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María José Quintanilla: una noche de catarsis, meritocracia y sororidad
Tras la suspensión por el mal tiempo, la cantante se presentó ante un Arena lleno y convirtió el concierto en un recorrido por su historia, desde sus orígenes en la población hasta la autonomía de una mujer que hoy reivindica el esfuerzo, la libertad y la sororidad.
María José Quintanilla estaba lista para cantar el martes 13 de octubre cuando le informaron que el concierto debía suspenderse debido al frente de mal tiempo que afectaba a Santiago. Ya sobre el escenario, un día después, recordó su primera reacción: pensar por qué esas cosas parecían ocurrirle justo cuando sentía que todo comenzaba a ir bien. Pero frente a ella estaba la respuesta. El Arena seguía lleno pese al cambio de fecha, algo especialmente significativo considerando que la misma noche BTS también se presentaba en Santiago. Su público, una vez más, había estado ahí.
Ese episodio terminó funcionando como una metáfora involuntaria de buena parte de su carrera. Quintanilla apareció en televisión cuando era apenas una niña, interpretando canciones mexicanas cargadas de abandono, despecho y sufrimiento adulto. Durante años fue reconocida por un repertorio que pertenecía a una tradición que la antecedía ampliamente. Cantaba sobre relaciones rotas antes de haber vivido buena parte de aquellas experiencias. Con el tiempo, sin embargo, las letras, los discursos y la mujer detrás de esas canciones comenzaron a encontrarse.
El concierto del miércoles mostró justamente esa evolución. Uno de los momentos más simbólicos fue la aparición de Mon Laferte. Entre abrazos, bromas y elogios mutuos, ambas recordaron sus comienzos en Rojo y volvieron a cantar juntas la misma canción que habían interpretado cuando Quintanilla tenía cerca de 12 años y Monserrat Bustamante, todavía lejos de convertirse en Mon Laferte, rondaba los 19. Más de dos décadas después, las dos estaban nuevamente juntas, pero convertidas en dos de las artistas chilenas más reconocibles de sus respectivas generaciones.
“Las mujeres queremos compartir, no competir”, dijo Quintanilla en medio de ese encuentro. Y antes de despedir a Mon lanzó otra frase que resume buena parte del relato que ha construido sobre su propia trayectoria: “Aquí hay meritocracia”.
No fue un concepto aislado dentro del espectáculo. La idea del esfuerzo, de las dificultades de origen y de las oportunidades que no llegan de la misma manera para todos apareció varias veces durante la noche. Quintanilla recordó a sus padres y los sacrificios realizados para sacar adelante a su familia. Y al interpretar “Vengo de pobla” volvió sobre una parte esencial de su biografía: haber crecido en un entorno donde las posibilidades eran más estrechas y donde cada avance suponía un esfuerzo adicional.
Ahí existe también una de las tensiones más interesantes de su discurso. Quintanilla reivindica la meritocracia, pero al mismo tiempo sus propias canciones reconocen que el punto de partida importa. “Vengo de pobla” no habla de igualdad de oportunidades, sino justamente de lo contrario: del peso del origen, de los prejuicios y de las diferencias sociales. Su idea del mérito, entonces, parece menos cercana al “si quieres, puedes” y mucho más a una frase que podría resumirse como: “mira de dónde vengo, cuánto costó y hasta dónde llegué”.
Otro momento clave estuvo dedicado a su madre. Quintanilla agradeció haber sido criada como una mujer libre y recordó una enseñanza que hoy parece atravesar también sus canciones: una mujer debe venir a hacerse feliz a sí misma y no a vivir tratando de hacer felices a los demás.
La frase marca una distancia enorme respecto de aquella niña que comenzó cantando rancheras tradicionales. En buena parte de ese repertorio, la mujer sufría por el hombre que se fue, esperaba su regreso o construía su identidad alrededor del amor perdido. En la Quintanilla adulta, en cambio, el amor sigue ocupando un lugar central, pero ya no determina el valor de la protagonista. Sus canciones recientes hablan de relaciones rotas, desencantos y heridas, pero también de mujeres que ponen límites, deciden marcharse y entienden que pueden sobrevivir a una ruptura.
Ese tránsito también ayuda a entender la evolución de su música. Primero estuvo la niña intérprete de canciones mexicanas tradicionales. Luego apareció la adolescente que comenzó a acercarse al pop y a cantar sobre el enamoramiento. Más tarde surgió la mujer que tomó el despecho como parte de su propia experiencia. Y finalmente apareció una artista que incorpora a sus canciones asuntos que van mucho más allá de la pareja: el origen social, la familia, el trabajo, la frustración y la conciencia de su propio valor.
El público también forma parte de esa transformación. Muchas de las personas que conocieron a Quintanilla cuando era una niña en televisión hoy son adultas. Han envejecido con ella. Por eso el concierto no fue únicamente una sucesión de canciones: tuvo algo de memoria compartida. Cuando reapareció Mon Laferte, cuando Quintanilla recordó a sus padres o cuando el Arena completo coreó “Vengo de pobla”, lo que se estaba reconstruyendo era también una historia de más de veinte años.
La presentación contó además con invitados como Los Vásquez y Pablo Castro, integrante del recordado dúo La Sociedad, en una noche sostenida por “los parientes”, su público, que respondió incluso después del cambio obligado de fecha. Su fan club, incondicional también desde hace décadas, se encargó de previamente de entregar globos y papel rojo para que en determinadas canciones el público se sumara y le hiciera sentir a Quintanilla esa lealtad y cariño.
Pero probablemente lo más importante ocurrió entre canción y canción. Quintanilla utilizó el escenario para explicar quién es hoy y desde dónde mira su propia historia. La cantante que alguna vez interpretó letras escritas para mujeres adultas ahora canta desde esa adultez. Habla de amor y desamor, pero también de autonomía. Habla de libertad, de su familia, de sus padres, del barrio y del esfuerzo.
En ese sentido, el concierto terminó cerrando un círculo. María José Quintanilla comenzó cantando historias de otras mujeres y, más de dos décadas después, terminó utilizando el mismo lenguaje musical para contar la suya.
Ya no se trata solamente de una mujer que pregunta por qué alguien la dejó.
Ahora también pregunta quién es, de dónde viene, cuánto le costó llegar y qué está dispuesta —o ya no está dispuesta— a aceptar.