Yo opino
Créditos: El Mostrador.
El castigo social a la monoparentalidad femenina
Anoche una mujer me dijo algo que me quedó dando vueltas. No me habló desde la maldad, sino desde esas “reglas sociales” que muchas mujeres aprendieron para sobrevivir.
Me dijo que si tuviera una “familia bien constituida”, con un hombre en el hogar, probablemente mis hijos me respetarían más y hasta me pedirían menos plata.
Y entendí que esa frase no hablaba solo de mí. Hablaba de cómo la sociedad sigue castigando a las mujeres que deciden vivir de manera autónoma.
Porque cuando una mujer cría sola, trabaja, toma decisiones sobre su vida profesional, laboral y afectiva, y logra sostener un hogar sin depender de nadie, aparece una sospecha social sobre ella. Como si hubiese fallado en algo.
Entonces llegan los castigos: ser vista como egoísta por tener vida propia además de maternar, cargar culpas permanentes o tener que compensar emocional y económicamente la ausencia de un modelo familiar tradicional.
La contradicción es brutal. En Chile, el 47,7% de los hogares son monoparentales y el 81% de ellos están liderados por mujeres. Aun así, muchas veces la sociedad sigue considerando más aceptable una familia encabezada por una pareja aunque esté atravesada por violencia, silencios dolorosos o control, antes que una mujer que decidió salir de ahí para vivir en un ambiente libre de violencia.
La presencia masculina suele validarse incluso cuando duele. La autonomía femenina, en cambio, se cuestiona incluso cuando salva.
Pero muchas mujeres no se separan por capricho. Muchas sobreviven emocionalmente al hacerlo.
Quizás el verdadero cambio cultural comienza cuando entendemos que la monoparentalidad no representa la caricatura de una familia incompleta; cuando dejamos de romantizar la presencia masculina a cualquier costo; y cuando validamos que la autonomía de las mujeres no debe seguir pagándose con culpa, cuestionamientos ni sobreexigencias sociales.
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