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La importancia de contar con espacios para cuidar y recibir cuidados Yo opino Créditos: Cedida

La importancia de contar con espacios para cuidar y recibir cuidados

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Tatiana Rojas
Por : Tatiana Rojas Antropóloga social. Máster en antropología y desarrollo
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Ante las tendencias globales de transformación demográfica, configuración de nuevas formas familiares y reposicionamiento de los roles de género, los países han estado poniendo atención y esfuerzo en generar estrategias para enfrentar los acelerados e irreversibles cambios que ello significa. El interés por los cuidados deviene justamente de este fenómeno mundial, donde la realidad que conocemos se ve tensionada, demandando respuestas a preguntas trascendentales que hablan de la resignificación de los sujetos, sus roles sociales y las distintas formas que asume el cuidado. ¿Quién cuida hoy? ¿A quién se cuida? ¿Quiénes van a cuidar en el futuro? ¿Cómo se cuida? Y aún más, ¿Dónde se cuida? ¿Es de importancia contar con infraestructuras concebidas, diseñadas y construidas para la ejecución de políticas o iniciativas de cuidado?

En Chile, que se caracteriza por contar con un régimen de bienestar de corte más bien familiarista y un modelo económico neoliberal, los cuidados están fuertemente concentrados en las capacidades individuales de los grupos familiares y, en su interior, las mujeres siguen siendo las protagonistas para desarrollarlos y gestionarlos. En lo que se refiere al apoyo del Estado, asistimos a una insuficiencia para la cobertura de las crecientes necesidades de cuidados, además de sostener una oferta de políticas que muchas veces reproducen la división sexual del trabajo. Todo esto sumado al difícil acceso a servicios privados por parte de un segmento importante de la población, lo que deriva de los costos económicos que ello significa.

Ante esta realidad, y luego de años de estudios y demandas por parte de colectivos de mujeres y feministas, que han dado lugar a importantes avances en materia de políticas de bienestar en el país, hoy se fortalece la voluntad de avanzar en un Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados, que se espera amplíe el foco político y de responsabilidad hacia quienes cuidan, sumando además el autocuidado. Las políticas públicas tradicionales, destinadas a una demanda de atención específica y focalizada, requieren un nuevo enfoque que considere las dos caras del cuidado: quienes cuidan y quienes reciben cuidados; lo que necesariamente implica una mirada con perspectiva de género donde el Estado no solo redistribuya o provea, sino también propenda a superar inequidades.

Es un hecho que el ejercicio de los cuidados, como actividad de trabajo no remunerado, se desempeña principalmente por mujeres, quienes al día destinan sobre dos horas más a esas labores que los hombres, según la última ENUT nacional. Lo hacen, además, al interior de sus hogares en espacios no concebidos para ello, profundizando la pobreza económica y de tiempo. Así, la posibilidad de autonomización o desarrollo de actividades personales por parte de quienes cuidan se ve desplazada, en función de lo prioritario y protagónico que es el espacio para cuidar y las necesidades de quienes lo requieren, lo que además dependerá del tipo de cuidado necesario, que en varias ocasiones significa dependencia absoluta (por discapacidad, primera infancia o persona mayor).

Abordar esta problemática requiere una mirada integral, donde distintos sectores e instituciones pueden aportar a superar las brechas de desigualdad que de ello se desprenden. En la implementación del sistema y las políticas que le darán vida, existen factores que facilitarán u obstaculizarán su instalación. Uno de ellos es la existencia o no de espacios determinados para llevar a cabo servicios y programas específicos dirigidos al ámbito de los cuidados.

Ya ha sido difícil demostrar la importancia que para el bienestar social y el sostenimiento de la vida significan los cuidados. ¿Cómo será entonces el camino para demostrar que contar con espacios concretos para cuidar y ser cuidado puede ser clave en el éxito de un sistema?

Partamos por entender la discusión sobre el devenir de los cuidados como una cuestión de construcción teórica y de políticas públicas, que debe llegar hasta propuestas concretas como pensar en el “lugar” donde se aborden los cuidados en todas sus dimensiones, brindando servicios en simultáneo con la posibilidad de que quienes cuidan también encuentren reconocimiento y apoyo para el desarrollo de su labor. Lugares pensados desde su emplazamiento, sus recintos y especialmente desde los servicios que se brindarán y que estarán destinados a quienes dedican sus días a cuidar, y que complementariamente requieren apoyo para ser reemplazadas mientras reciben la atención por tanto tiempo postergada. Ese es el foco.

La invitación es a concebir espacios físicos que den lugar a políticas que apunten hacia formas de transformación, sostenidas en la corresponsabilidad social y entre los géneros. Es preciso avanzar más allá de imaginar solo la construcción de infraestructuras tradicionales como una sala cuna, un jardín infantil, un centro de salud o una sede comunitaria. Estas, si bien posibilitan políticas fundamentales, no nos han encaminado a repensar los roles y responsabilidades derivadas de la división sexual del trabajo. Construir un nuevo contrato de género requiere volver visible lo invisible y, en este caso, hacer concreto lo intangible. Las infraestructuras destinadas a apoyar políticas de cuidados son un aporte en esta línea, y su consideración debiese ser parte del engranaje de un sistema que esperamos se consolide más temprano que tarde en nuestro país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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