Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Menos partos no es menos matronería: el error de medir la salud en planillas
En tiempos de ajuste fiscal, las planillas económicas suelen adquirir una autoridad excesiva. Ordenan, comparan, proyectan y permiten tomar decisiones necesarias. El problema aparece cuando se confunde aquello que se puede contar con aquello que realmente importa. En salud, y especialmente en salud sexual, reproductiva, materna y neonatal, no todo cuidado cabe en una planilla.
Chile atraviesa una transformación demográfica profunda. El INE proyectó que la tasa global de fecundidad disminuiría de 1,06 hijos por mujer en 2024 a 0,92 en 2025, muy por debajo del nivel de reemplazo. También anticipó que desde 2036 la población comenzaría a disminuir, influida por la caída sostenida de la fecundidad y el envejecimiento del país.
Estos datos importan y deben orientar la planificación pública; ignorarlos sería irresponsable. Pero otra cosa muy distinta es convertirlos en un argumento automático para reducir, cerrar o debilitar capacidades sanitarias vinculadas al nacimiento, la salud reproductiva y el cuidado de las mujeres.
En las últimas discusiones sobre red obstétrica, formación profesional y asignación de recursos ha comenzado a instalarse una idea inquietante: si hay menos partos, habría menos necesidad de matronas. A veces se expresa de manera directa; otras, bajo la forma más técnica de eficiencia, reconversión o concentración de prestaciones. La pregunta por la red que Chile necesita es legítima.
La baja natalidad obliga a revisar dónde, cómo y con qué condiciones se atienden los nacimientos. Pero sería un error grave reducir esa discusión a volumen de partos, como si la calidad del cuidado pudiera definirse únicamente por la cantidad de nacimientos registrados en un establecimiento.
El propio debate público ha reconocido que la caída de nacimientos impacta la formación de profesionales y obliga a pensar nuevas estrategias docentes, incluyendo simulación y reorganización de campos clínicos. También se ha planteado que la red obstétrica debe repensarse para equilibrar seguridad, acceso y uso responsable de recursos. Ambas discusiones son necesarias.
Pero falta una tercera, quizá la más importante: qué entendemos por matronería y qué lugar ocupa en un sistema de salud que debe responder a necesidades mucho más amplias que la atención del parto.
Porque la matronería no desaparece cuando disminuyen los partos. Al contrario, se vuelve más diversa. Reducir una profesión de salud pública al número de partos es no entender su campo sanitario.
Mayo ofrece una oportunidad para decirlo con claridad. El Día Internacional de la Matrona y la Semana Mundial del Parto Respetado no deberían quedar como efemérides amables ni como saludos institucionales. Son una ocasión para poner en la palestra una discusión que Chile está evitando: el parto respetado y la matronería no son lujos de un sistema con muchos nacimientos, sino condiciones básicas de una atención con enfoque de derechos.
El parto respetado no es una experiencia “bonita”, ni una preferencia individual, ni una concesión del equipo de turno. Es una dimensión de la calidad sanitaria. Significa recibir información comprensible, participar en las decisiones, contar con acompañamiento, acceder a tecnología cuando está indicada y evitar intervenciones innecesarias cuando no aportan beneficio clínico. Significa que el consentimiento no sea un trámite y que la dignidad no dependa de la previsión, el hospital, el territorio, el idioma, la edad, la nacionalidad o la capacidad de reclamar. Cuando el respeto depende de la suerte, deja de ser derecho y se vuelve privilegio.
Chile ha construido logros relevantes en salud materna y neonatal. La alta institucionalización del parto, la formación de equipos profesionales y la historia de políticas públicas en salud reproductiva son avances reales. Pero esos logros no cierran el debate; lo desplazan.
Hoy no basta con que una persona nazca en un hospital. Importa cómo se nace, quién decide, qué se informa, qué se evita, qué se acompaña y qué condiciones tiene el sistema para cuidar sin violentar.
Las tasas de cesárea muestran parte de esa tensión. La cesárea salva vidas cuando está indicada; nadie serio discute eso. Lo que sí debe preocuparnos es que Chile haya pasado de 30% de cesáreas en 2000 a 50% en 2023, según información del Ministerio de Salud, ubicándose entre las tasas más altas del mundo. Ese dato no debe usarse para culpar a una profesión ni a un equipo. Debe leerse como una señal de organización del sistema: tiempos estrechos, fragmentación del cuidado, sobrecarga, judicialización, incentivos mal alineados, desigualdades entre subsistemas y dificultad para sostener procesos fisiológicos con acompañamiento suficiente.
Aquí es fundamental evitar una injusticia: hablar de parto respetado no significa interpelar a las matronas como responsables de las tensiones del modelo. Muchas veces son precisamente ellas quienes sostienen el cuidado cotidiano en condiciones complejas, con alta demanda, recursos limitados y escaso reconocimiento de la amplitud de su rol. La pregunta no es si las matronas deben hacer más. La pregunta es si el país les permite hacer bien aquello para lo que están formadas y que el sistema necesita.
La evidencia internacional va en esa dirección. La OMS sostiene que transitar hacia modelos de atención de matronería es una estrategia costo-efectiva para optimizar resultados en mujeres y recién nacidos, con menor uso de intervenciones innecesarias, y reconoce el impacto de las matronas dentro de sistemas integrados y colaborativos. Un editorial publicado en 2026 en Sexual & Reproductive Healthcare refuerza esa tesis al plantear que avanzar hacia modelos de matronería constituye un imperativo basado en evidencia para la salud sexual y reproductiva. No se trata de una reivindicación corporativa, sino de una decisión sanitaria: organizar el cuidado con continuidad, prevención, vínculo, uso racional de la tecnología y atención centrada en las personas.
Por eso, en una discusión presupuestaria seria, la pregunta no puede limitarse a cuántos partos hay. También debe ser qué cuidados faltan, qué inequidades persisten, qué intervenciones podrían evitarse, qué necesidades no están siendo abordadas, qué territorios requieren presencia sanitaria, qué mujeres no están siendo escuchadas y qué trayectorias reproductivas quedan fuera cuando el sistema mira únicamente el evento del nacimiento.
Priorizar adecuadamente no es recortar donde baja un indicador. Priorizar con enfoque de derechos básicos es comprender que menos nacimientos no equivalen a menos necesidad de salud sexual y reproductiva. Un país con baja fecundidad puede necesitar menos camas obstétricas en algunos lugares, pero más atención preconcepcional, más salud mental perinatal, más apoyo al puerperio, más acceso a anticoncepción, más educación sexual, más prevención de violencia, más continuidad del cuidado y mejores condiciones para que los equipos trabajen sin depender de heroicidades individuales.
Ese es el debate que falta. Chile puede y debe revisar su red, sus recursos y sus programas. Pero no puede hacerlo desde una mirada estrecha que reduzca la matronería a la sala de partos ni el parto respetado a una campaña de buen trato. La eficiencia, cuando se toma en serio, no consiste en disminuir presencia estatal donde bajan los números. Consiste en usar mejor las capacidades públicas para garantizar derechos, reducir desigualdades y cuidar con calidad.
En un país que nacen menos, la respuesta no debería ser cuidar menos ni valorar menos a quienes cuidan. Debería ser cuidar mejor. Y cuidar mejor implica reconocer que la matronería no es una profesión del pasado ni una función dependiente del número de partos, sino una capacidad estratégica para acompañar la vida sexual, reproductiva, materna y neonatal de las personas a lo largo del curso de vida.
Si mayo tiene algún sentido más allá de la conmemoración, debería ser este: recordar que el nacimiento no puede depender de una planilla, que el respeto no puede depender de la suerte y que una sociedad se mide no solo por cuántas personas nacen, sino por cómo acompaña las decisiones, los cuerpos y los cuidados que hacen posible la vida.
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