entre los países de la OCDE. Japón, Italia, España y Corea también exhiben niveles crecientes de mujeres que permanecen sin hijos.
No se trata únicamente de una postergación. La OCDE sostiene que junto con las dificultades económicas y materiales también se está produciendo un cambio cultural: para una proporción creciente de hombres y mujeres jóvenes, la realización personal ya no depende necesariamente de convertirse en padre o madre y existe una mayor aceptación social de una vida sin descendencia.
A eso se suma que quienes sí quieren formar una familia enfrentan condiciones cada vez más complejas. El acceso tardío a empleos estables, el precio de la vivienda, el costo del cuidado infantil y una maternidad que todavía puede implicar mayores costos profesionales para las mujeres contribuyen a retrasar el primer hijo. En la OCDE, la edad promedio de las mujeres al nacimiento de su primer hijo pasó de 26,5 años en 2000 a 29,5 años en 2022.
España resume bien esa paradoja. Aunque aumentó el porcentaje de mujeres que directamente no desea ser madre, entre quienes sí quieren hijos continúan dominando las dificultades económicas, laborales y de conciliación. A partir de los 35 años esas razones adquieren especial importancia para explicar por qué las mujeres terminan teniendo menos hijos de los que originalmente querían.
Chile, entre los países de menor fecundidad
Chile no está al margen de esta transformación. Por el contrario, los últimos datos muestran que se ha convertido en uno de sus casos más pronunciados.
En 2024 nacieron 154.441 niños y niñas en el país, 11,3% menos que el año anterior, y la tasa global de fecundidad cayó a 1,03 hijos por mujer, menos de la mitad del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. En la Región Metropolitana el indicador fue todavía menor: apenas 0,92 hijos por mujer.
Las cifras provisionales de 2025 profundizaron esa tendencia. El INE contabilizó 146.446 nacimientos, frente a los 275.916 de 1993. Es decir, en apenas 32 años el número anual de nacimientos disminuyó un 46,9%, mientras la tasa global de fecundidad se redujo un 59,4% durante el mismo período.
El Censo 2024 entrega otra perspectiva del mismo cambio. Solo el 56,6% de las mujeres chilenas entre 15 y 49 años tenía hijos, frente al 65,6% registrado en 2017 y al 70,7% de 1992. La caída, además, se aceleró precisamente durante los últimos años.
El fenómeno es especialmente visible en las grandes ciudades y entre sectores urbanos. La Región Metropolitana tiene la menor proporción de mujeres en edad fértil con hijos del país, con 53,5%. En Providencia la cifra baja al 31,5%; en Ñuñoa, al 36,5%; y en Las Condes, al 37,2%.
Esto no permite concluir, por sí solo, que esas mujeres hayan decidido definitivamente no ser madres: una parte importante simplemente ha postergado la maternidad. Sin embargo, la magnitud y velocidad del cambio muestran que la trayectoria familiar tradicional —pareja, matrimonio e hijos relativamente temprano— ha perdido la condición de modelo prácticamente universal que tuvo durante buena parte del siglo XX.
No tener hijos y no poder tener los hijos deseados
Precisamente ahí aparece una distinción fundamental para comprender la nueva demografía. Dentro de la caída de la fecundidad conviven al menos dos movimientos.
Por una parte están quienes voluntariamente no quieren tener hijos. Es un grupo que ha ganado visibilidad y aceptación social y que, como demuestra España, está creciendo en algunos segmentos de población.
Por otra están millones de personas que sí quieren convertirse en padres o madres —incluso tener dos o más hijos— pero encuentran tantas dificultades económicas y sociales que terminan postergando indefinidamente el primero o quedándose con una familia más pequeña de la que habían imaginado.
UNFPA ha advertido precisamente contra confundir ambas situaciones y define el problema contemporáneo no simplemente como una “crisis de natalidad”, sino como una dificultad para ejercer libremente las propias decisiones reproductivas. Más de la mitad de los participantes de su estudio internacional aseguró que los factores económicos habían afectado o podían afectar el tamaño de familia que deseaban.
Por eso, los países que llevan años intentando aumentar los nacimientos han descubierto que los incentivos monetarios por sí solos tienen efectos limitados. La experiencia internacional apunta también hacia vivienda accesible, estabilidad laboral, sistemas de cuidado infantil, permisos parentales, corresponsabilidad entre hombres y mujeres y condiciones que permitan compatibilizar desarrollo profesional y crianza. La OCDE encuentra, de hecho, mejores condiciones para la fecundidad allí donde las mujeres tienen mayores posibilidades de combinar trabajo y familia.
Una transformación que va más allá de la natalidad
El cambio tiene consecuencias mucho mayores que el número anual de nacimientos. Familias más pequeñas y generaciones menos numerosas modifican progresivamente la estructura completa de las sociedades: aumenta la proporción de adultos mayores respecto de la población en edad de trabajar y crece la presión sobre pensiones, salud, cuidados y mercado laboral.
En Chile, donde la caída está ocurriendo particularmente rápido, la discusión ya no consiste solamente en preguntarse por qué nacen pocos niños. La pregunta de fondo es cómo se adaptará un país que durante décadas organizó buena parte de sus políticas sociales suponiendo que las generaciones siguientes serían iguales o más numerosas que las anteriores.
España entrega ahora otra señal del cambio cultural que acompaña esa transición. Hay más mujeres que pueden decir abiertamente que simplemente no quieren ser madres. Pero, al mismo tiempo, siguen siendo muchas más las que sí quieren hijos y no logran tener todos los que desean.
Son dos fenómenos diferentes que terminan produciendo una misma consecuencia demográfica: sociedades con cada vez menos niños. Y Chile está avanzando hacia ese escenario a una velocidad que hace solo unas décadas habría resultado difícil de imaginar.