Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Ninguna mujer queda fuera
La reciente difusión de imágenes privadas de la senadora Camila Flores abrió un debate que va mucho más allá de una figura política en particular. Las reacciones al caso pusieron de manifiesto una pregunta incómoda: ¿debe la defensa de sus derechos depender de las posiciones que ha sostenido respecto de la igualdad de género o del feminismo?
La difusión no consentida de imágenes privadas constituye una vulneración a la intimidad y una forma de violencia que ninguna mujer debería enfrentar, independientemente de sus posiciones políticas o ideológicas.
Resulta paradójico que esta discusión surja precisamente a propósito de una figura que ha mantenido profundas diferencias con el movimiento feminista. Y es justamente en estos casos donde se pone a prueba la coherencia desde una perspectiva basada en derechos.
Porque el feminismo no defiende únicamente a las mujeres que se reconocen feministas. Defiende el derecho de todas las mujeres a vivir libres de violencia, humillación y vulneraciones a su intimidad, incluso cuando esas mismas mujeres han cuestionado las agendas feministas, rechazando sus demandas o manifestado distancia respecto del movimiento. Los derechos no son un premio a las convicciones correctas, son una garantía universal.
Cada cierto tiempo, la discusión pública parece olvidar este principio básico. Frente a determinadas vulneraciones, la conversación deja de centrarse en los hechos para concentrarse en la identidad de la víctima. Aparecen entonces preguntas como qué piensa esa mujer, qué opiniones ha expresado en el pasado o qué postura ha tenido frente a las demandas de igualdad de género. Es ahí donde el debate comienza a desviarse del hecho que debería preocuparnos.
La lógica de los derechos humanos exige exactamente lo contrario . Cuando una mujer es expuesta, humillada o ve vulnerada su intimidad, la primera pregunta no debería ser quién es, sino qué ocurrió. Y si aquello constituye una vulneración de derechos, la condena debe ser categórica, independientemente de cualquier diferencia política o ideológica.
Los avances impulsados por el movimiento feminista nunca estuvieron pensados unicamente para quienes se identifican con él. Las leyes, las políticas publicas y los mecanismos de protección conquistados benefician también a mujeres que nunca levantaron una consigna feminista o incluso se opusieron a ellas. Y esa es precisamente su fortaleza.
El feminismo es una propuesta de transformación social. La defensa de la dignidad de las mujeres no puede estar condicionada por su adhesión a determinadas causas ni por la simpatía que despierten sus opiniones. Si así fuera, dejaríamos de hablar de derechos para hablar de privilegios reservados a quienes cumplen ciertos requisitos de pertenencia.
Además, ninguna mujer queda completamente fuera de los efectos del sistema patriarcal. Incluso aquellas que cuestionan al feminismo pueden verse afectadas por las mismas formas de violencia, control, exposición y castigo que el movimiento ha denunciado durante décadas. Porque estas violencias no operan en función de la posición política de las mujeres. Responden a una estructura que históricamente ha buscado disciplinar nuestros cuerpos, controlar nuestra sexualidad y someternos al juicio permanente del espacio público.
El feminismo ha consistido en defender los derechos de todas las mujeres, incluso de aquellas que nunca han querido formar parte de él. Porque se trata de construir una sociedad donde ninguna mujer vea amenazada su dignidad, libertad o intimidad.
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